Opinión: Aceptemos la infraestructura blanda

Paul Krugman
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Turbinas eólicas cerca de Spanish Fork, Utah, el 8 de febrero de 2019. (Brandon Thibodeaux/The New York Times)
Turbinas eólicas cerca de Spanish Fork, Utah, el 8 de febrero de 2019. (Brandon Thibodeaux/The New York Times)

A los republicanos les está costando trabajo tratar de explicar por qué se oponen al Plan de Empleo Estadounidense del presidente Joe Biden.

Sus verdaderos motivos no son un misterio. Quieren que Biden fracase, así como quisieron que el presidente Barack Obama fracasara y, una vez más, ofrecen una oposición férrea a todas las propuestas de un presidente demócrata. Y se oponen de manera enfática a los programas públicos que podrían ser populares y que, con ello, ayudan a legitimar a un gobierno activista en la mente de los electores.

Sin embargo, exponer sus verdaderos motivos no funcionaría bien entre el electorado, así que han estado buscando líneas de ataque alternativas. Así es como en los últimos días muchos republicanos parecen haber optado por el reclamo de que la mayoría del gasto propuesto en realidad no será para la infraestructura.

Siendo quienes son, no pueden evitar irse a los extremos absurdos, y sus afirmaciones de que solo un porcentaje pequeño de la propuesta es infraestructura “verdadera” se pueden desmentir con facilidad. La única manera de acercarnos un poco a sus cifras es afirmar, de manera un tanto burda, que solo cuenta como infraestructura echar concreto para el transporte, lo cual significa excluir el gasto en cuestiones tan fundamentales para una economía moderna como el agua potable, la electricidad confiable, el acceso a la banda ancha y otras cosas más.

Sin embargo, es cierto que buena parte del gasto propuesto tiene que ver con bienes intangibles: inversiones para investigación y desarrollo, un mayor apoyo a la innovación e inversión en la gente. Así que lo que necesitan saber es que el argumento a favor de estas inversiones intangibles es igual de sólido que el relativo a la reparación de las carreteras deterioradas y los puentes que se vienen abajo. De hecho, podría decirse que es más sólido.

Comencemos por la tecnología.

La idea de que la inversión no es verdadera si no hay acero y concreto de por medio sería algo nuevo para el sector privado. Es cierto, allá por los años cincuenta, alrededor del 90 por ciento del gasto en inversión empresarial era en equipo y estructuras. No obstante, estos días más de una tercera parte de la inversión empresarial implica el gasto en “propiedad intelectual”; en esencia, investigación y desarrollo y la compra de software.

Así que las empresas creen que pueden alcanzar resultados tangibles al invertir en tecnología; una opinión ratificada por el mercado de valores, que ahora da un alto valor a las empresas que tienen relativamente pocos activos tangibles. ¿El gobierno puede hacer lo mismo? Sí, puede. De hecho, el gobierno de Obama lo hizo.

La inversión en tecnología; en particular, en energía renovable, fue solo una pequeña fracción del estímulo de Obama, pero fue el rubro que se llevó la peor parte. ¿Recuerdan la manera en que los republicanos no paraban de hablar de que las garantías de préstamo para la empresa de energía solar Solyndra no salieron bien?

La cuestión es que, si su estrategia tecnológica solo tiene ganadores, no están tomando suficientes riesgos. Los inversionistas privados no esperan que cada apuesta que hagan sea exitosa; tres de cada cuatro empresas emergentes respaldadas por capital de riesgo fracasan. La interrogante es si hay suficientes éxitos para justificar la estrategia.

Y la inversión de Obama en tecnología verde produjo muchos éxitos. Tal vez escucharon hablar de Solyndra; ¿escucharon sobre el papel fundamental que tuvo un préstamo de 465 millones a una empresa llamada Tesla?

En términos más generales, desde 2009 hemos visto un progreso espectacular en la energía renovable, en muchos casos con la energía solar y eólica más barata ahora que la electricidad generada por combustibles fósiles. Todavía hay gente que parece imaginar que la energía verde es una cosa de jipis estrafalarios, pero la realidad es que está en la onda del futuro.

No sabemos qué tanto de este progreso puede atribuírsele al estímulo de Obama, pero sin duda tuvo algo que ver.

¿Qué hay de gastar en la gente, con un gasto que representa cientos de miles de millones de dólares y que se dice que será el motivo principal de una propuesta adicional? Hay pruebas abrumadoras de que es una buena idea.

La verdad es que es difícil evaluar la rentabilidad del gasto en infraestructuras físicas, porque no podemos observar la situación hipotética; es decir, lo que habría ocurrido si no hubiéramos construido ese puente o esa carretera. Solo obtendremos pruebas muy sólidas sobre el valor de la inversión física si, como parece muy posible, algunas piezas clave de nuestra infraestructura se derrumban.

En cambio, sabemos mucho sobre los efectos de invertir en las personas, porque algunos de nuestros programas más importantes orientados a la familia, como los cupones de alimentos, se extendieron de modo gradual por todo Estados Unidos. Esto permite a los investigadores comparar las trayectorias de vida de los estadounidenses que recibieron ayudas en la infancia con las de otros estadounidenses similares que no las recibieron.

Los resultados son claros. A los niños que recibieron ayuda en sus primeros años de vida les fue mucho mejor en todos los aspectos (educación, salud, ingresos) que a los que no la recibieron. El rendimiento social de la ayuda a las familias, sobre todo a los niños, resulta ser enorme.

¿Deberían considerarse “infraestructuras” las partes más blandas y menos tangibles de la agenda de gasto de Biden: el fomento de las nuevas tecnologías, en particular de los vehículos eléctricos, la ayuda a la educación y, en general, a las familias con hijos? La respuesta correcta es: ¿qué más da? Todo es una inversión productiva en el futuro de la nación.

Y el futuro necesita trabajo. La recuperación de la pandemia debería ser solo el comienzo; necesitamos una estrategia para remediar nuestros problemas a largo plazo de lento crecimiento de la productividad y de una demanda privada débil. La inversión pública a gran escala, se parezca o no a la idea que algunos tienen de las infraestructuras, es el camino a seguir.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company