Opinión: Mi abuelo compró una casa en Gaza con sus ahorros, pero quedó destruida tras un ataque aéreo israelí

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El abuelo de la autora, Abdul Kareem, tras su regreso a Gaza. (Fotografía de la familia Al-Arian vía The New York Times).
El abuelo de la autora, Abdul Kareem, tras su regreso a Gaza. (Fotografía de la familia Al-Arian vía The New York Times).

DURANTE GENERACIONES, A LOS PALESTINOS NO LES HAN PERMITIDO OLVIDAR QUE LOS HOGARES SON PASAJEROS Y QUE SE LOS PUEDEN QUITAR EN CUALQUIER MOMENTO.

El 15 de mayo, un ataque aéreo israelí destruyó Burj Al-Jalaa, una torre de departamentos de doce pisos en Gaza que albergaba las oficinas de Al Jazeera y The Associated Press. Ver las imágenes de la caída del edificio me dejó impactada. Se derrumbó como una de las muchas torres que mis hijos hacen con fichas magnéticas o bloques de Jenga. Desapareció en segundos.

He trabajado para Al Jazeera durante los últimos trece años. Junto con las familias que vivían en los 60 departamentos de la torre, mis colegas tuvieron que tomar decisiones difíciles sobre qué llevarse y qué dejar mientras se apresuraban a ganarle a la bomba.

Una hora más tarde, mi hermano me envió un mensaje de texto, y la historia tocó una fibra familiar: nuestro abuelo tenía un departamento en el edificio, que había comprado con los ahorros de toda su vida y dejado como herencia para sus hijos. Ahora había quedado hecho escombros y cenizas. Esa es una lección que muchas generaciones de palestinos nunca han podido olvidar: los hogares son pasajeros y te los pueden quitar en cualquier momento.

Mi abuelo, Abdul Kareem, lo sabía muy bien. La historia de su vida puede contarse a través de todos los hogares que ha perdido.

Nació en la ciudad de Gaza en 1933 y se quedó huérfano cuando cumplió 5 años, después de que sus padres murieron de cáncer. Pertenece a la generación de la Nakba, los palestinos que vivieron el terror, la pérdida y el desplazamiento que supuso la creación del Estado de Israel en 1948. Él estaba en el bachillerato. Hablaba de las balas de los aviones de guerra israelíes sobre Gaza, que destrozaban el polvo entre sus pies.

Cientos de miles de palestinos fueron expulsados de sus hogares y hubo masacres en ciudades y pueblos de todo el país. Los refugiados llegaron en masa a la pequeña franja costera de Gaza. Mi abuela, Inaam, que tenía 12 años, fue una de ellas. Estaba entre las 50.000 a 70.000 personas que caminaron desde Lydda (ahora Lod) y Ramla y los pueblos vecinos, al este de Jaffa, en lo que se conoció como la Marcha de la Muerte de Lydda. Se enteró de que su padre, agente de policía en Jaffa, fue ejecutado por las fuerzas israelíes y enterrado en una fosa común.

Muchos de los refugiados salieron con lo que llevaban puesto y se colgaron del cuello las llaves de sus casas. La madre de mi abuela tomó a sus hijos y empezó a caminar hasta que se le cayeron las uñas de los pies, nos decía mi abuela. Sus casas fueron tomadas por colonos judíos que llegaron de Europa. Cuando mi abuela y su familia llegaron a Gaza, esta se había llenado de refugiados de toda Palestina, miles de los cuales dormían en tiendas de campaña proporcionadas por Naciones Unidas.

Cuando mis abuelos se conocieron en 1956, mi abuela trabajaba como costurera para ayudar a mantener a su familia. Nunca pudo volver a la escuela, y solo había completado el sexto grado. Menuda, con el pelo castaño rizado, tenía ojos brillantes y almendrados, una sonrisa tímida y vestía con ropa que cosía a la moda de la década de 1950.

Cuando mis abuelos se casaron, era difícil encontrar trabajo. Pasaron a formar parte de la Shatat al-Falasteeni, o la diáspora palestina, y se mudaron a países árabes que necesitaban su trabajo y su educación, pero que los veían como forasteros que estaban a punto de abusar de su acogida.

La experiencia de la diáspora palestina se basa en la paradoja de existir en un pasado que, a pesar de su dolor, parece más seguro que la precariedad de su hogar actual. La vida es una lucha por construir un nuevo hogar mientras se conserva el recuerdo del que te fue arrebatado y se busca desesperadamente la manera de volver a él.

En 1958, mi abuelo se trasladó a Arabia Saudita con su mujer y su hijo de 1 año para trabajar como profesor de árabe. Ahorraba lo que podía de su escaso salario para llevar a sus hijos a visitar Gaza durante los veranos. Mi madre recuerda esos viajes a casa, jugando en los huertos de moras, con el mar Mediterráneo a la vista y la arena bajo sus pies.

Tras años de vivir modestamente, mi abuelo compró un pequeño terreno en la costa de Gaza, donde pensaba construir una casa. Entonces, en 1967, mientras estaba sentado en una cafetería con amigos en la ciudad saudí de Yeda, mi abuelo escuchó la noticia: Israel había ocupado la Franja de Gaza. Su cara se puso pálida y se desmayó de la impresión. Israel declaró que cualquier palestino que no estuviera en Gaza antes de la guerra ya no sería reconocido como residente de la franja.

A mi abuelo no le permitieron regresar. Años más tarde, cuando denunció al director de su escuela por agredir sexualmente a una alumna palestina, los saudíes lo despidieron y lo obligaron a abandonar el reino. La familia se mudó a El Cairo a rehacer su vida.

Mi abuelo le compró un departamento a una familia egipcia, pero no le permitieron registrarlo a su nombre porque era palestino. Cuando él y su familia salieron de El Cairo para realizar un viaje corto, la familia egipcia se instaló en el departamento y lo tomó.

De nuevo se quedó sin hogar. Había trabajado y vivido en cuatro países árabes sin que le permitieran adquirir la ciudadanía. Durante décadas anheló estar en Gaza. Como palestino apátrida, necesitaba un pasaporte para volver a casa.

Mi madre, que se había establecido en Estados Unidos a los 18 años, lo trajo. Vivió con nosotros en Florida durante largas temporadas en la década de 1990 y solicitó la ciudadanía estadounidense. Apreciaba las tardes en las que él y yo nos sentábamos en el porche a beber té de salvia y ver la lluvia. Él daba una calada a sus cigarrillos, intercambiábamos chistes y yo lo interrogaba sobre los aspectos básicos de la historia y el gobierno de Estados Unidos como preparación para su examen de ciudadanía.

No me di cuenta de que esos momentos que pasamos juntos no lo acercaban a nosotros, sino que permitirían su regreso a Gaza, donde ya no podría verlo.

Una vez que se convirtió en ciudadano estadounidense, estaba decidido a volver a Gaza. Mi abuela, su esposa desde hace casi 50 años, se negó a regresar mientras la región estuviera ocupada. Él se negó a permanecer en el exilio. En 2004, él se trasladó a Gaza; ella se quedó sola en los Emiratos Árabes Unidos.

En Gaza, mi abuelo dejó de fumar y pasó gran parte de su tiempo al aire libre plantando aceitunas, uvas, nísperos y bayas en su huerto familiar y descansando en un departamento tipo estudio en el Mediterráneo. Se reencontró con familiares de los que había estado separado durante años y comió los higos con los que había soñado en el exilio.

En 2007, en un intento por desestabilizar el gobierno dirigido por Hamás, Israel impuso un bloqueo aplastante que persiste hasta el día de hoy, con el que convirtió a Gaza en una prisión al aire libre y, junto con Egipto, tomó el control de todos los aspectos de la vida de sus residentes. Conseguir medicamentos para la diabetes de mi abuelo se hizo casi imposible; los frecuentes cortes de electricidad lo obligaron a utilizar quemadores de queroseno para cocinar.

Siguieron varias guerras en Gaza, y mi abuelo describía cada una como un conflicto más brutal y aterrador que el anterior. Nos contaba cómo las bombas hacían vibrar las paredes mientras él intentaba dormir.

Durante el bombardeo de Gaza en 2008-2009, conocido como la Operación Plomo Fundido, las detonaciones israelíes destruyeron tierras de cultivo y pusieron en peligro el suministro de alimentos. Una parte de nuestro huerto familiar fue alcanzada por granadas de fósforo blanco y su suelo carbonizado ya no podía cultivarse. Seis años después, durante la devastadora guerra de 2014, el estudio de mi abuelo en la playa de Gaza también fue bombardeado.

Ninguno de los siete hijos de mi abuelo pudo visitarlo en Gaza. Durante la mayor parte de sus vidas adultas, cada uno de ellos estuvo viviendo en un país diferente, lo que refleja la intratable realidad del desplazamiento palestino.

Mi abuelo murió en 2019. Una parte de mí se siente aliviada de que no esté vivo para presenciar lo que muchos en Gaza describen hoy como el peor asalto hasta la fecha.

Había volcado todos sus ahorros en la compra de un departamento en la torre Burj Al-Jalaa, uno de los edificios más altos de Gaza. Cuando todo lo que has conocido es el despojo, la ocupación y el exilio, no hay fondos de jubilación ni cheques del gobierno. Había sobrevivido con la renta de su departamento.

A diferencia de la torre Al-Jalaa, que fue evacuada antes de que cayeran las bombas, muchas otras viviendas de Gaza que fueron destruidas por los ataques aéreos israelíes sepultaron a sus habitantes.

Es casi una sensación de vergüenza llorar la pérdida de una propiedad cuando familias enteras han sido asesinadas en Gaza. Sin embargo, eso también es una función crítica de la ocupación, que agrava la desposesión palestina no solo por la pérdida de un hogar tras otro, sino también por el derecho a llorarlos.

Ese departamento era el hogar que mi abuelo construyó tras toda una vida de exilio, todo por lo que había trabajado hasta los últimos años de su vida. El sentimiento de añoranza que lo hizo volver a Gaza, y cada momento de alegría, dolor y pérdida de su vida, estaban engastados en las paredes de ese departamento. Era un lugar que esperaba que sus nietos pudieran visitar algún día.

No obstante, ahora me doy cuenta de que no era tan sencillo. Cuando pienso en todos los hogares que perdió, sé que mi abuelo no guardaba la esperanza de que una estructura física fuera su legado duradero. En cambio, nos dejó algo que no se puede arrebatar. Su lucha por volver a casa encarnó la esperanza, la resistencia y la audacia que todos los palestinos desposeídos transmiten de una generación a otra. Nosotros construimos, ellos destruyen y nosotros volvemos a construir.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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