Opinión: Cuando el aborto es provida

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SI DIOS NO QUIERE QUE PRACTIQUEMOS ABORTOS, ¿POR QUÉ ME PUSO EN LA SITUACIÓN DE TENER QUE PRACTICAR UNO?

En este ensayo invitado se describe gráficamente un aborto practicado por un médico.

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El quirófano, en nuestro hospital de la misión en Sudán del Sur, estaba a oscuras, salvo por un foco, grande y potente, por el que nos guiábamos para trabajar.

“Seguramente tendrás que descomprimir el cráneo”, dijo mi mentor, mientras auscultaba con la sonda ultrasónica a nuestra paciente, una mujer de unos veintitantos años cuyo embarazo amenazaba su vida. Vi el típico contorno en la pantalla, un semicírculo de hueso alrededor del tejido cerebral. Mi fórceps de anillo parpadeó en la pantalla cuando lo introduje en su útero.

Ya había pasado 5 minutos extrayendo poco a poco los coágulos de sangre que se habían acumulado bajo el feto, de aproximadamente 18 semanas, pero al ir adentrándome y perforar el saco amniótico, salió un chorro de líquido. La ligera presión que sentía en el extremo de mi instrumento, como la de un balón, cedió y el tacto fue más firme: había rozado la cabeza.

Cerré el fórceps y el contorno óseo desapareció.

Siempre he sido provida, puede incluso que lo fuera antes de ser consciente de ello. Cuando fui concebido, mis padres no solo no estaban casados; tampoco se veían preparados para ser padres, ya que acababan de recuperarse de su adicción. Muchos abortos se producen en estas circunstancias, y tardé muy poco tiempo, una vez que tuve la edad suficiente para saber lo que era el aborto, en enterarme de que yo me había librado de él.

Mi familia es una bendición que aún no termino de asimilar. A veces lo siento como una deuda que no puedo pagar. El amor que se tienen mis padres, y el amor de Dios que hay en ellos, propiciaron un entorno doméstico donde mis hermanos y yo aprendimos un férreo e inagotable amor unos por otros.

Mi madre me enseñó que el aborto estaba mal porque era una profanación: destruía algo precioso. El sexo y el parto estaban bien, eran actos benditos y sagrados, que reflejaban la bondad de Dios con las parejas casadas.

Fue esta convicción la que llevó a nuestra familia a manifestarnos ante la Cámara de Representantes de Maryland y defender las leyes de protección de los nonatos. La mayoría de nuestros puntos de vista políticos eran tan conservadores como cabría esperar de una familia de evangélicos educados en casa, pero lo que determinaba incluso esas convicciones era la conciencia de la necesidad y la fragilidad humanas que se derivan de haberla pifiado y haber recibido gracia por gracia.

Mi madre siempre se resistió a la idea de que hubiese que castigar a las mujeres que se quedaban inesperadamente embarazadas, como se esgrimía en algunas tertulias de radio, y nuestra familia siempre le estuvo agradecida al Estado por su magnanimidad, de la que nos beneficiamos a través del Programa para Mujeres, Bebés y Niños (WIC, por sus siglas en inglés) y del crédito tributario por hijos.

La sacralidad del cuerpo humano que mis padres me inculcaron ha nutrido mi labor misionera como médico de familia y profesor en África Oriental, donde cada día hago todo lo posible por cuidar a quienes lo necesitan y ayudar a otros a aprender a hacer lo mismo. Esta sacralidad también ha motivado la mayoría de mis opiniones políticas a la izquierda de mis padres. Creo que el Estado debe subvencionar generosamente las necesidades vitales y sanitarias, de modo que los niños puedan nacer en familias seguras y protegidas.

Sin embargo, mi postura sobre la cuestión política del aborto no ha cambiado en casi nada: debería ser ilegal en casi todas las circunstancias matar a un bebé en el útero, porque significa privar a un ser humano del derecho que le permitimos a cualquier otro ser humano.

A pesar de lo demoledores que son los embarazos resultantes de un incesto o una agresión sexual, y las dificultades que acarrean las malformaciones genéticas, las circunstancias de la concepción no se emplean como justificación para una atención posnatal deficiente. Entonces, ¿por qué habríamos de aplicar una discriminación prenatal? Lo que presuponemos es que se han de tener en cuenta las desventajas que representan para un niño vivo la pobreza, la violencia o una salud frágil, por medio de una generosidad y unos cuidados adicionales. Algunos países, como Polonia y Malta, imponen severas restricciones al aborto, pero también tienen Estados del bienestar generosos que brindan un sólido apoyo a las familias.

Solo hay una circunstancia en la que creo que es permisible —incluso lo correcto— matar a un bebé en el útero: cuando la existencia de ese bebé está matando a la madre y extraérselo es la única manera de salvarle la vida. Ante la probabilidad de que la Corte Suprema de Estados Unidos revoque el caso Roe contra Wade, hay unos 26 estados preparados para promulgar nuevas restricciones al aborto. Cualquier ley que restrinja el aborto debería permitir siempre aquellos abortos necesarios para salvar la vida de la madre.

La urgencia moral del aborto, en el caso de mi paciente, era muy clara. Ya había perdido casi la mitad de volumen sanguíneo cuando llegó a nuestra puerta. Sin una intervención inmediata, habría seguido desangrándose hasta que ella y su bebé hubiesen muerto. Sin embargo, que el aborto fuese necesario no hizo que practicarlo fuese más fácil. Sacudió mi fe e hizo trizas mis ideales éticos simplistas. Si Dios no quiere que practiquemos abortos, ¿por qué me puso en la situación de tener que practicar uno?

Me resulta difícil describir el proceso físico de un aborto en el segundo trimestre, y leer sobre él es igual de perturbador. No obstante, no puedo transmitir lo determinante que fue esta experiencia para mi perspectiva sobre el aborto sin incluir esos detalles. Tengo que explicar con franqueza lo que pasó.

Se podían distinguir las partes a medida que las retiraba —extremidades, una médula espinal, órganos internos—, pero enseguida se convirtió en un revoltijo, una mezcla de amnios, corion y sangre. La ansiedad de llevar a cabo una operación que era éticamente problemática y a la que nuestra paciente podría no sobrevivir fue disipándose al ir retirando con cuidado todo lo que había dentro de su útero. No quería causar más sangrado, pero tampoco quería dejarle nada en el útero que le pudiera causar más hemorragias o una infección.

Encendimos las luces y devolvimos el ecógrafo a la sala de parto. Nuestra paciente, aún bajo los efectos de la anestesia, se encontraba estable y la trasladamos a nuestra zona de recuperación postoperatoria. Discutimos si valía la pena enseñarle a su marido toda la sangre que había perdido —nuestro protocolo habitual en las situaciones de riesgo vital, para subrayar el peligro en el que se encontraba la paciente antes de la operación— pero ahí había mucho más que sangre que mostrar, así que decidimos contarle simplemente lo que había sucedido. Me ofrecí a llevar la cubeta a la fosa donde solíamos depositar las placentas tras los partos.

La fría noche cerrada fue un alivio tras el sofocante calor del quirófano, muy poco ventilado. Abrí la tapa de madera que cubre la fosa de placenta y vacié la cubeta. Y su cuerpo se fue por el agujero.

En nuestro trabajo diario, en un hospital para mujeres y niños en uno de los países más peligrosos para ser madre o niño, mis compañeros y yo ya habíamos visto morir a bebés, durante y después del parto, e incluso a sus madres. Sin respiradores, con pocas pruebas de laboratorio y muchos pacientes que acuden a nosotros bastante más tarde que en los países donde cuentan con carreteras fiables y centros de salud de fácil acceso, la tragedia era tan frecuente que me llevaba a preguntarle a Dios una y otra vez: “¿Por qué?”.

Aun así, lo que le ocurrió a mi paciente ese día de hace seis años pudo haber sucedido en cualquier parte.

En nuestro caso, la paciente llevaba dos semanas desangrándose lentamente cuando por fin llegó hasta nosotros; su marido no la llevó en motocicleta hasta que se había desmayado por la pérdida de sangre. La madre tenía varios hijos y vivía lejos de nuestro hospital, y no había recibido ninguna atención preparto hasta ese momento. Mediante una ecografía, determiné que su bebé seguía vivo y que tenía unas 18 semanas, más o menos.

Después vi el coágulo.

Era mucho mayor que el bebé; tan grande era, de hecho, que lo confundí con una vejiga demasiado llena en la primera ecografía. Suponía probablemente medio litro de sangre acumulada bajo el útero, que iba perdiendo gota a gota. No vimos la placenta en el útero, así que debía de estar enterrada en alguna parte bajo ese amasijo de sangre.

Solo nos quedaba una unidad de sangre en nuestra diminuta nevera, que teníamos que guardar por si lo necesitaba un niño con malaria u otra mujer más enferma que ella. La única manera de salvarla era extraerle todo lo que tuviera en el útero para que se pudiera contraer de nuevo y detener la hemorragia. Era imposible esperar a que pudiera dar a luz al niño sin riesgos. Estábamos convencidos de que habría muerto junto con su madre antes de alcanzar la viabilidad del parto.

Yo era el médico de guardia, pero aún seguía aprendiendo lo necesario para dirigir un pequeño hospital de misión. El director médico y la enfermera jefa de turno y yo coincidimos en la necesidad de una operación que, en otras circunstancias, habría vulnerado nuestra conciencia, y obtuvimos el consentimiento verbal de la paciente y de su marido y nos pusimos a trabajar.

Más tarde, aliviados al ver que nuestra paciente se recuperaba poco a poco, fui a la sala de parto. Había ido antes a comprobar el estado de una madre y, cuando volví al cabo de unas horas, no había progresado mucho y era improbable que pudiera dar a luz por sí misma. Reuní a mis compañeros otra vez, le hicimos una cesárea y extrajimos un bebé sano de una madre feliz (aún bajo los efectos de la ketamina) que no habría vivido sin nuestra operación quirúrgica.

Volví a casa y durante unas horas no me paré a leer nada en internet. Quería dormir, pero no quería tumbarme y quedarme quieto. Cuando lo hacía, no paraba de oír un rítmico repiqueteo al otro lado de mi ventana; o al menos yo pensaba que venía del otro lado de mi ventana. ¿Era el ruido lejano del monitor fetal del hospital? ¿Mi propio corazón? ¿Tambores de una ceremonia espiritual en una aldea cercana? ¿Una alucinación demoniaca?

No dejé de rezar ni de recordar. Cerraba los ojos, pero veía la imagen del cráneo en el ecógrafo. Me dormí por fin a las 4. a. m., y me desperté unas horas después para atender más partos y pasar consulta a niños enfermos.

Yo veía mi trabajo de médico como parte de una batalla contra los quebrantos en la salud física de mis pacientes, una batalla cuyo curso cambió el día que Jesucristo resucitó de entre los muertos. La Biblia nos enseña que nuestro cuerpo físico resucitará un día como el de Cristo, misteriosamente transformado, pero aún ligado en cierto modo a nuestra carne y nuestra sangre en el presente, al igual que una semilla se transforma en una planta. Doy clase y trabajo junto a profesionales sanitarios del lugar, de modo que podemos cuidar holísticamente a las personas que lo necesitan, y seguir los pasos de Jesús, el sanador.

Cuando hoy cuidan a los demás, los médicos cristianos intentan honrar la divinidad de nuestro cuerpo y adelantarse a esa futura resurrección. A veces tenemos que amputar, administrar una tóxica quimioterapia o abrir un cuerpo para curarlo. No se debería utilizar este poder a la ligera y, en el caso de un ser humano vivo en el útero, solo las circunstancias más extremas deberían permitir dicho uso. Pero el poder está ahí, y a veces debemos usarlo de modos irreversibles y letales.

Antes de haber practicado un aborto, pensaba sobre las cuestiones de la teodicea —la dificultad de conciliar la bondad de Dios con la presencia del mal en nuestro mundo— en un sentido pasivo, y me preguntaba cómo o por qué nuestro Dios permitía el sufrimiento de las personas. Ahora pienso en por qué Dios obligaría a alguien a tomar una decisión como la mía. A las 18 semanas, la edad aproximada del hijo de mi paciente, los huesos oponen la suficiente resistencia a los instrumentos como para hacer constar su humanidad. Aquí es donde creo que se da la excepción a la regla: acabar con la vida de un niño antes de nacer está tan mal, que solo podría merecerlo la salvación de otra vida.

Como médico misionero, estaba dispuesto a sacrificar la comodidad del hogar para cuidar a los demás, pero no me di cuenta de que esta vocación también me exigiría tomar muchas decisiones morales donde cualquier forma de proceder sería desgarradora, de un modo u otro. Sabía de los costos que ser médico le impondría a mi cuerpo, ya que las noches en vela y la tensión muscular forman parte de la instrucción desde muy pronto; pero he aprendido que el poder de matar y de curar dejan un tipo de marca distinto con el paso del tiempo.

Mi paciente fue dada de alta unos días después, y tenía que cuidar a sus otros hijos en casa. Le aconsejamos que viniera a hacerse revisiones, pero nunca volvimos a verla, y unos meses después la guerra civil me echó del país (y seguramente a ella también). Enviamos a su casa suplementos de hierro y analgésicos. Qué más nos dejamos el uno al otro es algo en lo que no dejaré de reflexionar durante el resto de mi vida.

Y, mientras reflexiono sobre ello, pienso en la resurrección. Solo así puedo encontrarle algún sentido a todo esto. El cuerpo resucitado de Cristo sigue teniendo las llagas de la crucifixión, para que santo Tomás supiera, al tocarlas y verlas, que él era el Señor. Confío en que el niño con el que me encontraré algún día en el cielo tendrá alguna marca inconfundible, por la que sabré lo que le hice. Aun así, la esperanza de la resurrección es que podré agarrarle la mano que una vez tiré a una fosa y, con él, danzar en alabanza a Cristo. Por esa esperanza seguimos trabajando mis compañeros y yo.

© 2022 The New York Times Company

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