Opinión: Abajo la monarquía británica

Hamilton Nolan
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CUALQUIER NACIÓN QUE TODAVÍA TENGA UNA MONARQUÍA EN 2021 DEMUESTRA QUE TIENE UNA VERGONZOSA FALTA DE AGALLAS REVOLUCIONARIAS.

Una entrevista reciente de la que tal vez hayas oído hablar revela que la monarquía británica es una madriguera tóxica de murmuros y racismo. ¿Y quién podría dudarlo? No hay nada más fácil de creer que la idea de que una institución creada para ser la encarnación física del clasismo rebose de inhumanidad. En lo que la respuesta pública a esta revelación tan poco sorprendente ha errado es en la convicción generalizada de que debemos mejorar la monarquía. No es así. No se puede convertir una botella de veneno en una bebida refrescante por mucho azúcar que se le agregue.

Una respuesta justa y adecuada a lo que hemos descubierto sería que todo el Reino Unido se uniera para tomarse de las manos, formar un gran círculo alrededor de la institución de la monarquía y quemarla hasta los cimientos mientras canta “Sweet Caroline” para mantener un espíritu positivo. Luego, los miembros de la familia real podrían barrer las cenizas y depositarlas cuidadosamente en el bote de basura, como un comienzo ceremonial para una nueva vida de trabajo para subsistir.

La existencia de una monarquía es la admisión de que un gobierno no puede o no tiene interés en resolver los problemas de la gente. En su lugar, ofrece un espectáculo. Siempre ha sido más fácil elevar a una sola familia a una vida de lujos de cuento de hadas que hacer el pesado trabajo de elevar a todas las familias a un nivel de vida decente. El pueblo financia el estilo de vida de una minúscula élite exaltada y totalmente indigna, en vez de que sea al revés. Cualquier nación que todavía tenga una monarquía en 2021 demuestra que tiene una vergonzosa falta de agallas revolucionarias.

Estados Unidos es culpable de muchos crímenes contra la humanidad, pero en este tema hemos hecho bien las cosas. Nuestros presidentes pueden ser una vergüenza nacional, pero al menos los estadounidenses no están obligados a agacharse y hacer reverencias a un holgazán rico designado por el azar cuya pretensión de legitimidad es ser el hijo del hijo del hijo de alguien que fue el mayor gángster de la nación hace siglos. Sí, tenemos nuestra propia adicción capitalista e hipnótica a la celebridad, pero la monarquía es algo mucho más retorcido, como si juntáramos a la familia Bush, las Kardashian y los Falwell para formar un culto a la fama cuasirreligioso, engalanado con joyas y rematado con una dosis fortificante de imperialismo.

¿Qué es una monarquía sino la más alta veneración de la desigualdad? Con base no en el valor moral, sino en los accidentes de la herencia, un pequeño grupo de personas se ve favorecido con millones de dólares extraídos de la tesorería pública y es adorado como si fueran dioses nacionalistas sentimentales, a cambio tan solo de cumplir con el deber de “ser agradables en público”, algo que hacen con un éxito relativo.

A más de 60 millones de ciudadanos, muchos de los cuales viven en la pobreza, se les instruye para que celebren ese retablo de excesos en lugar de aborrecerlo. Les dicen que se alegren de que alguien tenga una vida de ensueño, aunque no sean ellos, y que vivan a través de ese reparto de telenovela de la realeza, en lugar de exigir la igualdad para todos los demás. La corona agradecería mucho que sintonizaran su espectáculo en vez de dedicar su tiempo a leer a Karl Marx.

Además, ese plan parece estar funcionando: más de cuatro de cada cinco adultos británicos tienen una opinión positiva de la reina. El atractivo de los sombreros elegantes es difícil de superar.

Las estrellas de este insípido espectáculo cambiarán con el tiempo. Nacerán nuevos príncipes y princesas, se celebrarán bodas opulentas y diferentes traseros mimados tendrán su turno para sentarse en el trono acolchado. Estas maquinaciones, cada una de ellas diseñada para acaparar la atención del público durante un tiempo, no son más que la punta del enorme iceberg que es la monarquía. Se alimenta del vigor del pueblo trabajador y lo regurgita transformado en un gigantesco hogar para sí misma.

Abolir la monarquía no debería ser demasiado complicado. Primero les quitas las casas. Luego les quitas la riqueza. Luego les quitas los títulos. Todas esas cosas le pertenecen propiamente al público, y esos ocupantes ilegales las han tenido durante demasiado tiempo.

La buena noticia para la familia real es que la economía parece estar en recuperación. No debería ser demasiado difícil para ellos encontrar trabajo aun a pesar de su falta de experiencia práctica. Podrían conseguir trabajos honorables en un supermercado inglés como Tesco. Qué maravillosa oportunidad para que se ganen el sustento honradamente por primera vez en su vida. Como nos dicen a menudo nuestros superiores sociales, el trabajo arduo es bueno para la autoestima. Espero que pronto sean más felices que nunca.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company