Una opción que va más allá de lo económico

Alejandro Artopoulos

El fenómeno de brain drain (fuga de cerebros) no es nuevo en la Argentina. En cada una de sus crisis, el país experimentó oleadas de emigrantes, como en la hiperinflación de 1989-90 y, particularmente, en la crisis de 2001.

Las investigaciones indican que el índice de brain drain del país es uno de los más altos del mundo. Entre 1980 y 1990 el cociente entre los migrantes que tienen título sobre el total de migrantes alcanzó el 33%, solo superado por Venezuela. Si bien en el mundo se discute que la fuga de cerebros se convirtió en una tendencia hacia el brain gain o intercambio de cerebros, en América Latina, luego del período de bonanza de las commodities en la primera década del siglo, hay un reflujo.

Parece que estamos frente a una nueva ola. Quizá muchos empezaron a pensar en emigrar con la devaluación de mayo de 2018 y terminaron resolviendo luego de la elección presidencial. Desde el punto de vista económico, la motivación de migrar se alimenta de cuán cerca se perciben las oportunidades laborales en el exterior. También ejercen atracción los desafíos de un experiencia laboral en una economía dinámica y la brecha entre los sueldos en moneda fuerte y los devaluados en el país.

La economía del conocimiento concentra el grueso de los casos. Así como la expansión del sector y la persistencia del proceso de globalización mantienen el crecimiento de las exportaciones de servicios, también tracciona el traslado a otras geografías de profesionales altamente calificados.El núcleo duro está constituido por jóvenes científicos posdoctorales, que pueden aspirar a ganar 10 veces en dólares lo que ofrece una beca del Conicet.

Debemos preguntarnos por la verdadera naturaleza de la economía del conocimiento. Que no solo se trata de una actividad de enclave de exportación de servicios. En estos grupos la decisión de emigrar no solo es económica, sino que se sostiene en convicciones profundas sobre el futuro del país. En el pasado los que abandonaron su nación por razones políticas o económicas tuvieron vivencias más extremas de persecución oexilio. Para los que están decidiendo hoy, al balance entre las experiencias en el exterior y al deterioro de la vida cotidiana por la inseguridad y la violencia simbólica se les suma la incerteza de una posible mejora futura del país.

El autor es sociólogo de la Universidad de San Andrés