Sigue adelante, pero nunca olvides

Charles M. Blow
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Imagina esta situación, la cual es una experiencia común para las personas negras:

Estás recibiendo un servicio en el que dar propina es una práctica habitual. Tal vez estés tomando un taxi o recibiendo un tratamiento de belleza; quizás bebiendo un trago en un bar o comiendo en un restaurante.

Tu proveedor de servicio no es una persona negra. El servicio es deficiente. Quien te está proporcionando el servicio no es para nada atento. Esperas por las cosas mucho más tiempo del que crees que deberías o mucho más tiempo del que crees que otras personas en el mismo lugar están esperando.

Luego llega la cuenta, y miras fijamente la bandeja de las propinas, mientras desatas un debate interno.

Los estudios han demostrado que dos cosas son ciertas: en promedio, las personas negras dan menos propina y, en promedio, los que proporcionan servicios les brindan a las personas negras un servicio inferior, en parte por la percepción de que recibirán menos propina de cualquier manera. Siempre me ha parecido que aquí hay un pequeño problema tipo el huevo y la gallina.

Sin embargo, como la persona que acaba de recibir el mal servicio, te encuentras en medio de esta guerra de percepciones con solo dos opciones, ambas poco atractivas: puedes dar una buena propina de todos modos en un intento por combatir la percepción de que las personas negras dan malas propinas (después de todo, esto podría hacer que la experiencia del servicio sea un poco mejor para la siguiente persona negra). O puedes dejar una propina promedio —o nada de propina—, conforme al mal servicio que has recibido, arriesgándote a consolidar, en la mente de quién proporcionó el servicio la percepción de que las personas negras dan malas propinas.

Por supuesto, nada de esto es justo. Le transfiere al inocente receptor la carga de los sesgos de quienes proporcionan el servicio; es la víctima del prejuicio la que asume la responsabilidad de apaciguar a la persona que hace el prejuicio.

Y, sin embargo, esa es exactamente la posición que las personas negras —y otras personas de color, minorías religiosas y mujeres— a menudo se ven obligadas a asumir o se les pide que lo hagan. Este caso en particular sucede cuando las personas que votan por políticos que perjudicarían nuestra humanidad (o restringirían de forma severa nuestra capacidad de buscar una vida en igualdad) terminan en el lado perdedor de unas elecciones.

Siempre se habla mucho de unidad, de converger, de sanar heridas y reparar divisiones. Pero entonces tenemos que tener un debate interno como el de la propina: ¿les demostramos que podemos trascender sus intentos por hacernos daño o nos comportamos acorde con el daño que intentaron infligirnos?

Se puede argumentar de forma legítima que una espiral de recriminaciones siempre terminará en un agujero de daño colectivo. Sin embargo, también debe haber un reconocimiento de que quienes tienen prejuicios intentaron hacerte daño y que, de no ser por unos pocos cientos de miles de votos en los estados adecuados, habrían logrado imponer ese daño.

Tiene que haber algún tipo de acción que reconozca que muchos niños fueron separados de sus padres, algunos fueron encerrados en jaulas, y que muchos de ellos posiblemente nunca vuelvan a reunirse con sus padres.

Tenemos que reconocer que Trump es racista —algo que se ha demostrado una y otra vez por sus propias palabras y acciones— y que de todos modos recibió un número récord de votos para un presidente en funciones.

Tenemos que reconocer que Trump se jactó de agredir sexualmente a mujeres, que decenas de mujeres lo acusaron de conducta sexual inapropiada y que se reveló que les pagó al menos a dos mujeres para que no revelaran presuntas infidelidades.

Tenemos que reconocer que Trump ha denigrado a mexicanos, musulmanes, haitianos y naciones africanas.

Estas cosas sucedieron. La mayoría de las personas que lo apoyaron sabían que estas cosas habían sucedido. En muchos casos escucharon a Trump decirlas en vivo por televisión o publicarlas en su cuenta de Twitter.

Y, sin embargo, sus seguidores siguieron apoyándolo. Muchos de ellos todavía lo hacen, incluso después de su refutación de la democracia. Muchos creen la mentira de Trump de que en realidad ganó las elecciones que perdió.

Joe Biden, como siempre lo ha manifestado, está buscando ser un presidente unificador. Quiere ser el presidente de las personas que no votaron por él, así como de las que sí lo hicieron. Quisiera tener ese mismo espíritu optimista, pero debo admitir que mis intentos para lograrlo podrían fracasar.

No quiero ser la persona que guarda rencor, pero tampoco quiero ser la que ignora una lección. El acto de recordar que demasiados estadounidenses estuvieron dispuestos a continuar el daño hacia mí, hacia otros, y hacia el mismo país, no es rencoroso sino sabio.

El próximo mes Joe Biden será juramentado, y comenzará el próximo capítulo de Estados Unidos. Planeo llegar a ese día con un brillo de optimismo en mi rostro, pero me niego a ignorar la sombra del recuerdo que me persigue.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company