¿A qué olía Europa? Los historiadores se proponen recrear los olores perdidos

Jenny Gross
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An archive of scents of daily life across Europe in the last centuries will catalogue smells such as tobacco, incense and garden herbs. (Christina Holmes/The New York Times)
An archive of scents of daily life across Europe in the last centuries will catalogue smells such as tobacco, incense and garden herbs. (Christina Holmes/The New York Times)

Un proyecto recién anunciado y financiado por la Unión Europea catalogará y recreará los olores del continente desde el siglo XVI hasta principios del siglo XX.

LONDRES — Durante cientos de años, a través de plagas y otras pandemias, la gente solía creer que la enfermedad se propagaba no a través de gotículas o picaduras de pulgas, sino a través de la inhalación de olores desagradables. Para purificar el aire a su alrededor, quemaban romero y brea caliente.

Estos olores, que se esparcían por las sinuosas calles de Londres, eran tan comunes durante la Gran Peste del siglo XVII que, según los historiadores, se convirtieron en sinónimo de la propia plaga.

Ahora, que el mundo se enfrenta a otro brote generalizado, un equipo de historiadores y científicos de seis países europeos está tratando de identificar y categorizar los olores más comunes de la vida cotidiana en toda Europa desde el siglo XVI hasta principios del siglo XX, y de estudiar lo que los cambios en los olores a lo largo del tiempo revelan sobre la sociedad.

El proyecto “Odeuropa”, de 3,3 millones de dólares, que se anunció esta semana, utilizará la inteligencia artificial para cribar más de 250.000 imágenes y miles de textos, incluidos libros de texto de medicina, novelas y revistas en siete idiomas. Los investigadores utilizarán el aprendizaje por máquina y la inteligencia artificial para entrenar a las computadoras para analizar en los textos las referencias sobre los olores, como el incienso y el tabaco.

Una vez catalogados, los investigadores, trabajarán con químicos y perfumistas para recrear aproximadamente 120 aromas con la esperanza de que los curadores de los museos incorporen algunos de los olores en las exposiciones, para que las visitas sean más inmersivas o memorables para los visitantes.

El proyecto de tres años de duración, que está financiado por la Unión Europea, incluirá también una guía sobre la forma en que los museos pueden utilizar los olores en las exposiciones. Según los historiadores, el uso de olores también podría hacer que los museos sean más accesibles para las personas ciegas o con visión limitada.

“A menudo los museos no están seguros de cómo utilizar el olfato en sus espacios”, dijo William Tullett, profesor adjunto de historia europea moderna temprana en la Universidad Anglia Ruskin de Cambridge, Inglaterra.

Los planes para el proyecto, que se inicia en enero, comenzaron antes de la pandemia, pero los investigadores dijeron que el coronavirus, que ha cambiado los olores de las ciudades y puede llevar a la pérdida del olfato de algunas personas infectadas, ha ilustrado la forma en que los olores y las sociedades se reflejan entre sí.

Durante las pandemias pasadas, la teoría del miasma, que sostenía que los malos humores eran marcadores de la transferencia de la enfermedad, fue fundamental para la forma en que la gente veía la propagación de la infección.

Ahora, una vez más, la gente está especialmente en sintonía con los olores que les rodean y a veces se preocupan de que si pueden oler a alguien que está cerca, entonces esa persona está en su ambiente de aerosol y por lo tanto demasiado próximo, dijo Inger Leemans, profesora de historia cultural en la Universidad Vrije de Amsterdam. “Una vez más, el olor se convierte en un indicador de posibles enfermedades e infecciones”.

Y las medidas de confinamiento han cambiado los olores de la ciudad, con menos carros en la vía y menos olores que llegan a las calles desde los restaurantes. Los cambios, dijeron los investigadores, resaltan cómo el estudio de los olores en las comunidades a lo largo del tiempo da pistas sobre las actitudes históricas hacia la enfermedad y otros aspectos culturales de la vida cotidiana. El sentido ha sido en gran parte pasado por alto en el mundo académico, pero ha recibido más atención en la última década.

“Con el olfato, se pueden originar preguntas sobre la cultura nacional, la cultura global, las diferencias entre comunidades, sin entrar inmediatamente en peleas”, dijo Leemans, y añadió que la incorporación de olores en las exposiciones de los museos o en las aulas lleva a la gente a estar dispuesta a participar en discusiones de una forma que no siempre lo hacen cuando se discuten otros temas de identidad nacional. “Es un tema tan abierto y tiene un gran aspecto exploratorio y comunicativo”.

Leemans dijo que los investigadores no solo están interesados en estudiar los aromas agradables de los siglos pasados, sino también los malos olores, como el estiércol o los hedores de la industrialización y los problemas de aguas residuales que plagaron algunas ciudades europeas. Estos también se pueden dispensar en los museos para ayudar a la gente a conectarse con el pasado, siempre y cuando no ahuyenten a los visitantes.

“Lo que queremos hacer es pensar, junto con artistas olfativos, en cómo se puede llevar esa historia a la nariz; cómo hacer que la gente se dé cuenta de lo que hicimos con la industrialización en Europa”, dijo Leemans. “Ese es el desafío”.

Jenny Gross es una periodista de temas generales. Antes de unirse al Times, cubrió política británica para The Wall Street Journal. @jggross

This article originally appeared in The New York Times.

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