"Okupas" en la ópera de Bruselas como símbolo de resistencia a las restricciones

Bruselas, 10 abr (EFE).- Como símbolo de "revolución" y de "resistencia", una decena de artistas ocupan desde hace una semana el Teatro real de la Moneda, el edificio de la ópera de Bruselas, para protestar contra la situación "crítica" que afronta el sector cultural y artístico europeo ante las restricciones del coronavirus, y que mantiene salas de teatros y cines cerradas en Bélgica.

La 'Monnaie' (como se conoce al teatro nacional) se ha convertido en su 'Bastilla' desde la que estos "okupas" culturales tratan de lanzar un contundente mensaje a los poderes públicos: el interminable encierro de la cultura es la agonía del arte.

"Ese movimiento es una reacción urgente a meses y meses de lo que para nosotros ha sido una mala gestión del Gobierno y para interpelarle de que no tenemos otro medio que ocupar esta ópera nacional", explica a Efe Elli, portavoz de la plataforma BezetLaMonnaieOccupée y que durante una semana más ocuparán la ópera bruselense.

Esta organización, que aúna a estudiantes y trabajadores del sector cultural y artístico, tiene una composición horizontal y transversal: no existen líderes, las decisiones se toman de forma asamblearia y en ella participan artistas francófonos, flamencos y germanoparlantes.

Por ello, explica Elli, era tan importante ocupar la Ópera de Bruselas, uno de los dos únicos edificios culturales que pertenecen al Gobierno nacional y que simboliza cómo el arte puede ser un paraguas bajo el que unir a una sociedad que en ocasiones choca por sus diferencias sociales, económicas y culturales.

Ahora en el descansillo de este teatro que data del siglo XIX no se arremolina el público para acudir a obras de renombre, sino que se disponen colchones sobre los que descansan los artistas cada noche y un pequeño despliegue operativo para planificar la acción artística y política del día.

Puntuales, cada día a las 5 de la tarde, los activistas se reúnen en la plaza frente a la ópera en una pequeña tribuna abierta, como un ágora participativa a la que está invitado todo aquel que quiera expresarse artísticamente o lanzar una crítica política.

"Lo que era importante para nosotros, aparte de interpelar al Gobierno desde un punto político, es tener la posibilidad de hacer cultura de todas las formas posibles", reivindica Elli, quien cuenta que a diario deben negociar con la policía para no ser desalojados de la plaza.

Aunque el fin último es reactivar la actividad cultural en el país, sus reivindicaciones son una convergencia de luchas y un espacio para dar voz a todos aquellos sectores sociales que ya eran precarios, y cuya situación se ha agravado aún más por la pandemia.

"Para nosotros es necesario que haya solidaridad entre todos estos sectores precarios, no luchamos solamente por nosotros. Todos los sectores precarizados deben entrar en la gestión del Gobierno y no se les puede abandonar hasta que la situación esté mejor", clama la activista.

Rap reivindicativo, poesía, música en directo y mensajes políticos inundan este céntrico enclave situado en el comercial barrio de Brouckère.

Una joven sube al escenario con un instrumento de cuerda y su voz para cantar y tocar delante de los artistas reunidos. Es su primer público desde hace prácticamente un año, lo que le lleva a sumirse en lágrimas de emoción una vez que termina su actuación.

Mientras tanto, comerciantes y ejecutivos, cuya actividad no se ha detenido estos meses, pasan casi a orillas del escenario al cierre de su jornada, lo que según los organizadores simboliza cómo la sociedad moderna abandona a su suerte el arte y abraza lo puramente neoliberal.

"Las tiendas están abiertas enfrente de nosotros, tienen medidas que ni siquiera respetan. Ya ha pasado un año y necesitamos otras medidas", cuenta a Efe Themios, otro portavoz de la plataforma.

Al filo del acto, los organizadores vuelven al escenario y colocan una silla en el centro con un cartel que reza el nombre del primer ministro de Bélgica, Alexander de Croo, para invitarlo a escuchar sus plegarias mientras los asistentes gritan al cielo su nombre.

Poco después, la música llena la plaza animando a los artistas a bailar antes de volver al interior de la ópera, dejando por un instante una estampa cercana a lo que era la vida antes de la pandemia.

Jorge Ocaña

(c) Agencia EFE