Una ofensiva para neutralizar el eventual regreso de Trump a la Casa Blanca

Rafael Mathus Ruiz
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WASHINGTON.- La presidencia de Donald Trump entregó, en su epílogo, una última paradoja histórica: Trump enfrentará su segundo juicio político, un mecanismo constitucional diseñado para despojar a funcionarios públicos del poder, cuando ya haya dejado la Casa Blanca y sea un ciudadano común. "¿Cuál es el punto?", preguntó una congresista republicana durante el debate antes de la votación en el Congreso. La respuesta es que los demócratas no lanzaron su nueva ofensiva -sin investigación, sin audiencias, en apenas un puñado de días- para sacar a Trump de la presidencia,sino para evitar que vuelva: el impeachment desafía a los republicanos a desterrar a Trump de Washington, y, de paso, deja sentada una condena política a su movimiento, el trumpismo.

El último párrafo de la acusación aprobada en la Cámara de Representantes resume el alegato final de los demócratas a la presidencia de Trump. Para ellos, la más nefasta y peligrosa de la historia. Dice que Trump es una "amenaza para la seguridad nacional, la democracia y la constitución", y que su conducta es "incompatible" con el imperio de la ley. Al final, además de la destitución, pide que el Senado lo descalifique para ocupar cargos en el futuro. Es decir: piden que se lo proscriba para ser candidato presidencial en 2024.

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Lo interesante de la movida de los demócratas es que, esta vez, consiguieron apoyo de los republicanos. Un año atrás, cuando los demócratas abrieron el impeachment por el Ucraniagate, los republicanos cerraron filas detrás de Trump. Nadie lo abandonó. Esta vez, sí. Diez congresistas del oficialismo le dieron la espalda a su presidente. El asalto al Capitolio, calificado como un ataque terrorista doméstico contra la democracia, dejó al descubierto la grieta que Trump abrió en el Partido Republicano.

Nadie lo dirá delante de un micrófono, pero hay republicanos que nunca digirieron al trumpismo que ven en este nuevo juicio político una ventana para intentar extirpar a Trump del partido de Abraham Lincoln. Es una movida arriesgada, que puede transformar la grieta en una fractura total.

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La cúpula republicana del Capitolio ya le soltó la mano al magnate. Tras colocar tres jueces en la Corte Suprema, decena de magistrados en los tribunales federales, y recortar impuestos con Trump en la Casa Blanca, ahora, en tiempo de descuento y a días de ser oposición, ensayan un límite. El líder del Senado, Mitch McConnell, el republicano más poderoso del Capitolio, quien durante cuatro años blindó a Trump de todo, esta vez le dio un guiño a la ofensiva demócrata, y mandó a filtrar a los medios que cree que Trump merece ser enjuiciado, aunque solo después de que jure Joe Biden. No lo echará de la Casa Blanca. Y el jefe de la bancada republicana en la Cámara baja, Kevin McCarthy, otro defensor acérrimo de Trump, dijo en su discurso en el piso de la Cámara baja que Trump "tiene responsabilidad" en el ataque al Congreso. Inédito.

El futuro político de Trump quedó ahora en manos del Senado. El interrogante es si todo lo que hizo y dijo desde la elección presidencial y el ataque al Congreso marcaron una divisoria de aguas que lleve a suficientes republicanos a levantar la mano para llegar a los 67 votos necesarios para condenar a Trump, y descalificarlo para que pueda volver a ser candidato. McConnell dejará que cada senador vote a conciencia. Trump consiguió 75 millones de votos hace apenas dos meses, y su base lo ha ungido con una lealtad ciega. Aunque todo es posible, una condena aparece como un escenario improbable, sobre todo si se tiene en cuenta que Trump puede armar su propio partido político, y dejar vacío al Partido Republicano.

Algo es innegable: el juicio político contaminará el cambio de gobierno, y promete inflamar más a un país tenso que camina sobre querosén, y cuya capital quedó blindada con 15.000 soldados de la Guardia Nacional, el doble de las tropas que Estados Unidos tiene en Irak y Afganistán.