Occidente empieza a resignarse a que tal vez los talibanes sean el mal menor para Afganistán

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Un combatiente talibán custodia un puesto de control fuera del aeropuerto de Kabul
Marcus Yam

NUEVA YORK.- El mortal atentado al aeropuerto de Kabul deja al desnudo la cruda realidad política que enfrentan las potencias occidentales en Afganistán: entablar relaciones con los talibanes tal vez sea su mejor chance de impedir que el país se convierta definitivamente en un criadero de milicias islamistas.

Casi dos semanas después del sorpresivo regreso de los talibanes al poder, en Europa empiezan a darse cuenta de que la opción más pragmática es taparse la nariz y empezar a trabajar con los nuevos líderes de Afganistán.

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“La realidad en Afganistán, ahora, son los talibanes”, dijo esta semana la canciller Angela Merkel. “Es una realidad amarga, pero es lo que hoy y con eso hay que trabajar.”

Imagen tomada con un teléfono móvil del humo que emana cerca del lugar de una explosión en el Aeropuerto de Kabul
Xinhua


Imagen tomada con un teléfono móvil del humo que emana cerca del lugar de una explosión en el Aeropuerto de Kabul (Xinhua /)

Un alto funcionario de la Unión Europea (UE) dice que con su superioridad moral y su cerrazón hacia el movimiento talibán las potencias del G7 no lograrán nada, y lo que es peor, le dejarán más espacio a China y Rusia para decidir sobre el futuro de Afganistán.

El funcionario de la UE agrega que en los últimos días, Paquistán y Turquía alentaron a las naciones de Occidente “a no arrinconar de entrada el nuevo régimen”, a abstenerse de imponer sanciones al nuevo gobierno de Kabul, y a mantener abiertos los canales de discusión, para evitar un colapso migratorio y de seguridad cuya onda expansiva podría tener consecuencias alrededor del planeta.

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La ayuda internacional será una parte crucial de ese acercamiento, debido a la crisis humanitaria en un país signado por la guerra y la sequía, y donde 5,5 de sus 40 millones de habitantes han sido desplazados de sus hogares.

La UE anunció esta semana un aumento significativo -de 60 millones a 235 millones de dólares- de la ayuda para los afganos que siguen en Afganistán y para los que están huyendo del país.

Estados Unidos dio pasos para permitir la continuidad de la labor humanitaria, pero no redujo la presión de las sanciones contra el movimiento talibán, al que tiene clasificado como organización terrorista.

Parece que Washington todavía no cayó en la cuenta de la visión que cunde en las capitales europeas: que el talibán es el mal menor, la menos mala de totas las opciones.

“Una dosis de refuerzo para los radicalizados”

El zafarrancho de retirada de los norteamericanos de Afganistán después de 20 años de intentar estabilizar y democratizar el país “fue una potente dosis de refuerzo anímico para los islamistas radicalizados de todo el mundo”, en palabras de Ryan Crocker, exembajador de Estados Unidos en Kabul.

Los atentados suicidas frente al aeropuerto de Kabul, reivindicados por Estado Islámico, enemigo de Occidente y los talibanes por igual, es un recordatorio de que si el país es abandonado a su suerte y hace implosión, se convertirá en bastión de las milicias extremistas.

Los diplomáticos norteamericanos creen que detrás de los ataques está el Estado Islámico del Gran Khorasan (ISIS-K), la filial afgana de EI, una facción conocida por su bestialidad. Creen que el EI afgano aprovechó la inestabilidad que llevó al colapso del gobierno apoyado por Occidente para fortalecer su posición en el territorio.

“El problema no es que los talibanes ahora controlan el país: el problema real es que ni los talibanes ni nadie tiene el control del país”, dijo el exembajador Crocker a la cadena CNN. “En este momento, el país es terreno fértil para que regresen y echen raíces todos esos grupos y proliferen este tipo de acciones. Esa dinámica es la que desembocó en los atentados del 11 de Septiembre y ahora estamos viendo exactamente lo mismo.”

Según Thomas Ruttig, codirector de la Red de Analistas de Afganistán, aunque en Occidente no haya ganas de “intimar” con los talibanes -que entre 1996 y 2001, cuando estuvieron en el poder, impusieron una versión estricta de la sharía-, “confrontando con ellos y sermoneándolos desde un principio no ayudará a los afganos vulnerables”.

Y Alemania parece la más cercana a ese enfoque.

Su exenviado en Afganistán, Markus Potzel, ya está en conversaciones con el representante talibán en Doha para mantener en funcionamiento el aeropuerto de Kabul para las evacuaciones más allá de la fecha límite del 31 de agosto.

Por su parte, el ministro de Relaciones Exteriores alemán, Heiko Maas, realizará una gira por la región para mantener conversaciones en Tayikistán, Uzbekistán, Paquistán, Turquía y Qatar sobre “la forma de manejarse de la comunidad internacional con Afganistán a partir de ahora”, según una carta presentada por su ministerio ante el parlamento alemán.

“Es inevitable sentarse a negociar algunos acuerdos con los talibanes”, señala la carta. “No solo para facilitar una salida segura de las personas que necesitan protección, sino también para salvaguardar los logros más importantes de las últimas dos décadas.”

Traducción de Jaime Arrambide

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