Nunca olvidará lo que le hicieron a su alumno: "Cuando vi su fotografía quedé paralizada"

La Vida de Nos

Mientras monitoreaba la represión a la protesta ciudadana de San Cristóbal, en el occidente de Venezuela, este 23 de enero, la periodista y profesora Lorena Evelyn Arráiz reportó que había dos fallecidos. Atareada en la convulsión de aquel día, no se percató de inmediato que uno de ellos, Luigi Guerrero, había sido su alumno.

Luigi Guerrero -estudiante de cuarto año de Comunicación Social- fue asesinado durante las protestas del 23 de enero en San Cristobal, Venezuela
Luigi Guerrero -estudiante de cuarto año de Comunicación Social- fue asesinado durante las protestas del 23 de enero en San Cristobal, Venezuela

Texto: Lorena Evelyn Arráiz /Fotografías: Carlos Eduardo Ramírez / Álbum familiar vía La Vida de Nos

—Profe, ¿es Luigi?

Apenas informé en mi cuenta de Twitter que Luigi Ángel Guerrero Ovalles fue uno de los asesinados de ese día, comencé a recibir mensajes de mis estudiantes.

Era el 23 de enero de 2019. En Caracas, el diputado Juan Guaidó juraba como presidente encargado de la República. Y en el centro de San Cristóbal —capital del estado Táchira, al occidente de Venezuela– la multitud que manifestaba en esa ciudad en contra del gobierno de Nicolás Maduro y en respaldo a Guaidó era disuelta a tiros por civiles armados y efectivos de las Fuerzas Armadas Especiales.

Estaba monitoreando la situación desde mi casa, cuando comenzaron a llegarme los reportes: en el chat que tenemos un grupo de periodistas locales, y que usamos para confirmar hechos antes de publicarlos, los colegas escribieron que había dos muertos: Eduardo Marrero y Wilmer Zambrano, quien no portaba su cédula de identidad. Así lo informamos en nuestras redes sociales.

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Pero al cabo de unos minutos, a través de un mensaje de texto, un familiar que vio mi tuit me preguntó si conocía de primera mano aquellos nombres.

—Es que una amiga me dice que está en la morgue porque a su hijo se lo mataron, pero él no es ninguna de esas personas —me respondió.

—¿Cómo se llama el hijo de tu amiga?

—Luigi Ángel Guerrero Ovalles.

Un compañero

Le dije que iba a verificar. Consulté sobre ese tercer nombre en el chat de periodistas y de inmediato la colega Omaira Labrador aclaró que había habido una confusión, y que la segunda víctima era, en efecto, Luigi Guerrero, de 24 años de edad, y no Wilmer Zambrano.

Hicimos la aclaratoria respectiva en las redes sociales, y fue cuando comenzaron a llegarme los mensajes de mis estudiantes.

—Profe, ¿es Luigi? —me escribió el primero.

—Profe, no puede ser —me dijo otro.

El asesinato de Luigi consternó a sus compañeros de clases de la Universidad de Los Andes en el estado Táchira de Venezuela.
El asesinato de Luigi consternó a sus compañeros de clases de la Universidad de Los Andes en el estado Táchira de Venezuela.

Soy profesora de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad de Los Andes, en Táchira, desde hace más de una década. Los mensajes de mis estudiantes no paraban de llegar. Pero en medio de todo lo que ocurría —en el país, en mi estado— no los entendía.

Tengo mala memoria para recordar los nombres de todos mis alumnos. Y atareada en la convulsión de ese día, aquel nombre no me resultó familiar, así que, nerviosa, le respondí a uno de ellos:

—¿Cuál Luigi?

—Uno de nuestros compañeros.

Le pedí una fotografía y cuando me la envió, me quedé paralizada. Era el joven de cabello hirsuto color castaño y de tez blanca, tan parecido a la figura de El Principito de Saint-Exupery. El buen alumno. El “niño azul”, como lo llamaba porque me inspiraba ternura.

Impresionada, reenvié la foto a mi familiar y le pregunté que si era el hijo de su amiga. Y ella me corroboró una vez más el nombre: era Luigi.

Dos frases proféticas

Tuve a Luigi dos veces en mis aulas: cuando cursó psicología de la comunicación, y después en la asignatura de comunicación visual y fotografía. Ahora estaba en la última semana de su 4to año. Y tenía dos trabajos, que atendía por Internet. La crisis que atraviesa Venezuela lo abrumaba y quería irse a Colombia con su abuela y su mamá. Le había propuesto a Julieta, la madre, que se fueran ellas primero y que, apenas terminara los estudios, él se uniría a ellas. Pero ella se negó. Acordaron que esperarían a que él obtuviese el preciado diploma para migrar juntos.

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Aunque no solía ir a marchas, la de aquel día le entusiasmó. “Este domingo es la calma antes de la tormenta del 23”, escribió en su cuenta de Twitter el 22 de enero. Allí mismo, al amanecer del día siguiente, contó que por su zona se escuchaban fuegos artificiales y publicó: “Esta noche Venezuela no duerme”. Dos frases que resultaron proféticas.

—¿Con quién va?—le preguntó su mamá cuando le dijo que iría a la marcha.

—Solo —le respondió.

Julieta se quedó tranquila cuando su muchacho se fue porque sabía que muchos vecinos de la zona irían también. Eso sí, después de echarle la bendición, le recordó que debía tener cuidado.

Más tarde, cuando ella se enteró a través de la radio que había comenzado la efervescencia en las calles, se angustió y comenzó a pensar. “Luigi no ha vuelto a casa y los vecinos sí”. “Luigi no es callejero”. “Luigi debería haber regresado porque tiene que trabajar y él es muy responsable”.
No tenía forma de saber de él, porque no se llevó su celular. Pero entonces se le ocurrió que quizá se había ido a la casa de María Gabriela, su novia, y comenzó a llamarla. Pero no le contestaba.
Escuchó en la radio que al Hospital Central de San Cristóbal estaban llegando heridos. Y se sobresaltó.

—Vámonos para allá—le dijo a la abuela de Luigi.

Luigi era un joven muy querido por sus compañeros y amigos de la universidad. Su muerte ha dejado solo consternación para todos los que lo conocieron.
Luigi era un joven muy querido por sus compañeros y amigos de la universidad. Su muerte ha dejado solo consternación para todos los que lo conocieron.

Como el parte de una guerra

Desde el hospital, mis colegas narraban en el chat de periodistas, como si fuera el parte de una guerra, que ingresaban heridos, heridos, heridos. Tantos, que la emergencia estaba colapsada.
Julieta llegó preguntando por la lista de lesionados y allí no aparecía su hijo. Alguien dijo que en la morgue estaban los muertos de la protesta y se fue para allá. Le confirmaron que eran dos: uno de apellido Marrero y otro de apellido González. Ella, seguramente guiada por el pálpito certero que suelen tener las madres, increpó al funcionario:

—¡Seguro hay más fallecidos! ¡Quiero saber si aquí está mi hijo! ¡Tengo su cédula porque él no se la llevó a la marcha! —le dijo mientras le mostraba el documento de identidad.
Entonces el hombre comenzó a preguntar:

—¿Él tiene brackets?

—Sí.

—¿Tiene tatuajes?

—Sí, dos; en la pierna.

En ese momento iba saliendo un carro del estacionamiento de la morgue. Adentro iban unos hombres que, pensó Julieta, eran policías. El funcionario se acercó al vehículo a hablar con ellos y regresó para pedirle la cédula de su hijo. Se fue de nuevo y al cabo de un rato volvió.

—Le voy a mostrar una foto de los tatuajes.

Los vio. Le parecieron los de él. Pero aferrándose a la idea de que los muchachos a veces se hacen tatuajes parecidos, pidió que le mostraran la cara.

—¡Mamá, es Luigi! —gritó al verlo.

Tristeza en la universidad

Me desconecté de la vorágine informativa de aquel día. Solo pensaba en Luigi. Sentí pena por no haber asociado su nombre de inmediato. Llena de una profunda tristeza, releí la última conversación que tuvimos.

Desde Caracas, Lisseth Rivero, otra de mis estudiantes, me contactó. Era su mejor amiga. Lidiando con el dolor, se dedicó a juntar dinero entre sus compañeros para ayudar con los gastos del funeral.

Al funeral de Luigi asistieron muchísimos habitantes de San Cristobal, que no terminan de entender cómo es posible que la vida de un joven acabara de esa manera, solo por ir a protestar
Al funeral de Luigi asistieron muchísimos habitantes de San Cristobal, que no terminan de entender cómo es posible que la vida de un joven acabara de esa manera, solo por ir a protestar

Le hicieron un velatorio bajo los preceptos cristianos evangélicos y, antes del sepelio, llevaron su cuerpo a la universidad, donde le rindieron un homenaje. A los días, se celebró allí una misa en su memoria. Imploré que un acto como ese no se repitiera: pedí que ese siempre fuera el lugar de la risa, de la reunión, de la espera, de la bulla que veces aturde.

He visto las caras largas de mis estudiantes, que es la misma de mis compañeros profesores. Y la misma que tengo yo. Una tristeza se ha instalado en ese recinto, está ahí, no se va. Volví a la universidad a dar clases y es como si un duro golpe nos mantuviera aletargados a todos. Estamos finalizando el año académico y los alumnos ni siquiera tienen la preocupación típica por los exámenes finales.

Un espacio que duele

Ellos dicen muchas cosas sobre Luigi. Los he escuchado con atención. Es un coro de voces que van describiendo a un ser excepcional.

La madre y el mejor amigo de Luigi coversan durante un homenaje al joven fallecido el 23 de enero
La madre y el mejor amigo de Luigi coversan durante un homenaje al joven fallecido el 23 de enero

Omar, quien le hizo los tatuajes, me comentó que querían lanzarse en paracaídas alguna vez, que hablaban de religión. Ronaldo me dijo que sus conversaciones versaban sobre libros, sobre el amor; que era uno de esos seres en peligro de extinción. Lisseth, su mejor amiga, dijo que él le dejaba un agujero negro en el pecho.

Y yo he llorado en medio de esta historia.

Pienso en Julieta, quien todavía no encuentra las respuestas a la pregunta de cómo asesinaron a su único hijo. Ella está por irse a Colombia. No quiere estar más en San Cristóbal. Por eso no ha vuelto a su casa desde que ocurrió esta tragedia. Cada espacio está lleno de su niño, y duele. Y pienso: esos chamos son nuestra familia también. Y no pueden seguir matándolos. Ya no más.

Esta historia fue cedida por el portal venezolano La vida de nos