Nuestras ciudades no están preparadas para el cambio climático

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Inundación en el Bronx producida por el huracán Ida. (Imagen Creative Commons vista en Flickr Major Deegan).
Inundación en el Bronx producida por el huracán Ida. (Imagen Creative Commons vista en Flickr Major Deegan).

La semana pasada, en concreto durante la noche del jueves 2 de septiembre, cayó sobre Nueva York más agua que toda la recibida en una ciudad de la costa oeste, como San José (California) en todo 2020. La cola del huracán Ida fue la responsable del destrozo, e incluso en una nación rica como los Estados Unidos, el resultado fueron 40 muertos.

Las imágenes de las estaciones de metro neoyorquinas, inundándose a medida que cataratas de agua caídas desde el cielo se abrían paso, sobrecogieron a todos. ¿Cómo es posible que una ciudad del noroeste de los Estados Unidos, situada en la rivera del Atlántico, junto al río Hudson y con una intrincada red de desagües y alcantarillas, no pudiera desalojar con seguridad el enorme volumen de agua precipitada?

La respuesta tiene dos vertientes, la primera es que la tormenta no fue normal, probablemente nos encontremos ante las precipitaciones más copiosas del último siglo en la gran manzana aunque la realidad se empeña a que los récords se superen con cada vez mayor frecuencia. La otra vertiente tiene que ver con la propia ciudad, cuyas infraestructuras se construyeron hace más de 100 años para que pudieran hacer frente a tormentas mucho menores, que deberían darse como mucho cada 10 o 20 años. Por aquel entonces nadie tenía ni idea de lo que supondría el cambio climático para nosotros, y para las urbes que habíamos diseñado, que ahora deben vérselas con tormentas extremas, no cada dos décadas sino prácticamente cada año.

Los científicos llevan mucho tiempo alertando de lo que pasaría si no deteníamos las emisiones de gases invernadero y la temperatura del planeta seguía calentándose. Hace 20 años por ejemplo, en Estados Unidos se predecían grandes incendios forestales en el oeste, apagones en Texas, huracanes en el sur, y aguaceros torrenciales en el este. Este año, por primera vez, todas esas predicciones se han cumplido a la vez.

Pero volvamos a Nueva York y a lo sucedido con Ida. Para muchos estadounidenses, las imágenes de cataratas de agua inundando el metro supusieron la constatación de que sus ciudades no estaban preparadas para lo que les va a venir encima, y que las infraestructuras necesitarán reforzarse de cara al futuro si quieren que la normalidad (al menos en cuanto a desplazamientos) sea la regla y no la excepción. En palabras del un antiguo presidente de la Autoridad Metropolitana de Transporte de la ciudad de Nueva York, el señor Michael Horodnuceanu: “estamos empezando a ver los resultados de lo que, según mi punto de vista, ha sido una cierta falta de atención y laxitud en cuanto al mantenimiento de nuestras infraestructuras”.

Ciertamente el problema es global. En Madrid, donde hace unos días las últimas lluvias torrenciales también provocaron problemas en el metro, hace años que llevan preparándose para que el alcantarillado pueda hacer frente a grandes volúmenes súbitos de agua, para lo cual - entre otras estructuras - han construido el mayor tanque de tormentas del mundo.

En el caso de Nueva York, desde que hace 9 años el huracán Sandy hiciera de las suyas provocando inundaciones, se han gastado 20 millones de dólares en preparar a la ciudad contra lo que ha de venir. Algunas bocas de metro, por ejemplo, cuentan con puertas estancas que pueden cerradas si se da la necesidad. Sin embargo, buena parte de esos fondos han ido a parar al frenado y desvío de agua procedente de los ríos, que tradicionalmente ha afectado a las zonas bajas de la ciudad. El huracán Ida, que anegó a la ciudad con agua procedente directamente desde el cielo, ha llegado a amenazar incluso a áreas que se encuentran por encima del nivel del mar.

Imagen del tanque de tormenta del Canal de Isabel II en Madrid - imagen CC vista en iagua.es
Imagen del tanque de tormenta del Canal de Isabel II en Madrid - imagen CC vista en iagua.es

Y es que habrá quien pueda pensar que el calentamiento global debería traer menos lluvias, pero un dato escalofriante dice todo lo contrario: por cada grado de temperatura que se calienta la atmósfera, el aire gana un 7% de humedad. En efecto, las temperaturas afectan directamente al nivel de agua que el aire puede atrapar. Y claro, toda esa humedad en suspensión acaba por caer a Tierra en forma de lluvia, a menudo muy rápido y concentrado en un área muy pequeña. Esto último lo saben muy bien los habitantes de oeste de Alemania, que lo han vivido en primera persona el pasado mes de julio con un resultado fatal: 163 muertos. O si preferís un ejemplo que nos toque más de cerca, en octubre de 2018 cayeron en el interior de Mallorca más de 200 litros por metro cuadrado en muy poco tiempo, matando a 13 personas.

Volviendo sobre ciudades como Nueva York, para evitar imágenes como las vistas tras el paso de Ida, la solución debería venir de los ingenieros (convendría dejar de “parchear” la red de canalización y lanzarse a una reforma integral que pueda hacer frente a las aguas, procedan de donde procedan, y las separe de forma correcta) pero también de cierta características común a muchas ciudades construidas a finales del S. XIX y principios del XX. Y es que muchas urbes parecen haberse diseñado pensando en el coche, con áreas enormes de superficie cubiertas de hormigón, asfalto y otras superficies impermeables. Si existieran más zonas “verdes”, estas podrían absorber buena parte del agua, que además de este modo se filtraría antes de llegar a los desagües, lo cual de paso eliminaría la contaminación.

¿Enormes obras de ingeniería para que el agua de las alcantarillas, la destinada al consumo humano y la que recoge el exceso de precipitaciones no se junten? Si, por supuesto, pero también deberíamos aprender a simplificar nuestras urbes, devolviéndoles un aspecto más natural. Resumiendo: menos pavimento y más tierra.

Me enteré leyendo Ars Technica

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