La última discusión entre Djokovic y Nadal esconde dos maneras de entender el tenis

Guillermo Ortiz
·6  min de lectura
PARIS, FRANCE October 11. Novak Djokovic of Serbia reflects on his loss against Rafael Nadal of Spain who heads back to his seat after an on court interview after the Men's Singles Final on Court Philippe-Chatrier during the French Open Tennis Tournament at Roland Garros on October 11th 2020 in Paris, France. (Photo by Tim Clayton/Corbis via Getty Images)
Photo by Tim Clayton/Corbis via Getty Images

No es la primera vez que se debate si los partidos del Grand Slam deben ser a tres o a cinco sets pero sí es la primera vez que son los propios profesionales -y no dos cualesquiera- los que toman partido públicamente por una de las dos opciones. Hasta ahora, sinceramente, la opción de jugar al mejor de tres sets, como en el resto de torneos y como en el circuito femenino, había sido una exigencia televisiva. No es fácil vender los derechos a una televisión si luego esa televisión no consigue ajustar el producto en su parrilla. ¿Cómo puedes saber si un partido que empieza a las seis va a acabar a las ocho, las nueve o las once? ¿Qué haces con el resto de la programación? Por supuesto, un encuentro al mejor de tres sets también puede complicarse, pero dentro de unos márgenes que las cadenas, sobre todo estadounidenses, pueden manejar mucho mejor.

Así pues, la idea de reducir la duración de los partidos no es nueva y los intereses son puramente económicos, no nos engañemos. Cuando Novak Djokovic, número uno del mundo, lanza este debate a la arena pública, no lo hace porque a él le beneficie deportivamente. Hablamos de uno de los jugadores más resistentes del circuito y que ya ha ganado 17 torneos con este formato. Lo hace porque quiere caer bien a las televisiones y a los organizadores de los torneos, que también tienen a menudo problemas para programar sesiones de duración razonable. ¿Caer bien él como jugador? Bueno, más bien, que caiga en gracia su nueva asociación, la PTPA (Asociación de Jugadores Profesionales de Tenis), en plena guerra con la ATP y su consejo de jugadores y lista para empezar una revolución.

No es raro que el primero que haya salido a defender la tradición de los cinco sets sea Rafa Nadal y, de nuevo, no es un interés propio. Sí, Nadal es un atleta formidable pero es un atleta formidable de 34 años con un recorrido breve por delante. Nadal entiende el tenis no como un producto sino como una pasión y no quiere ver cómo lo reducen por intereses mercantiles. También es verdad que Nadal -como Djokovic, ojo- ha ganado tanto dinero ya en su carrera que es normal que estas cuestiones le interesen lo justo. Lo que esconde esta enésima confrontación entre español y serbio son, pues, dos maneras de ver su propio deporte. Una más progresista y otra más conservadora. Ahora bien, poco se habla de las consecuencias de estos posibles cambios, que son bastantes.

En efecto, si los torneos de Grand Slam reducen sus partidos a tres sets, es posible que las televisiones -y la prensa en general, lo que a su vez implica al aficionado que quiere enterarse del resultado y lo mismo tiene otras cosas que hacer durante cuatro horas de partido de segunda ronda de Roland Garros- lo tengan más fácil a la hora de cuadrar horarios y vender a su vez esos horarios como apetecibles para su audiencia. Lo que quizá se olvida de esta ecuación es qué estás vendiendo. Si tú compras un torneo del Grand Slam es porque estás comprando algo distinto. Roland Garros no es Montecarlo. Wimbledon no es Halle. El US Open no es Cincinnati. El Australian Open no es el Abierto de Sydney. Eso lo sabemos por la duración, el número de jugadores... y la intensidad de sus partidos. El ganador de un torneo del Grand Slam es un hombre que ha ganado 21 sets en dos semanas a los mejores jugadores del mundo. Eso es lo que le convierte en un superhéroe y eso es lo que hace que las televisiones paguen el doble o el triple por esos torneos especiales.

Devaluar el producto no beneficia a nadie. En el caso de Nadal, insisto, creo que hay un punto de tradicionalismo, de “no manchéis mi deporte”, pero es que, además, dudo de la viabilidad económica a corto plazo. Se modificó la Copa Davis para hacerla más atractiva a las televisiones y la segunda edición ya se ha cancelado porque no era viable sin público. Pensar que las televisiones saben más de lo tuyo que tú mismo puede ser un error enorme. Las televisiones son erráticas. En España, en Estados Unidos y en todo el mundo. Viven en una espiral de cortoplacismo que hace que cualquier solución que suene medio bien les parezca atractiva. Ahora bien, su poder es inmenso y por eso no es descartable encontrar una solución intermedia. Una solución que también lleva años discutiéndose, al menos entre la prensa estadounidense.

Dicha solución consistiría en jugar a tres sets hasta cuartos de final y a partir de ahí volver a la épica de los cinco. En términos de tradición, encaja. Al fin y al cabo, seguiríamos teniendo partidos monumentales en las rondas que deciden títulos y los podríamos recordar durante décadas como recordamos ahora los de todos estos años anteriores. Ahora bien, ahí se cruza otro problema: si los Grand Slam se juegan a cinco sets es para dar ventaja a los mejores. Es muy complicado que un jugador de nivel inferior llegue lejos en un grande porque tiene que ganar tres sets cada día. No le vale con dos tie-breaks medio afortunados. No, tienen que ser tres. Eso reduce mucho la posibilidad de sorpresas. Si nos vamos a los partidos a tres sets, ya no es tan descartable que los mejores jugadores -aquellos por los que pagan las televisiones y los aficionados, los que hacen suspirar de alivio a los organizadores con sus victorias- caigan a las primeras de cambio y nos encontremos con otro tipo de campeones.

¿Quiere eso la “industria” del tenis? Yo lo dudo. Yo, como aficionado, desde luego, estoy del lado de Nadal y Zverev -por una vez en mi vida en el caso del alemán- y en contra de Djokovic y Medvedev. Los cuatro torneos del Grand Slam destacan en el circuito porque son distintos, porque no son dos semanas más. Insistir en la diferencia es lo que hace el producto atractivo. Convertirlos en una especie de Miami o Indian Wells, con sus dos semanas y el mismo formato, es degradarlos. Las revoluciones hay que hacerlas de manera que el mundo salga mejor después de acabarlas. Si va a ser un mundo más mediocre, más vulgar, con menos épica, mejor que se quede todo como está.

Otras historias que te pueden interesar: