En Noruega, los usuarios de gimnasios evitan los contagios a medida que el virus retrocede

Gina Kolata
Goril Bjerkan en un gimnasio en Baerum, Noruega, el 25 de junio de 2020. (Kyrre Lien / The New York Times)

Al igual que muchos otros países, Noruega ordenó el cierre de todos los gimnasios en marzo para evitar la propagación del coronavirus. Pero a diferencia de cualquier otra nación, Noruega también financió un estudio riguroso para determinar si la clausura de esos locales era realmente necesaria.

Aparentemente, es la primera y única investigación aleatoria que evalúa si las personas que se entrenan en gimnasios con restricciones modestas tienen un mayor riesgo de infección por el coronavirus que aquellas que no lo hacen. Después de dos semanas, la respuesta tentativa es que no.

Es por eso que esta semana, luego de considerar las conclusiones del estudio financiado por el gobierno, Noruega reabrió todos sus gimnasios, con las mismas medidas de protección que se usaron en la investigación.

¿Eso significa que hay esperanza para los usuarios de gimnasios en otras partes del mundo?

“Personalmente creo que esto puede generalizarse, pero con una advertencia”, dijo Michael Bretthauer, un experto en detección de cáncer en la Universidad de Oslo que dirigió el estudio junto a Mette Kalager. “Pueden existir lugares donde hay muchos contagios de COVID-19 o donde las personas están menos inclinadas a seguir las restricciones”.

Noruega está controlando la epidemia y el número de nuevas infecciones ha disminuido. Sin embargo, la incidencia de contagios en Oslo, donde se realizó el estudio, se parece a la de ciudades estadounidenses como Boston, Oklahoma City y Trenton, Nueva Jersey.

El estudio, que comenzó el 22 de mayo, incluyó cinco gimnasios en Oslo con 3764 miembros, de entre 18 y 64 años, que no tenían afecciones médicas subyacentes. La mitad de los miembros, 1896 personas, pudieron volver a sus gimnasios y hacer ejercicio.

Se les pidió que se lavaran las manos y que mantuvieran el distanciamiento social: a 90 centímetros para realizar ejercicios en el piso y a 1,80 metros de distancia en las clases de alta intensidad. Las personas podían usar los casilleros, pero no los saunas ni las duchas. No se les pidió que usaran mascarillas.

Otras 1868 personas sirvieron como grupo de comparación y no se les permitió regresar a sus gimnasios.

Durante las dos semanas del estudio, el 79,5 por ciento de quienes podían visitar los gimnasios acudieron al menos una vez, mientras que el 38,4 por ciento acudió más de seis veces. Algunos se alegraron mucho al reiniciar sus rutinas.

Goril Bjerkan, una economista de 53 años que vive en Baerum, a las afueras de Oslo, fue al gimnasio tres o cuatro veces por semana durante el estudio: usó la cinta de correr, tomó clases y volvió a realizar su entrenamiento de fuerza.

“Fue fantástico volver al gimnasio después de casi 11 semanas de cierre”, dijo. “Sospecho que era más arriesgado visitar el centro comercial que ir al gimnasio”.

Heide Tjom, una arquitecta de 57 años que anda en bicicleta por Oslo, aprovechó la oportunidad para regresar al gimnasio cuatro veces por semana, donde trabaja con un entrenador personal y toma clases grupales de cardio.

“Mantenerme en forma es muy importante para mí”, dijo Tjom. “Siento que es importante para mi vida”.

Durante el periodo de la investigación, hubo 207 nuevos casos de coronavirus en Oslo. El 8 de junio, los participantes del estudio y el personal del gimnasio fueron sometidos a exámenes para detectar si estaban infectados (ahora les están realizando pruebas de anticuerpos a los participantes).

Bretthauer y Kalager también analizaron la extensa base de datos electrónica de registros sanitarios de Noruega para detectar si alguno de los participantes había consultado a un especialista de manera ambulatoria o si había sido hospitalizado en un centro de salud.

¿Los resultados? Los investigadores solo encontraron un caso de coronavirus en una persona que no había usado el gimnasio antes de la prueba, su contagio sucedió en su lugar de trabajo. Algunos participantes visitaron hospitales, pero por otras enfermedades distintas a COVID-19, la enfermedad causada por el coronavirus.

No hubo diferencias en las visitas hospitalarias entre los grupos, y no hubo consultas ambulatorias u hospitalizaciones debido al coronavirus. Los resultados se pusieron en línea el jueves, pero aún no habían sido arbitrados ni publicados.

Algunos expertos consideraron que los resultados demostraron que regresar al gimnasio era relativamente seguro, pero solo en lugares donde había pocas infecciones.

“Esto nos muestra que los entornos de baja prevalencia son seguros para los gimnasios y probablemente para casi todo lo demás”, dijo Gordon Guyatt, profesor de Medicina en la Universidad McMaster en Canadá. “Es muy poco probable que sucedan infecciones”.

“Si estuvieras en un entorno diferente donde hay una prevalencia sustancialmente mayor, no sabemos qué sucederá”, agregó.

Pero Jon Zelner, epidemiólogo de la Universidad de Míchigan, no cree que el estudio sea completamente convincente. “Estos resultados no demuestran que ir al gimnasio no es más riesgoso que no hacerlo, incluso en Oslo”, dijo.

Se necesita un estudio más amplio en lugares con una prevalencia relativamente baja para determinar si el virus se transmite más fácilmente en los gimnasios, agregó Zelner. Un estudio con menos personas, pero en una comunidad con una alta prevalencia de infección, podría responder a esa pregunta.

Esa investigación puede generar inquietudes éticas, ya que es posible que no sea seguro que las personas visiten gimnasios en las comunidades de alta prevalencia, “es una especie de círculo vicioso”, dijo Zelner.

Entonces, ¿cuán bajo debe ser el riesgo antes de que sea aceptable reabrir los gimnasios y centros deportivos?

Guyatt dijo que las ventajas para la sociedad de la reapertura superan el riesgo de infección en una comunidad donde la prevalencia es baja.

“No puedes quedarte encerrado para siempre”, dijo. “Nunca estaremos completamente libres de esto. Y en un entorno de baja prevalencia, el riesgo es bajo dondequiera que vayas: gimnasios, supermercados o incluso restaurantes”.

Ahora, Bretthauer y Kalager quieren ver si las medidas de distanciamiento social que usaron en el estudio son necesarias. Esperan asignar aleatoriamente 150 gimnasios para operar sin restricciones, y luego comparar las tasas de infección entre los asistentes. Ese estudio aún se encuentra en la etapa de planificación.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company