Al norte de Kiev, los rusos emprendieron la retirada, pero la guerra nunca se fue

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Ivan Bondarenko, de 11 años, practica kickboxing en el patio de su casa destruida donde vivía con su abuela, Olga Navozenko, a la izquierda, en el pueblo de Novoselivka, Ucrania, el 10 de junio de 2022. (Nicole Tung/The New York Times)
Ivan Bondarenko, de 11 años, practica kickboxing en el patio de su casa destruida donde vivía con su abuela, Olga Navozenko, a la izquierda, en el pueblo de Novoselivka, Ucrania, el 10 de junio de 2022. (Nicole Tung/The New York Times)

MOSHCHENKA, Ucrania — Ya se fueron los tanques y los miles de soldados rusos que llegaron a raudales al norte de Ucrania en febrero se han retirado al otro lado de la frontera.

Sin embargo, prevalece el miedo en este tranquilo pueblo ubicado a 9 kilómetros de la frontera de Ucrania con Rusia y Bielorrusia.

A la distancia, los proyectiles de la artillería rusa sacuden los pueblos vecinos todos los días. Sus explosiones generan un escalofrío que atraviesa a los habitantes que soportaron semanas de ocupación rusa y no han olvidado la presencia intimidante del Ejército de Moscú mientras marchaba de camino a la capital, Kiev.

“Todos los sonidos nos dan miedo”, comentó Kateryna Krasnomirova, quien está viviendo en alojamientos temporales en Moshchenka porque su hogar en Senkivka, un pueblo todavía más cercano a la frontera, es bombardeado a diario.

“Vivimos aterrorizados”.

Para inicios de abril, Ucrania había alejado a las fuerzas invasoras de Kiev y las había enviado de vuelta al otro lado de la frontera rusa, su éxito más grande de la guerra y un símbolo de la determinación del país. Sin embargo, a los pobladores de la región la retirada no les produjo una sensación de seguridad… ni siquiera el regreso a una vida normal.

A excepción de la ausencia de las tropas rusas, hay pocos recordatorios que indiquen que esta no es una zona de guerra. Los guardias y soldados ucranianos patrullan la frontera con regularidad. Hay puestos de control cada cierto número de kilómetros a lo largo de todos los caminos que van de norte a sur. Las tierras de cultivo están marcadas como campos minados y unos laberintos de trincheras se dispersan en varias direcciones desde cada uno de los puestos de control. En la entrada de Moshchenka, hay obstáculos antitanques hechos a partir de abedules y alambre de púas que protegen el puesto de control.

Niños visitan un estanque en Moshchenka, Ucrania, el 10 de junio de 2022. (Nicole Tung/The New York Times)
Niños visitan un estanque en Moshchenka, Ucrania, el 10 de junio de 2022. (Nicole Tung/The New York Times)

Olena y Mykola Kalivoshko, unos jubilados de Senkivka, también se han mudado a Moshchenka para escapar de los bombardeos. Están viviendo en la casa de un residente que acaba de morir.

“Ayer contamos catorce explosiones”, comentó Olena Kalivoshko, de 65 años. “Queremos irnos a casa, pero no sabemos si vamos a poder, así que ya empezamos a preparar la madera para el invierno”.

La pareja perfectamente podría necesitar esa madera.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, “no ha renunciado a un plan de destruir Ucrania y para esto necesita capturar Kiev”, mencionó Oleksandr Turchynov, quien fue presidente interino de Ucrania durante varios meses de 2014, cuando Rusia anexó Crimea y los separatistas con respaldo ruso tomaron el control de la mayor parte de la región del Donbás. “Así que, siempre que continue la guerra, existirá el peligro de otra invasión del norte para irrumpir en la capital”.

El intento por capturar Kiev con un ataque inmediato desde el norte resultó ser un objetivo equivocado para Rusia que terminó en fracaso. No obstante, muchos analistas creen que tomar la capital y derrocar al gobierno ucraniano sigue siendo el objetivo final de Putin, aunque por ahora ha limitado el rango de las ambiciones militares rusas a la región del este del Donbás.

Según las autoridades locales, no quieren repetir lo ocurrido en febrero, cuando la invasión tomó desprevenidos a los civiles y sus vidas dieron un vuelco repentino, a pesar de que el Kremlin había dado señales de sus intenciones durante meses.

“Nos aseguramos de que un doctor haga las rondas en todos los pueblos cada cierto número de semanas, porque la gente local teme que en cualquier momento su territorio pueda quedar desconectado”, comentó Volodymyr Pinchuk, vicealcalde de Gorodniá, la ciudad más grande de la región. Pinchuk mencionó que los habitantes no olvidarán pronto el recuerdo de cuando varios miles de tanques rusos retumbaron durante 48 horas seguidas a través de la ciudad en febrero.

Hay más que solo factores psicológicos en juego. En esta guerra de desgaste, la estrategia de Moscú es forzar a los ucranianos a defender lo más posible de sus fronteras expuestas, aunque no haya combate.

Ucrania necesita defender sus fronteras con Rusia en las provincias de Chernígov y Sumy al norte. En el suroeste, Ucrania debe defender su frontera con Transnistria, una provincia separatista pro-Moscú dentro de Moldavia. Y luego está la vanguardia activa al este, desde la provincia sureña de Jersón hasta la región noreste de Sumy, la cual mide más de 1200 kilómetros.

Rusia está intentando mantener a los ucranianos vigilantes en todas esas regiones. Los guardias fronterizos han detectado grupos rusos de distracción que intentan entrar en su territorio de noche, comentó un jefe de los guardias locales, Serhiy Homenko.

Antes de los ejercicios militares bielorrusos, las fuerzas armadas de Ucrania en la región se ponen en alerta máxima.

“Las unidades son puestas en niveles más altos de disposición combativa, se toman medidas prácticas para aceptar conscriptos, se sacan armas y equipo militar de su almacenamiento”, escribió el domingo en Facebook un vocero del comando operativo del ejército.

El acceso a la zona es muy restringido, incluso para los voluntarios ubicuos en otras partes de Ucrania. El servicio fronterizo y el Ejército les han prohibido estrictamente a los periodistas y civiles acercarse a la frontera.

Pinchuk, el vicealcalde de Gorodniá, comentó que el miedo entre los civiles venía acompañado de una tristeza específica de esta región del norte.

En esta triple frontera se encuentra un monumento construido en 1975 en el lugar donde convergen las tres naciones. Conocido como las “Tres Hermanas”, celebraba la unidad de la que, en la era soviética, se consideraba la unión de tres pueblos eslavos.

Muchas personas en la zona hablan “súrzhyk”, una combinación local de ucraniano, ruso y bielorruso. Había un museo de la amistad nacional y un festival anual de música en el sitio.

“Venían miles de personas todos los años y dormían en tiendas de campaña, practicaban deportes, se conocían entre sí y veían las actuaciones”, comentó Nataliya, quien trabajó en el museo de las Tres Hermanas en Senkivka durante 26 años y se rehusó a dar su apellido por razones de seguridad.

El festival terminó en 2014, cuando Rusia anexó a Crimea y respaldó a los separatistas en la región del Donbás en Ucrania. Sin embargo, muchos residentes locales tienen vínculos familiares del otro lado de las fronteras. La desintegración de un sentido de camaradería compartida ha dejado un velo de melancolía sobre la región.

“No podíamos creer que estas naciones amigas, nuestras hermanas, pudieran atacarnos”, dijo Nataliya, entre sollozos. “¿Qué es esta guerra?”.

Los Kalivoshko, los jubilados de Senkivka, mencionaron que tenían un hijo en Bielorrusia y uno en Kiev. Mykola Kalivoshko rompió en llanto cuando empezó a hablar sobre su hijo menor en Bielorrusia.

“Le rezamos a Dios todos los días”, dijo.

“No tiene información sobre la guerra”, comentó con tristeza Olena Kalivoshko.

A mediados de mayo, las autoridades locales de Ucrania decretaron que el monumento de las Tres Hermanas debía ser destruido. Están reflexionando si mejor deben levantar otra cosa.

“Con vecinos como estos, necesitamos un muro”, opinó Homenko, el comandante de los guardias fronterizos. “O al menos muchas minas”.

© 2022 The New York Times Company

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