A los niños ucranianos se les separa de sus cuidadores en la frontera estadounidense

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Iryna Merezhko y su marido, Vadym Merezhko, preparan un paquete de documentos para enviarlo a un gestor de casos a fin de que su sobrino sea liberado por las autoridades estadounidenses tras cruzar la frontera. (Mark Abramson/The New York Times)
Iryna Merezhko y su marido, Vadym Merezhko, preparan un paquete de documentos para enviarlo a un gestor de casos a fin de que su sobrino sea liberado por las autoridades estadounidenses tras cruzar la frontera. (Mark Abramson/The New York Times)

LOS ÁNGELES — Después de que Iryna Merezhko convenció a su hermana en Ucrania de que su pequeño sobrino debía irse con ella a Los Ángeles hasta que la guerra terminara, ella recorrió medio planeta para ir por él.

“Le dije que iría de vacaciones a California”, recordó. “Íbamos a ir Disneylandia, los Estudios Universal y la playa”.

El niño, Ivan Yereshov, de 14 años, logró llegar con ella a Tijuana, México, a principios de mes, para unirse a los miles de ucranianos que esperan en la frontera que se les otorgue un permiso y poder entrar a Estados Unidos.

Para ir a la segura, Merezhko llevaba un poder notarial que atestiguaba que la custodia de Ivan había sido entregada a su tía. Pero un agente migratorio le informó que Ivan no podía entrar con su tía, porque no era su madre.

“Nos dijeron que nos separaríamos por uno o dos días”, recordó Merezhko, quien recordó que abrazó a Ivan cuando su entusiasmo inicial se convirtió en consternación.

Pasaron diez días antes de que ella supiera su paradero.

Decenas de niños ucranianos han sido separados de los familiares, los amigos o los hermanos mayores con los que viajaron a la frontera sur conforme a una ley concebida para evitar el tráfico de niños migrantes. La ley, en vigor desde 2008, exige a las autoridades fronterizas estadounidenses que coloquen a los “menores no acompañados” en refugios del gobierno, donde deben permanecer hasta que sus tutores hayan sido investigados y aprobados.

Iryna Merezhko muestra una foto de su sobrino, Ivan Yereshov, de 14 años, que tomó durante su estancia en el campo de refugiados para ucranianos en Tijuana, México. (Mark Abramson/The New York Times)
Iryna Merezhko muestra una foto de su sobrino, Ivan Yereshov, de 14 años, que tomó durante su estancia en el campo de refugiados para ucranianos en Tijuana, México. (Mark Abramson/The New York Times)

Los más afectados por la ley han sido los niños centroamericanos, el mayor grupo de menores que ha llegado a la frontera en los últimos años y que a menudo huyen de la violencia de las pandillas. Pero esos niños suelen conocer la política desde antes y saben que serán puestos bajo custodia temporal. En el caso de los niños ucranianos, la separación de sus cuidadores ha sido un giro inesperado e impactante en su huida de una zona de guerra.

Estas separaciones son diferentes a las de 2018, año en el cual el gobierno de Trump separó a los niños de sus padres con la intención de desalentar los cruces fronterizos; esa medida punitiva también dio lugar a que los niños fueran enviados a refugios del gobierno.

“Imagínense: los padres de algunos de estos niños murieron o están en combate; están traumatizados por la guerra y el viaje”, explicó Erika Pinheiro, abogada de Al Otro Lado, un grupo de apoyo a migrantes que trabaja con solicitantes de asilo en Tijuana, una ciudad fronteriza que se encuentra frente a San Diego. “Luego los separan de la familia, no entienden por qué, y los envían a un refugio donde el personal no habla su idioma”.

Pinheiro reconoció que es fundamental proteger a los niños de posibles traficantes, pero consideró que un control más cuidadoso en la frontera podría evitar la necesidad de separaciones traumáticas.

“Hay quienes no tienen en cuenta el interés superior de los niños”, dijo. “También hay muchos familiares que deberían ser procesados con toda legitimidad”.

Las autoridades estadounidenses no han dado a conocer cifras sobre cuántos niños ucranianos han sido separados de sus cuidadores, pero los voluntarios que trabajan con los refugiados dijeron haber contado al menos 50. En fechas recientes, hasta 20 niños llegan todos los días a Tijuana con alguien que no es su progenitor, dijeron. A menudo estos niños tienen un padre que no pudo salir del país, porque los hombres deben apoyar el esfuerzo de guerra, y una madre que no pudo viajar. Sus padres confían en otra persona para que los traslade a Estados Unidos.

El Departamento de Seguridad Nacional informó en un comunicado que la ley contra el tráfico de personas define a cualquier niño que no esté con un padre o tutor legal como “menor no acompañado” y exige que sea trasladado a un refugio del gobierno para su cuidado y custodia y que sea evaluado para detectar signos de tráfico de personas.

“La ley exige que se investigue a cualquier posible tutor antes de reunirlo con el menor para protegerlo contra la trata y la explotación de niños vulnerables”.

Los defensores de los migrantes admiten que existe el riesgo de que los niños sean vulnerables a la trata y la explotación en medio del caos de la guerra, pero afirman que las autoridades estadounidenses aplican la ley de forma aleatoria, lo que genera confusión y angustia. En ocasiones, se ha trasladado a un refugio a un niño que viaja con un hermano adulto, pero no siempre. Muchos niños han sido separados de sus tíos, abuelos o amigos; otros han sido liberados para que sigan con ellos.

El mes pasado, Molly Surazhsky, hija de inmigrantes ucranianos, acompañó a Liza Krasulia, de 17 años, cuya madre es una amiga íntima de la familia, desde donde había escapado de la guerra en Polonia hasta la frontera sur de Estados Unidos.

Surazhsky, de Brooklyn, dijo que había consultado a un abogado de inmigración en Nueva York que le dijo que no contemplaba ningún problema. Llevaban una carta notariada del padre que autorizaba a Surazhsky a cuidar de Liza.

Pero el 30 de marzo, en la frontera, los funcionarios dijeron que tendrían que retener a la niña hasta dos días.

“Dijeron: ‘La tratarán mejor que a nosotros’“, recuerda Surazhksy.

Liza se sorprendió y comenzó a sollozar.

“Le dije: ‘No te preocupes. No me voy a ninguna parte sin ti’“.

Tras registrarse en un hotel de San Diego, Surazhksy recibió una llamada de Liza, que para entonces estaba aún más angustiada. Los agentes habían confiscado el teléfono de la menor, equipaje, un libro y las agujetas de los zapatos. La niña compartía una celda en la frontera con 25 mujeres y niños de Ucrania, Rusia y otros países, que intentaban dormir en el suelo con solo unas delgadas mantas de papel de aluminio para cubrirse.

Pasaron unos días hasta que Surazhsky se enteró de que Liza había sido trasladada a un refugio para niños migrantes en el Bronx.

Surazhsky presentó 40 páginas de documentación y huellas dactilares y esperó la aprobación para acogerla de manera oficial.

El lunes le informaron que Liza saldría del albergue al día siguiente, tres semanas después de haber cruzado la frontera.

“Aunque comprendo la necesidad de investigar a los cuidadores, el gobierno debe buscar una mejor manera de hacerlo sin infligir más traumas a los niños”, dijo Surazhsky, artista textil. “Están haciendo que los niños se sientan como prisioneros”.

Casey Revkin, cofundadora de la organización sin fines de lucro Each Step Home, que ayuda a las familias migrantes a navegar por el proceso de reunificación, comentó que durante años se ha separado en la frontera a los niños centroamericanos de sus abuelos, padres adoptivos y hermanos sin que fuera necesario hacerlo.

“El gobierno podría enviar trabajadores sociales a la frontera para verificar la relación familiar y evitar el trauma de separar de sus cuidadores a estos niños, que han pasado por tanto”, afirmó Revkin.

Pinheiro señaló que, durante la evacuación afgana, el gobierno estadounidense emitió una directriz que ordenaba a las autoridades permitir que los niños permanecieran con los “cuidadores que no fueran sus padres”, con los que habían entrado en el país, en lugar de ser trasladados a refugios.

© 2022 The New York Times Company

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