Aquí no hay niños, solo muchas muñecas de tamaño natural

Motoko Rich
Un grupo de mujeres pasean por la escuela que fue clausurada después de que crecieron los últimos dos alumnos, representados como muñecos, en Nagoro, el 4 de octubre de 2019. En una aldea en las montañas de una isla japonesa, dos docenas de adultos suplen la ausencia de niños en compañía de cientos de muñecas gigantes hechas a mano. (Nadia Shira Cohen/The New York Times)

NAGORO, Japón — Hace 18 años nacieron los últimos niños en Nagoro, una remota aldea en las montañas.

Ahora, un poco más de dos docenas de adultos viven en este reducto al otro lado del río en la isla japonesa de Shikoku. La escuela primaria cerró sus puertas en 2012, poco tiempo después de que los últimos dos alumnos terminaran el sexto grado.

Sin embargo, en fechas recientes, durante un soleado domingo de otoño, Tsukimi Ayano volvió a darle vida a la escuela.

Resulta que lo hizo con muñecas y no con personas.

Ayano, de 70 años, había agrupado más de 40 muñecas hechas a mano en un escenario realista en el terreno de la escuela clausurada. Al recrear un día de competencias deportivas en la institución conocido como “undokai”, un evento esencial en el calendario japonés, había colocado muñecas de tamaño natural en una pista de carreras, sobre un columpio y lanzando pelotas.

“Aquí ya nunca se ven niños”, comentó Ayano, quien nació en Nagoro y, durante los últimos siete años, ha organizado un festival anual de muñecas.

“Quisiera que hubiera más niños porque sería más alegre”, señaló. “Así que yo hice a los niños”.

La población de Japón está disminuyendo y envejeciendo, y en ningún lugar se siente con mayor intensidad esta tendencia que en sus zonas rurales, donde se exacerba la baja tasa de natalidad al menguar las oportunidades de empleo y como resultado de un estilo de vida inadecuado.

“Aquí no hay oportunidades para los jóvenes”, señaló Ayano, quien recuerda cuando la aldea tenía una clínica, un salón de juegos de pachinko y una cafetería. Ahora, Nagoro no tiene ni una sola tienda. “No les alcanza para comer”.

Unas 350 muñecas hechas por Ayano y sus amigas superan el número de residentes en una proporción de más de 10 a 1. Por toda la aldea, ha puesto las muñecas —hechas con armazón de madera y alambre, rellenas de papel periódico y vestidas con ropa vieja donada por habitantes de todo Japón— en diversas escenas que evocan a las personas reales que alguna vez poblaron la aldea.

Una anciana arregla una tumba al lado del camino mientras que otra descansa en una silla de ruedas. Algunos trabajadores de la construcción fuman en su descanso, mientras otros esperan en la parada del autobús. Un padre tira un carro lleno de niños. Un pequeño travieso sacude las castañas de un árbol.

Dentro de la escuela, algunas muñecas se quedan en el hueco de las escaleras o se sientan en pupitres frente a maestras que dan clases interminables. Ayano posee un estilo juguetón que le da a muchas de sus muñecas un aire travieso. El efecto general, de una aldea controlada por muñecas, no es tan espeluznante como podría parecer en un principio.

“No creo que sea algo escalofriante”, comentó la enfermera francesa de 38 años, Fanny Raynaud, que estaba viajando por Japón en una motocicleta con su esposo, Chris Monnon, de 55 años. Se detuvieron en Nagoro luego de leer acerca de las muñecas en un blog de viajes.

“Creo que es una bella manera de revivir esta aldea”, comentó Raynaud.

Otro visitante garabateó un mensaje más puntual en un pizarrón de una de las aulas de la escuela: “¿Dónde están los vivos?”.

Nagoro es uno de los muchos pueblos que se consolidan en un área municipal donde más del 40 por ciento de los residentes tiene 65 años o más.

Incluso con subsidios para ofrecer atención médica a los niños, descuentos en gastos médicos y apoyo para vivienda, esta zona no tiene mucha suerte para atraer nuevos residentes ni para que regresen los adultos que nacieron en la región.

Ayano, la mayor de cuatro hermanos, se fue de Nagoro a los 12 años cuando su padre consiguió un empleo en una empresa de alimentos en Osaka, la tercera ciudad más grande de Japón. Ahí conoció a su esposo y tuvo dos hijos con él.

Después de retirarse, su padre regresó a Nagoro para ayudar a cuidar a su suegro enfermo y ocuparse de su esposa que padecía insuficiencia renal. Hace 16 años, Ayano regresó a la aldea para cuidar a su padre de 90 años, quien es el residente más viejo de ese lugar.

En el terreno que está frente a su casa, plantó unas cuantas semillas de chícharos y rábanos. Las aves las sacaban, así que hizo un espantapájaros parecido a su padre.

“Parecía una persona real, no un espantapájaros convencional”, dijo Ayano. “Por eso sí funcionó”.

Colocó tres o cuatro muñecas más en la posición de cuando las mujeres quitan la hierba mala y otras al lado del camino.

Cuando algunos viajeros que pasaban se detenían a pedirles indicaciones a algunas de las muñecas, Ayano se divirtió tanto que comenzó a dedicar todo su tiempo a elaborarlas.

Ahora, en ocasiones da clases de elaboración de muñecas en el pueblo vecino o a las personas que visitan su estudio, instalado en la vieja guardería de la aldea.

El día anterior al festival deportivo recreado en la vieja escuela, Ayano preparó varios escenarios con la ayuda de un grupo de voluntarios universitarios, así como de algunos otros residentes, su hermana y su cuñado, quienes habían venido de Kyushu, situado al sur de Japón.

Hasta el anochecer, Ayano cosió meticulosamente los brazos, el cabello y la ropa. Tras una lluvia que duró toda la noche, se levantó antes del amanecer para retocar su trabajo.

Cuando se inauguró el festival, salió el sol. Los residentes instalaron puestos de comida que ofrecían fideos de soba, papas fritas y albóndigas de pulpo.

Osamu Tsuzuki, el propietario de 73 años de una empresa constructora local pronunció el discurso de bienvenida. “En nombre del personal, los residentes y más de 300 muñecas, les damos la bienvenida”, dijo.

Algunos niños llegaron de pueblos cercanos o que estaban de visita con sus abuelos.

Durante la competencia de “tira y afloja”, la gente se reunió con las muñecas cuyas manos Ayano había cosido a la cuerda. No había suficientes niños, así que los competidores de ochenta y tantos años dieron su mejor esfuerzo. Luego de una carrera, Hiroyuki Yamamoto, de 82 años y residente de un asilo montaña abajo, acarició la mejilla de una muñeca que estaba en uno de los carriles de la pista.

“Es tan linda”, dijo Yamamoto, un trabajador jubilado que daba mantenimiento a las carreteras, “que me daban ganas de hablar con ella”.

Kayoko Motokawa, de 67 años, y abuela de un pequeñín que también parecía un muñeco, dijo que era triste que ahora Nagoro fuera famoso por sus muñecas y no por su gente.

“Si fueran personas de verdad”, comentó Motokawa, quien disfrutaba las festividades, “este sería un lugar realmente alegre”.

This article originally appeared in The New York Times.

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