Los niños migrantes bajo tutela federal tienen un 'sentimiento de desesperación'

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WASHINGTON — En un albergue federal en Dallas, niños migrantes duermen en una sala sin ventanas del centro de convenciones bajo luces fluorescentes que nunca se apagan.

En una base militar en El Paso, Texas, adolescentes se amontonan en catres y algunos dicen que han pasado días sin bañarse.

Y en Erie, Pensilvania, comenzaron a surgir problemas días después de la apertura de un albergue: “El sistema de seguridad contra incendios es una gran preocupación”, señalaba un informe interno. Algunos de los calentadores de agua no funcionaban y los piojos eran “un gran problema que parece agravarse”.

A principios de este año, los niños que cruzaban la frontera suroeste en cifras récord se hacinaban en las instalaciones de detención de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza, con pisos fríos y aspecto de cárcel. Dormían unos junto a otros en colchonetas y se cubrían con delgadas mantas de aluminio y casi siempre permanecían ahí mucho más tiempo del límite legal de 72 horas. Los republicanos lo declararon una crisis. Los demócratas y los grupos defensores de los migrantes denunciaron las condiciones, que se convirtieron en una vergüenza internacional para el presidente Joe Biden, quien durante su campaña había abogado por transformar el sistema de inmigración a fin de que volviera a ser compasivo.

En respuesta, el gobierno se apresuró a instaurar albergues temporales de emergencia, incluyendo algunos que podrían albergar a miles de niños. Sin embargo, la próxima crisis potencial está a la vista.

“Sé que el gobierno piensa que ya se anotó una victoria por haber sacado a los niños de las estaciones de la Patrulla Fronteriza y se merece el crédito por haberlo hecho”, comentó Leecia Welch, abogada y directora principal de la práctica de defensa legal y bienestar infantil del Centro Nacional por el Derecho de la Juventud, un despacho de abogados sin fines de lucro centrado en los niños de bajos ingresos. “Pero la verdad es que miles de niños traumatizados aún permanecen en sitios de detención masivos en bases militares o centros de convenciones, y muchos han sido relegados a condiciones inseguras e insalubres”.

El viernes, en una entrevista, Xavier Becerra, secretario de Salud y Servicios Humanos, puso la mejor cara ante la situación. Las condiciones en las instalaciones de emergencia varían “de un lugar a otro”, comentó.

El jueves, visitó el albergue del departamento en el centro de convenciones de Long Beach, California, donde se encuentran alrededor de 700 niños, en su mayoría de 12 años o menos, una fracción de los 20.000 menores migrantes que el gobierno tiene en su custodia.

“No solo me complació ver que está funcionando, sino que me animó lo que vi”, dijo Becerra. Fue su primera visita al albergue desde que fue confirmado en el cargo a mediados de marzo.

Existe un amplio consenso sobre el hecho de que los refugios de emergencia, gestionados por la Oficina de Reasentamiento de Refugiados del Departamento de Salud y Servicios Humanos, son una mejora con respecto a las instalaciones de la Patrulla Fronteriza. No obstante, las entrevistas con defensores de los niños y la revisión de semanas de informes internos obtenidos por The New York Times describen un sistema de albergues en condiciones sumamente diversas, algunos de ellos están muy por debajo del estándar de cuidado que ha prometido el gobierno de Biden.

“Ningún sistema de acogida en Estados Unidos permitiría que los niños permanecieran en este tipo de lugares durante semanas o meses”, afirmó Welch, quien ha visitado los albergues y entrevistado a los niños sobre sus estancias.

Ninguno de los albergues está abierto al público y Welch mencionó que ni a ella ni a los miembros de su equipo se les permitió tomar fotografías allí. Su organización supervisa el cumplimiento por parte del gobierno de un acuerdo de 1997 que establece las condiciones de detención de niños migrantes en Estados Unidos. A muchos grupos que trabajan con el gobierno federal para proporcionar atención no se les permite hablar de lo que ven.

Entre los niños con los que Welch se reunió estaba una niña de 10 años que había llegado sola a la frontera porque su madre había sido secuestrada en el trayecto hacia el norte. Pasó casi tres semanas bajo la custodia de la Patrulla Fronteriza este año antes de ser trasladada al albergue de Erie, Pensilvania.

La calefacción no funcionaba en tres habitaciones, incluida una con un niño aislado que estaba enfermo de COVID-19 y se quejaba de tener frío. No había suficiente ropa para que los niños se vistieran en la fría primavera de Pensilvania. Además, el albergue carecía de personal suficiente y los voluntarios estaban “saturados, estresados y fatigados”, según una evaluación del gobierno.

Las instalaciones no se limpiaban y la basura no se retiraba con regularidad. Había fugas de gas en el interior y el exterior de donde los niños vivían. El refugio cerró el 26 de abril.

Otro albergue que abrió en Houston cerró meses antes de la fecha planeada por los funcionarios. El edificio, donde se encontraban 500 niñas de 13 a 17 años, tuvo problemas desde el comienzo, afirmó Welch. Describió el lugar como una bodega sin acceso al exterior, donde las niñas pasaban días sin bañarse. La comida las enfermaba y algunas se desmayaban por falta de alimento. No se les permitía ir al baño después de las 10 p. m., comentó.

Estos albergues de emergencia no se rigen por las leyes que establecen un estándar de cuidado y la supervisión suele estar a cargo de la oficina de refugiados. La red de albergues con licencia, que tiene espacio para menos de 10.000 menores, no tiene capacidad suficiente para enfrentar el marcado aumento en el número de migrantes de este año. Hasta esa capacidad limitada disminuyó durante el gobierno de Trump, según los asesores de Biden.

Se suponía que los centros de emergencia debían albergar a niños migrantes durante estancias muy cortas, pero los menores permanecen bajo la custodia del Departamento de Salud y Servicios Humanos durante aproximadamente un mes.

Las modestas mejoras recientes han logrado que sean más los niños que a diario dejan de estar bajo la custodia del gobierno que los que se trasladan desde la Patrulla Fronteriza. El lunes, 427 niños fueron liberados de la custodia del gobierno y 358 fueron transferidos, según datos recientes.

Sin embargo, menores no acompañados siguen llegando a la frontera; conforme a las políticas del gobierno de Biden, se les deja entrar, no se les rechaza como ocurría durante el gobierno de Trump.

En un albergue de emergencia en el Centro de Convenciones Kay Bailey Hutchison de Dallas, Michelle Sáenz-Rodríguez, abogada especializada en inmigración, describió una instalación destinada a albergar a 2000 niños, en su mayoría adolescentes. “Es literalmente un gran salón de fiestas sin ventanas exteriores y con la clásica iluminación fluorescente” que nunca se apaga, dijo.

Durante semanas, los documentos internos han señalado la necesidad insatisfecha de consultas urgentes de salud mental para los niños. En ocasiones, no ha habido personal de salud mental en el lugar.

El albergue de Dallas cerrará a finales de mes porque el contrato de arrendamiento expira, al igual que otro refugio de emergencia en San Antonio. El gobierno de Biden está buscando alojar a más niños en Fort Bliss, cerca de El Paso, que tiene el mayor albergue de emergencia de la red, con espacio para más de 5000 niños. Según documentos internos, el gobierno planea albergar hasta 10.000 niños allí, de los cuales la mitad tendría 12 años o menos. En este momento, el lugar da refugio a unos 4400 adolescentes.

“En general, los niños describen que no se sienten cuidados y tienen un sentimiento de desesperación”, comentó Welch.

Becerra dijo que culpaba al sistema migratorio por la situación.

“Si vamos a tener que trabajar con este sistema migratorio inoperante, al menos vamos a hacerlo bien, vamos a hacer lo que podamos”, afirmó.

“No sé cuál será su destino final”, añadió. “Pero sí sé esto: que mientras estén bajo mi custodia, van a estar seguros y vamos a cuidar de ellos”, aseveró.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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