‘Las niñas duermen del otro lado’, poemas de Zoé Valdés marcados por vivencias

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Cuando uno piensa en Zoé Valdés como escritora, lo primero que viene a la mente son sus novelas premiadas: La nada cotidiana (Premio Liberatumpreiss, 1995); La hija del embajador (Premio de Novela Breve Juan March, 1995); Te di la vida entera (Finalista del Premio de Novela Planeta, 1996); Lobas de mar (Premio de Novela Fernando Lara, 2003); La eternidad del instante (Premio Ciudad de Torrevieja, 2004); La mujer que llora (Premio Azorín, 2013) y La casa del placer (Premio Jaén de Novela, 2019).

Sin embargo, antes de todos estos galardones, Zoé ya había escrito dos volúmenes de poesía. Uno de ellos, Respuestas para vivir, fue su primer “intento serio de hacer un libro”, según declaró alguna vez en una entrevista. El otro, Todo para una sombra, ganó en 1985 el Accésit del Premio Carlos Ortiz, en España.

Es decir, todo comenzó a partir de la poesía. No es de extrañar, entonces, la publicación de Las niñas duermen del otro lado (Ediciones la Gota de Agua, 2021), una compilación de poemas escritos por Valdés en Caracas, Haití, Cuba y Francia, entre los años 1990 y 2021, y que acaba de salir a la venta.

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El libro, estructurado en dos extensas secciones -Llegada y Despedida y retorno- está marcado por las vivencias de la autora; que son las mismas que sustentan las polémicas tramas -por su contenido erótico- de algunas de sus más conocidas novelas.

Quizás por eso sorprende el tono comedido de sus poemas. No hay en ellos, como podrían esperar algunos, poderosas metáforas de la anatomía femenina; ni atrevidos símiles fálicos. Y no es que no haya erotismo en ellos; lo hay. Solo que con menos “poética corporal”, por utilizar un término acuñado por Octavio Paz. Es decir, más insinuación que demostración.

Tal como puede observarse en el titulado Soroa, uno de los escritos en Cuba: “Rogaste que te acompañara al río/ A la cascada/ Desnudos nos guarecimos en una cueva/ Delante de nosotros un muro de agua espumosa/ desdibujaba el silencio/ Quedé sentada en el pedestal de tus labios/ En tus pupilas latía mi agujero de eternidad”.

O en El actor, uno de los primeros que escribió en Caracas: “Despertó con los labios enfangados/ La pesadilla resecó su respiración/ Lloraba y me pedía diluvios/ Y yo se los di/ Qué iba a hacer/ Si él solo era un actor desamparado/ Alejado de La Habana/ Alejado de sí mismo/ Envuelto en mí”.

Algunos poemas no solo son eminentemente personales, sino también políticamente contundentes. Como en Todos se van y vuelven: “Todos traicionan y engañan/ Menos yo/ Todos se confabulan con los esbirros/ Menos yo/ Todos se van y vuelven/ Porque volver es la única manera/ Que tienen de existir”.

Otros, asentados entre los sentimientos y la observación de la realidad, se enmarcan en lo social. Sobre todo, los escritos en Haití: “El viento corrompe el trigal/ Manos resecas manos sangrientas/ Puedo adivinar en el espejo del océano/ El rostro lloroso de una niña/ Y el de su abuela callada”.

Lo menos, se columpian a partir de referentes culturales: “Mallarmé y sus juegos de toda la vida/ Sus juegos de cuerpos/ Su cuerpo de palabras/ Un cuerpo como un golpe de dados/ Que no abolirá nunca pero nunca el azar”.

Las niñas duermen del otro lado arrastra un fuerte contenido biográfico que se desplaza en el tiempo y que tiene la virtud de dejarnos reconocer, a pesar de su variedad temática, nuestra a veces olvidada condición de exiliados.

El poema que cierra el libro es una prueba de ello: “He llegado sola a todas partes/ Yo que siempre quise andar acompañada/ De una familia de un esposo de unos hijos/ Pero el exilio despedaza los deseos/ como el más sádico de los descuartizadores”.

Escrito en un tono íntimo y conmovedor, este retrospectivo poemario nos permite comprobar, a través de sus logrados versos, que detrás de Zoé, la novelista premiada, todavía vive la niña-poeta que engarzaba alejandrinos en un solar habanero.

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