La mayor nevada en medio siglo profundiza la miseria en un barrio pobre de Madrid

Raphael Minder
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María del Carmen Borja carga a su nieto recién nacido frente a su casa en la Cañada Real en Madrid, uno de los barrios pobres más grandes de Europa, el 18 de enero de 2021. (Samuel Aranda/The New York Times).
María del Carmen Borja carga a su nieto recién nacido frente a su casa en la Cañada Real en Madrid, uno de los barrios pobres más grandes de Europa, el 18 de enero de 2021. (Samuel Aranda/The New York Times).
En diciembre, un grupo de expertos de las Naciones Unidas instó a las autoridades españolas a restablecer la electricidad en la zona. (Samuel Aranda/The New York Times).
En diciembre, un grupo de expertos de las Naciones Unidas instó a las autoridades españolas a restablecer la electricidad en la zona. (Samuel Aranda/The New York Times).

MADRID — Incluso antes de que la mayor nevada que ha visto Madrid en medio siglo hiciera colapsar parte de su techo este mes, Manuela Reyes Flores y su familia no tenían ni electricidad ni agua potable cuando el invierno llegó a su empobrecido barrio en las afueras de la capital de España.

Así que cuando la enorme tormenta de nieve de hace dos semanas cubrió a Madrid con 45 centímetros de nieve, eso solo significó un nivel adicional de miseria para ellos y miles de otros residentes del barrio La Cañada Real. La región capitalina quedó paralizada, y el 19 de enero, Madrid fue declarada zona de desastre.

“Nunca hemos tenido una vida fácil”, dijo Reyes Flores, quien se estableció en la Cañada Real hace dos décadas como parte de su gran comunidad romaní. Ella y su familia han tenido que encender fogatas al aire libre para mantenerse calientes, cocinar alimentos y calentar agua para bañarse.

“Tuvimos que construir nuestra propia casa, y siempre hemos hecho todo lo posible para reparar las cosas sin tener que gastar dinero”, dijo.

“Pero les digo que este lugar ha pasado de ser desastroso a simplemente inhabitable”, agregó, mientras colocaba un balde debajo de una gotera en el techo causada por el peso de la nieve fresca.

La Cañada Real, hogar de unas 8000 personas, es uno de los barrios pobres más grandes de Europa. Si bien parte de la zona tiene varias casas de ladrillo y cemento, al menos la mitad de las personas viven bajo techos corrugados y lona, la cual también se usa en lugar de ventanas de vidrio.

El barrio ha sido un juego político durante décadas. Varios niveles de gobierno y diferentes municipalidades comparten la responsabilidad de la vasta extensión territorial. En medio de las dilaciones políticas, cerca de quince organizaciones no gubernamentales han intervenido para ayudar a los más vulnerables en la Cañada Real. El número de trabajadores humanitarios españoles también ha crecido desde el comienzo de la pandemia, ya que las restricciones de viaje les han impedido trabajar fuera de España.

Olga San Martín, cofundadora de Olvidados, una pequeña organización de ayuda humanitaria, visitó Bosnia en diciembre para distribuir ropa de invierno en los campos de refugiados.

“Creo que la vida en la Cañada Real es tan horrenda como en Bosnia, excepto que esto es mucho más impactante y vergonzoso porque hemos permitido que suceda en la capital de España y dentro de la Unión Europea”, afirmó, tras analizar el daño causado por la tormenta de nieve.

En 2017, los legisladores acordaron desmantelar parte de la Cañada Real y trasladar a miles de residentes a apartamentos subvencionados en varias partes de Madrid. Pero solo se han habilitado 105 apartamentos de este tipo.

En octubre, Naturgy, la empresa de servicios eléctricos y gasísticos, cortó el suministro eléctrico a la mayor parte de la Cañada Real, alegando que los residentes estaban haciendo un uso intensivo, no regulado y peligroso de su electricidad a pesar de que la zona solo tenía cuatro cuentas oficiales de clientes.

El corte de electricidad causó enfrentamientos entre la policía y los residentes. Los choques se intensificaron cuando la policía ingresó al barrio, detuvo a una decena de personas y destruyó varias parcelas de marihuana.

En diciembre, un grupo de expertos de las Naciones Unidas instó a las autoridades españolas a restaurar la electricidad, sobre todo para proteger a los cerca de 1800 niños que viven en la zona.

“No se puede castigar a toda una población por los delitos de unos pocos”, dijo Javier Baeza, un sacerdote que visita de manera regular la Cañada Real para ayudar a sus residentes. “El manejo político de la Cañada Real solo se puede calificar de terrible”.

El Ayuntamiento de Madrid, en respuesta a preguntas enviadas por correo electrónico, describió a la Cañada Real como un desafío en vez de un fracaso, y señaló que su plan de reubicación había recibido “un fuerte impulso el año pasado”.

También señaló que el problema de la Cañada Real data de hace varias décadas.

“Si la solución fuera sencilla ya se habría resuelto, porque durante todo este tiempo, en todos los gobiernos, ha habido personas que realmente se han preocupado mucho por la situación allí”, dijo el gobierno de la ciudad.

La Cañada Real alguna vez fue un camino por el que los agricultores cruzaban España en busca de pastos frescos para sus ovejas. Pero a partir de la década de 1960, la expansión industrial de Madrid persuadió a las familias a convertir los terrenos en huertas y, al final, vivir allí.

Con el paso de los años, a medida que los desarrolladores inmobiliarios se apoderaron de otros barrios pobres y se aceleraron los desalojos en otros lugares de Madrid, la población de la Cañada Real aumentó. A partir de los años noventa, los inmigrantes llegaron en grandes cantidades, especialmente desde Marruecos y Rumania.

Un punto de referencia local es una iglesia donde traficantes y consumidores de droga se reúnen a fumar heroína a plena vista de la policía que patrulla la zona. La policía dice que interviene solo en casos de emergencia, si hay violencia o si alguien se encuentra en una situación de salud crítica.

Muchos residentes esperan ansiosos las llaves de los apartamentos subsidiados prometidos para poder seguir con sus vidas en otra parte. Sin embargo, algunos tienen sentimientos encontrados sobre irse, ya que les preocupa pagar renta y tener posibles tensiones con los nuevos vecinos.

“Todos nos conocemos aquí, y realmente no creo que a la gente que vive en cualquier otra parte de Madrid le encante la idea de tener una familia gitana al lado”, dijo Miguel Maya, que recolecta y vende chatarra, como muchos otros en la comunidad romaní.

En lugar de irse, algunos residentes quieren que las autoridades inviertan en infraestructura básica y legalicen su prolongada presencia allí.

Carmen Carbonell Escudero, de 68 años, vive en la Cañada Real con su esposo. Aunque no tienen prueba de propiedad, afirmó que la pareja le pagó 20.000 euros (24.300 dólares) al ocupante anterior para comprar su casa abandonada.

“Por supuesto que sabía que estábamos comprando algo ilegal aquí, pero ¿cuántas personas mucho más ricas que yo tienen una hermosa casa para la que nunca obtuvieron un permiso adecuado?”, dijo Carbonell Escudero. “En España, si esperas lo suficiente, lo que era ilegal puede volverse legal”.

Eugenio García-Calderón, un ingeniero que antes proporcionaba energía solar a personas en la Amazonía brasileña, dijo que había ido a la Cañada Real después de que le cortaran el suministro eléctrico a la zona. Dijo que el flujo de ayuda de emergencia era bienvenida, pero que “nada bueno sucederá realmente aquí hasta que tengamos un modelo sostenible, algo que logre que las personas sean autosuficientes en vez de dependientes de ayuda externa”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company