Neurosis de guerra por el COVID: 'Llegaba a casa con lágrimas en los ojos'

Katherine J. Wu
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Orlando Garner, médico de cuidados intensivos en Texas, cerca del hospital donde trabaja en Houston, el 15 de noviembre de 2020. (Michael Starghill Jr./The New York Times).
Orlando Garner, médico de cuidados intensivos en Texas, cerca del hospital donde trabaja en Houston, el 15 de noviembre de 2020. (Michael Starghill Jr./The New York Times).

Una noche sofocante de verano, cerca de las 2 de la madrugada, el médico Orlando Garner despertó por el sonido de un golpe seco junto a la cuna de su bebé. Saltó de la cama y vio que su esposa, Gabriela, se había desmayado y tenía la frente caliente por la misma fiebre que le había dado unas horas antes a él y a su hijo Orlando, quien en ese entonces tenía 3 años. Luego de dos días, le daría a su bebé, Veronica.

Casi cinco meses más tarde, Garner, médico de cuidados intensivos en la Escuela de Medicina de Baylor en Houston, sigue atormentado por lo que le ocurrió a su familia el verano pasado: sin querer, llevó el coronavirus a su casa y todos se enfermaron.

“Me sentí muy culpable”, comentó. “Este es mi trabajo, lo que quería hacer para ganarme la vida. Y pude haber matado a mis hijos, a mi esposa… todo esto fue por mi culpa”.

Ahora que el número de casos está volviendo a aumentar en Texas, Garner tiene pesadillas recurrentes de que uno de sus hijos ha muerto de COVID. Ha vuelto a trabajar 80 horas por semana en la unidad de cuidados intensivos, vistiendo varias capas de ropa especial para la pandemia que incluyen antiparras, mascarillas N95, un traje de protección y una careta parecida a un casco que le obliga a gritar para hacerse escuchar.

Shannon Tapia, geriatra de Colorado, cerca de su casa en Denver, el 13 de noviembre de 2020. (Daniel Brenner/The New York Times).
Shannon Tapia, geriatra de Colorado, cerca de su casa en Denver, el 13 de noviembre de 2020. (Daniel Brenner/The New York Times).

Como atiende a un paciente tras otro, no puede dejar de temer que su primer encuentro con el coronavirus no haya sido el último, pese a que las reinfecciones son poco comunes. “¿Será este el que me contagie el coronavirus de nuevo?”, suele preguntarse.

Los profesionales de la salud en la línea de batalla han sido lo único constante, los soldados médicos que forman fila tras fila en el campo de batalla contra la violenta propagación del coronavirus. Pero conforme los casos y los decesos rompen récords a diario, lo que presagia uno de los años más mortíferos en la historia de Estados Unidos, las personas cuya misión en la vida es cuidar a los demás están al borde de un desplome colectivo.

En entrevistas, más de una veintena de trabajadores sanitarios en la línea de batalla hablaron sobre la incesante tensión que ahora es inherente a la crisis nacional de la atención médica. Muchos se refirieron a repuntes de ansiedad y de pensamientos depresivos, así como a una sensación crónica de desesperanza y cansancio extremo, provocados en parte por las actitudes arrogantes de muchos estadounidenses a quienes, al parecer, se les ha agotado la paciencia con la pandemia.

En las encuestas realizadas en todo el mundo, se han registrado tasas mayores de depresión, neurosis y desgaste dentro de un grupo de profesionales que ya es conocido por presentar altos índices de suicidios. Y pese a que algunos han recurrido a terapia o a medicamentos para seguir adelante, otros temen que participar en estos sistemas de apoyo podría manchar su historial y disuadir a futuros empleadores de contratarlos.

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“Estamos sacrificando mucho como profesionales de la salud: nuestra salud, la salud de nuestra familia”, señaló Cleavon Gilman, médico de medicina de urgencias en Yuma, Arizona. “Pensaríamos que el país habría aprendido su lección” después de la primavera, comentó. “Pero siento como si la muerte de 20.000 personas que fallecieron en Nueva York no hubiera servido de nada”.

Muchos han llegado al límite de sus fuerzas y ya no tienen mucho más que dar, sobre todo sin las herramientas suficientes para defenderse contra una enfermedad que ha matado a más de mil de estos trabajadores.

“Ni siquiera he pensado en cómo me encuentro hoy”, señaló Susannah Hills, cirujana pediátrica de cabeza y cuello en la Universidad de Columbia. “No recuerdo la última vez que alguien me hizo esa pregunta”.

El temor a la oscuridad del invierno

Para Shannon Tapia, geriatra de Colorado, abril no fue un buen mes. Tampoco mayo. En un centro de atención médica prolongada a la que le proporcionaba personal, en diez días murieron 22 personas. “Cuando llegamos a esa cifra, dejé de contar”, comentó.

Un poco de tranquilidad llegó en una oleada de calor veraniego. Pero en las últimas semanas, Tapia ha visto cómo resurge el virus, desencadena brotes repentinos y mata de manera masiva a los residentes de los asilos de ancianos (una de las poblaciones más afectadas por la pandemia).

“Está muchísimo peor que en la primavera”, mencionó Tapia. “En este momento, el COVID se ha desbocado en Colorado”.

Tapia atestiguó cómo los centros de cuidados médicos prolongados tuvieron problemas para conseguir suministros de equipo de protección y denunció su falta de pruebas adecuadas. Apenas a principios de noviembre, en un asilo que Tapia visita con frecuencia, tardaron más de una semana en llegar los resultados de las pruebas diagnósticas, lo que aceleró inadvertidamente la propagación del virus entre los residentes.

Algunos residentes de asilos en el área de Denver están siendo rechazados de los hospitales llenos porque sus síntomas no son graves, pero luego se deterioran con rapidez y fallecen en sus centros de atención médica.

“Ocurre muy rápido”, señaló Tapia. “No hay tiempo para volver a enviarlos”.

La noche de 17 de noviembre, Tapia recibió llamadas telefónicas constantes de los asilos que se desbordaban con personas enfermas y atemorizadas. Cuatro pacientes murieron entre las 5 p.m. y las 8 a.m. “Nunca había certificado tantos decesos en una sola noche”, afirmó.

Antes de la pandemia, los residentes de los asilos ya eran considerados como una población desatendida en materia de salud. Pero el coronavirus no ha hecho más que agravar un vacío preocupante de atención para los pacientes mayores. A Tapia le atormenta la impotencia que siente en todo momento.

“Me hace sentir que fracaso de manera sistemática”, comentó. “Los últimos ocho meses casi me derrumbaron”.

Al final del verano, Tapia consideró por un momento dejar la medicina, pero es la madre soltera de un hijo de 11 años, Liam. “Necesito mi profesión para mantener a mi hijo”, señaló.

Esto sigue y sigue

Para otras personas, el esfuerzo ha sido incesante.

Gilman, el médico de urgencias en Yuma, se preparó al principio de la pandemia confiando en su participación como oficial médico en Irak en 2004.

“En el ejército, te entrenan para dormir poco, para marchas y caminatas”, comentó. “Entrenas el cuerpo, luchas contra el enemigo. Comencé a correr todos los días y fortalecer mis pulmones en caso de que contrajera el virus. Puse una caja en la puerta para meter mi ropa, a fin de no contagiar a mi familia”.

La crisis actual resultó ser un adversario poderoso y poco conocido que lo seguía de un lugar a otro.

El primer encuentro de Gilman con el coronavirus comenzó cuando era residente en el Hospital Presbiteriano de Nueva York en plena primavera. Llegó a sentir miedo de las llamadas telefónicas a las familias que no podían estar cerca de sus parientes enfermos y de escuchar “el mismo llanto estridente, dos o tres veces por turno”, mencionó. Comentó que los meses de caos, sufrimiento y dolor lo dejaron “abatido, deprimido y exhausto”.

“Llegaba a casa con lágrimas en los ojos y solo me dormía”, comentó.

Las repercusiones profesionales de su experiencia con el COVID se volvieron personales.

Gilman canceló su boda en mayo. Su graduación se solemnizó por Zoom en junio. Celebró la finalización de su residencia en su departamento vacío junto a unas cajas apiladas.

“Fue el momento más triste de mi vida”, comentó.

Al cabo de unas semanas, él, su prometida Maribel, sus dos hijas y su suegra fueron trasladados a Arizona, donde acababan de empezar a aumentar los casos. Gilman se atrincheró de nuevo.

Desde entonces, han sobrevivido en aislamiento, con las niñas sin ir a la escuela y rechazando invitaciones a reuniones, incluso cuando los vecinos comenzaron a reunirse otra vez y a entusiasmarse con sus planes vacacionales.

Hay cosas buenas, señaló. La casa a donde se mudaron este verano es grande y tiene piscina. En fechas recientes adoptaron un cachorro. En la lejanía de la Arizona de pueblitos, el desierto los ha encantado con los avistamientos de correcaminos.

Desde la primavera, Gilman se ha convertido en una proeza en las redes sociales. Para documentar la crisis actual, comenzó a publicar entradas de su diario en su página web. Su muro de Twitter está lleno de publicaciones que conmemoran a las personas que han perdido la vida por el COVID-19 y a los trabajadores sanitarios que han dedicado los últimos nueve meses a atajar la oleada.

Gilman afirmó que es la forma en que le ha encontrado sentido al caos. No solo lucha contra el virus en sí, sino contra el contagio del desencanto y la desinformación, en medio de lo cual sigue disminuyendo el uso de cubrebocas y el distanciamiento social. “Es una batalla constante, es una guerra interminable”, comentó.

En todos los estados, la gente sigue desbordando las salas de los hospitales, donde casi siempre hay camas provisionales en los pasillos para hacer frente al desbordamiento. Desde que la pandemia se apoderó de Estados Unidos, se han registrado más de doce millones de casos, y el ritmo de los contagios se ha acelerado en los últimos meses.

Jill Naiberk, enfermera del Centro Médico de la Universidad de Nebraska, ha pasado la mayor parte de 2020 vistiendo equipo de protección. Aproximadamente dos veces al día, cuando Naiberk necesita beber un poco de agua, tiene que quitarse todo el uniforme y luego volvérselo a poner.

Aparte de ese momento, siempre “tienes calor, estás sudorosa y apestosa”, comentó. “No es raro salir de las salas con el sudor corriéndote por el rostro, además tienes que cambiarte el cubrebocas porque está mojado”.

Este es su noveno mes consecutivo trabajando con pacientes de COVID. “La unidad donde laboro tiene dieciséis camas. Casi nunca hay una cama vacía”, señaló. “Y cuando la hay, generalmente es porque alguien ha fallecido”.

Muchos de los pacientes de la unidad de cuidados intensivos son jóvenes, de cuarenta o cincuenta y tantos años. “Nos miran y dicen cosas como ‘No me deje morir’ y ‘Creo que debí haber usado el cubrebocas’”, comentó.

En ocasiones, va llorando de regreso a casa, donde vive sola con sus dos perros. Su madre de 79 años vive a unas cuantas casas de distancia.

Desde marzo que no se han dado un abrazo.

“Siempre les digo a todos que se preparen para cuando pueda volver a abrazarlos sin peligro”, comentó. “Porque nunca los soltaré”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company