La negación del genocidio rohingya ante La Haya hunde a Suu Kyi

Adrián Foncillas

PEKÍN.- Su rostro de angulosa belleza es ubicuo en las calles birmanas, desde carteles a recuerdos para turistas. Aung San Suu Kyi es el referente inmarchitable para un pueblo que la despidió con manifestaciones cuando partió a La Haya para defender el honor patrio. Pero la huella de aquel ícono pop con resonancias del Che Guevara se desvanece en el resto del mundo: las organizaciones de derechos humanos le retiran los honores, los políticos le rehúyen y las ciudades esconden sus placas y estatuas.

Su intervención esta semana en la Corte Internacional de Justicia de La Haya agudizará la tendencia. El tribunal juzga las oleadas represivas de 2016 y 2017 que mataron por lo menos a 10.000 rohingyas y empujaron a la diáspora a 700.000.

La postura de Suu Kyi es grosera en un ser humano, en un político y en especial en un Nobel de la Paz. El miércoles mencionó el "sufrimiento" de los que huyeron hacia Bangladesh sin aclarar que escapaban de la violencia militar. Fue lo más cerca que estuvo de disculparse por las tropelías sobre esa etnia musulmana. El resto de su discurso transitó por trillados terrenos negacionistas: las acusaciones sobre genocidio son "objetivamente engañosas" y el caso es "incompleto e incorrecto".

La actitud de la consejera de Estado y presidenta de facto en la represión del Ejército oscila entre la indiferencia y la complicidad y, en cualquier caso, atenta contra aquel "extraordinario ejemplo del poder de los que no tienen poder" que en 1991 justificó su Nobel.

"La Dama" fue la imprescindible figura mediática e inmaculada que necesitaba Occidente para prestar atención a las desgracias de su patio trasero, reivindicada por U2 y ensalzada como inspiración por Hillary Clinton. Su lucha trascendió los límites geográficos o raciales originales hasta alcanzar un ideal de libertad universal. Suu Kyi, de 73 años, es hija del general Aung San, un héroe nacional que en 1948 logró la independencia de la entonces Birmania. Fue asesinado en el período de transición sin ver culminada su obra, pero perdura en la memoria colectiva. Su hija emigró a Inglaterra, se graduó en Oxford y conoció a su marido, el académico Michael Aris. Allí educaba a sus hijos y escribía guías de viaje hasta que todo cambió, en 1988.

Regresó a Myanmar para visitar a su madre y se encontró con el país levantado contra el dictador Ne Win. Las protestas terminarían aplastadas por los militares y Suu Kyi prometió frente a la pagoda Shwedagon que no descansaría hasta erradicar la dictadura de Myanmar. Fundó la Liga Nacional para la Democracia y arrasó en las elecciones de 1988, pero los militares ignoraron los resultados y ordenaron su primer arresto domiciliario. Su terquedad le salió cara. Pasó 16 años encerrada, no pudo visitar a su marido moribundo ni ver a su hijo durante una década.

Tras su liberación ofreció la mano a sus carceleros. Demasiado trabajo para perder el tiempo en rencores, aclaró. Su partido ganó las elecciones de 2015 y el país emprendió la ruta democrática aún bajo la sombra del Ejército, al que la Constitución reserva una cuarta parte de escaños y los ministerios más sensibles.

Los expertos debaten qué empujó a Suu Kyi a presentarse al proceso, sin formación legal y con el riesgo de dilapidar lo que le queda de imagen. Unos piensan que está honestamente convencida de que el mundo no entiende el conflicto rohingya y que solo ella puede sacarlo del error. Otros interpretan que prioriza la audiencia interna. Es previsible que su defensa del país frente al coro acusador ayude a su partido en las elecciones de 2020 porque pocas cuestiones unen más a los birmanos que el resentimiento hacia los rohingyas.

A Suu Kyi se la comparó en su día con la resistencia pacífica y paciente de Mahatma Gandhi y acabó en el paquete de Barack Obama, Yasser Arafat y otros Nobel de la Paz más ocupados en la cínica política que en los derechos humanos.