Humedales: La agonía de un ecosistema “sin marketing” pero clave para el país

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Los humedales ocupan 600.000 km2 de nuestro territorio
Los humedales ocupan 600.000 km2 de nuestro territorio

Son fundamentales para el medio ambiente y la biodiversidad en general pero, sin embargo, “muy poco marketineros”. Así describen los especialistas a los humedales, ecosistemas de los que en general suele hablarse en los medios únicamente cuando se pierden miles de las hectáreas que ocupan a lo largo y ancho del país, como ocurrió en 2020 con los incendios que causaron lo que se considera una de las mayores tragedias ambientales de nuestra historia. Las postales que quedaron fueron desgarradoras. Solo un ejemplo: el paisaje verde y repleto de vida del Jaaukanigás –un humedal de 500.000 hectáreas en Santa Fe– se quemó casi por completo.

En ese contexto, los especialistas consultados por LA NACION coinciden en que la protección de esos ecosistemas que ocupan 600.000 km2 de nuestro territorio (el 21,5% del país), es una deuda ambiental impostergable. Consideran que la sanción de una ley que implemente una política nacional de conservación, presupuesto mínimo, ordenamiento territorial y manejo sustentable de estos espacios es prioritaria. “El año pasado marcó un punto de inflexión: 2021 podría ser el año de los humedales”, repiten esperanzados desde las organizaciones que trabajan para protegerlos, mientras un proyecto en el que ponen todas sus expectativas espera avanzar en Diputados.

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Se trata de ecositemas que no solo juegan un rol clave en la mitigación del cambio climático, en frenar los gases de efecto invernadero y en prevenir inundaciones actuando como esponjas naturales, sino que tienen un sinfín de otros beneficios para la vida de todas las especies, incluida la humana. Protegerlos es el equivalente a invertir en el mejor seguro para la casa común: el planeta tierra.

“Los humedales tienen menos marketing que otros ecosistemas como los bosques, a pesar de que almacenan más carbono que el resto. Si bien la sociedad civil logró instalar el tema en los medios de comunicación, aún hay muchas personas que no conocen o aprecian su rol”, subraya Ana Di Pangracio, directora ejecutiva adjunta de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN). Según la referente, se los ve como tierra de descarte, “pantanitos feos” que deben ser destinados a usos productivos que llevan a su degradación y destrucción. “Eso no tiene tanto impacto en lo visual como la topadora que avanza sobre los bosques o los incendios”, dice.

Una vista del Jaaukanigás antes de los incendios de 2020
Municipalidad de Villa Ocampo


Una vista del Jaaukanigás antes de los incendios de 2020 (Municipalidad de Villa Ocampo/)

La imagen fue tomada después de los incendios por Román Murzyla, que vive en Villa Ocampo, una localidad de 25.000 habitantes al norte de Santa Fe a la que se conoce como “el corazón del Jaaukanigás". "Si bien por las lluvias se fueron recuperando los pastizales bajos, los incendios quemaron árboles de varios años", explica Román.
La imagen fue tomada después de los incendios por Román Murzyla, que vive en Villa Ocampo, una localidad de 25.000 habitantes al norte de Santa Fe a la que se conoce como “el corazón del Jaaukanigás". "Si bien por las lluvias se fueron recuperando los pastizales bajos, los incendios quemaron árboles de varios años", explica Román.


La imagen fue tomada después de los incendios por Román Murzyla, que vive en Villa Ocampo, una localidad de 25.000 habitantes al norte de Santa Fe a la que se conoce como “el corazón del Jaaukanigás". "Si bien por las lluvias se fueron recuperando los pastizales bajos, los incendios quemaron árboles de varios años", explica Román.

El fuego afectó un 80% del Jaaukanigás. Su caso es solo un ejemplo de la tragedia del año pasado. Según un informe publicado por el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación, se perjudicaron más de 1.151.931 de hectáreas en casi todas las provincias de la Argentina, aunque las organizaciones ambientalistas advierten que serían muchas más. Se desconoce qué porcentaje de ese total pertenece a humedales, pero los números con los que se cuenta son alarmantes: solo en el Delta del Paraná se quemaron 328.995 hectáreas, 16 veces la ciudad de Buenos Aires.

El combo explosivo estuvo compuesto por una sequía sin precedentes desde hacía 60 años, altas temperaturas y una baja pronunciadísima de los ríos que dejó sin agua a los humedales de la cuenca del Paraná, el Paraguay y el Uruguay. La acción del ser humano terminó de encender la mecha: desde el Servicio Nacional de Manejo del Fuego (SNMF), indican que el 95% de los incendios fueron producto de la intervención de las personas. Entre las primeras causas se encuentra el uso del fuego para la preparación de áreas de pastoreo, seguidas por el abandono de tierras, las fogatas y las colillas de cigarrillos mal apagadas. En resumen: negligencia, descontrol y desidia.

“Los humedales se encuentran en serio riesgo”, advierte Di Pangracio. Su agonía es lenta, larga, silenciosa y desconocida. La convención internacional de Ramsar, que protege a más de 2000 humedales en todo el mundo y de la cual Argentina es parte (hasta el momento, contamos con 23 humedales declarados de relevancia internacional), destaca que se perdió un 87% de la superficie de estos ecosistemas desde 1700 a la fecha. En nuestro país no contamos con datos precisos de esos retrocesos –“una de las tantas lagunas de información ambiental que tenemos”, según Di Pangracio–, pero la situación de emergencia no escapa a la tendencia mundial: desaparecen tres veces más rápido que los bosques.

¿Por qué se pierden estos ecosistemas? Entre los motivos, la referente de FARN enumera: el cambio de uso de suelo para la promoción de diversas actividades productivas, entre ellas la agricultura y ganadería industrial, la minería y otras industrias extractivas; la urbanización; las especies exóticas invasoras introducidas por el humano generalmente con fines de caza; el cambio climático; el desecho irresponsable de residuos sin tratar o tratados de forma deficiente, de origen doméstico o industrial.

En 2001, el humedal Jaaukanigás fue el noveno de la Argentina en ser declarado Sitio Ramsar: en total, el país suma 23.
Municipalidad de Villa Ocampo


En 2001, el humedal Jaaukanigás fue el noveno de la Argentina en ser declarado Sitio Ramsar: en total, el país suma 23. (Municipalidad de Villa Ocampo/)

Llegar a primera

En el último tiempo, “la agenda ambiental llegó a primera”, describe en términos futbolísticos Máximo Mazzoco, fundador de Eco House y miembro de la Alianza por el Clima. Habla de la irrupción del movimiento joven y de un mayor compromiso de gobiernos y organismos internacionales, entre otros actores, con la temática. “El recambio generacional es clave. En la Argentina hubo uno muy interesante en Diputados donde hoy tenés legisladoras y legisladores sub 35 que llevan la batuta de estos temas. La premisa fundamental es que conservar es más fácil que restaurar”, agrega.

Durante 2020 se presentaron 15 proyectos de ley para regular los humedales en la Argentina, 10 en Diputados y cinco en el Senado. Si bien los referentes coinciden en que el pasado noviembre se dio un gran paso cuando la Comisión de Recursos Naturales de Diputados aprobó un proyecto único y consensuado, el camino todavía es largo. ¿Cuál es el próximo paso? Las comisiones de Agricultura y Ganadería, de Intereses Marítimos, Fluviales, Pesqueros y Portuarios y de Presupuesto y Hacienda de Diputados deberán tratar y aprobar el tema para que luego sea debatido en el recinto y de ahí pase al Senado. Pero podría frustrarse por tercera vez, como ocurrió en 2013 y 2016 con los proyectos aprobados en la Cámara alta y cajoneados en la baja.

El proyecto actual tiene a favor que cuenta con el consenso de un abanico de sectores y según las organizaciones es la mejor versión a la que se llegó hasta el momento. En Change.org hay una campaña para darle un empujón: esperan llegar a 1.000.000 de firmas y ya superaron la mitad.

Cerrar la grieta

Gastón Fulquet, referente de la Fundación Humedales, que forma parte de la red global de Wetlands International, sostiene que la tragedia de 2020 puso sobre la mesa una problemática “que tiene que ver con las formas en que aprovechamos y usamos los humedales”. Cerrar la grieta entre quienes consideran que hay un antagonismo entre conservación y desarrollo (incluyendo a sectores que se oponen a la ley, como el agropecuario y el inmobiliario) y que entiendan que ambos pueden convivir, es uno de los principales retos. No se trata de no hacer un uso de los humedales, sino que sea sostenido y sustentable, reconociendo su valor y adaptándose a sus características.

Fernando Miñarro, director de Conservación de Vida Silvestre, suma: “La producción puede y debe participar de ese proceso de restauración, hay una oportunidad allí. La ganadería, por ejemplo, puede ser un actor muy importante cuando se realiza con buenas prácticas, compatibles con la conservación”. El ordenamiento del territorio, algo que vendría de la mano de la nueva norma, es una de las claves: “Con reglas claras de cómo hacer las actividades económicas sin afectar el ambiente y aplicando esa política de forma correcta, debería reducirse una problemática como la de los incendios”, asegura.

Mientras tantos, los referentes siguen de cerca el avance del proyecto en Diputados. Esperan que la protección de estos ecosistemas pase a ser una política prioritaria antes de que sea demasiado tarde.

Más información

Créditos

  • Algunas de las fotos de apertura de esta nota fueron tomadas por Marcelo Manera, de La Nación. Otras son gentileza de César Massi, Eduardo Bodino, Román Murzyla y la municipalidad de Villa Ocampo. Las imágenes de video son gentileza de la Fundación Humedales/Wetlands International y Museo Scasso.