¿Es posible un níquel verde? Una mina en el Pacífico Sur podría ser la respuesta

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Una vista de la mina. La tierra de Goro es rica en níquel y cobalto, elementos cruciales de las baterías de iones de litio más comúnmente utilizadas para los vehículos eléctricos, pero extraerlas requiere mucha energía. (Adam Dean/The New York Times)
Una vista de la mina. La tierra de Goro es rica en níquel y cobalto, elementos cruciales de las baterías de iones de litio más comúnmente utilizadas para los vehículos eléctricos, pero extraerlas requiere mucha energía. (Adam Dean/The New York Times)

GORO, Nueva Caledonia — El mar del Coral se extiende hacia el Pacífico Sur desde la costa rodeada de arrecifes de Nueva Caledonia. Unos pinos esbeltos, que conforman una línea de extravagantes árboles de Navidad, trazan los límites de la ribera. El paisaje, uno de los más biodiversos del planeta, es asombrosamente hermoso pero desde la cima de una colina se despliega un panorama distinto: una extensión de tierra roja perforada por chimeneas humeantes y camiones enormes que retumban por un terreno que recuerda a la superficie lunar.

Esto es Goro, la mina de níquel más grande ubicada en un pequeño territorio francés ubicado entre Australia y Fiji y que, según algunas estimaciones, podría albergar hasta una cuarta parte de las reservas de níquel del mundo. También plantea una prueba crucial para Tesla, el mayor fabricante de autos eléctricos del mundo, que quiere tomar el control de su cadena de suministro y asegurarse de que los minerales utilizados para las baterías de sus carros se extraigan de una manera ambiental y socialmente responsable.

La estrategia de Tesla —la maniobra más ambiciosa de un fabricante occidental de vehículos eléctricos para obtener minerales de manera directa— podría ser un modelo para una industria ecológica que se enfrenta a una paradoja incómoda: si bien hay consumidores atraídos a los autos eléctricos por su reputación medioambientalmente limpia, el proceso de extracción de elementos esenciales, como el níquel, es sucio, destructivo y, a menudo, políticamente complejo.

Nueva Caledonia es uno de los mayores emisores de carbono per cápita del mundo debido a su industria del níquel. Y la minería, que comenzó poco después de la colonización del territorio en 1853, está ligada estrechamente a la explotación de la comunidad indígena canaca. El legado de más de un siglo de tierras robadas y tradiciones desterradas ha hecho que la producción de níquel esté al centro de huelgas laborales y protestas políticas frecuentes.

Si se hace bien, el enfoque de Tesla —que tiene la capacidad de producir cerca de un millón de autos al año— podría liderar el camino para establecer estándares globales para la revolución de los vehículos eléctricos, otra decisión que desafía las convenciones del enigmático fundador de la compañía, Elon Musk. También les da a las compañías automotrices occidentales una alternativa para eludir a China, que actualmente domina la producción de baterías para vehículos eléctricos.

Si se hace mal, Goro será una advertencia de lo difícil que es garantizar una sostenibilidad verdadera. “Ser ecológico” o “actuar de manera local” son calcomanías que se ven lindas en un Tesla. Sin embargo, alcanzar estos ideales no solo requerirá dinero e innovación, sino también conocimiento sobre uno de los lugares más remotos del planeta, un grupo de islas dispersas gobernadas por Francia que están al borde de la independencia. Algunas de las mayores mineras de níquel del mundo han intentado obtener ganancias en Goro, pero fracasaron.

“Somos una cosa minúscula en medio de una jurisdicción complicada”, dijo Antonin Beurrier, director ejecutivo de Prony Resources, el consorcio que este año tomó posesión de la planta de níquel de Goro. “Y tenemos que reinventar el negocio”.

La planta de procesamiento de la mina de níquel Prony Resources en Goro, Nueva Caledonia. (Adam Dean/The New York) Times
La planta de procesamiento de la mina de níquel Prony Resources en Goro, Nueva Caledonia. (Adam Dean/The New York) Times

Reinventar la industria es prácticamente el mantra de Musk, ya sea en la conducción en piloto automático de los automóviles o en los viajes espaciales. Tesla se ha posicionado como el impulsor ideal, quizá el único, que puede transformar esta mina deficiente y plagada de crisis políticas y ambientales.

Musk ha insistido, a diferencia de los otros fabricantes automotrices importantes en Estados Unidos, en comprar una buena parte de los principales minerales que se necesitan para las baterías de sus automóviles directamente de minas en todo el mundo, una estrategia con la que asegura el suministro de todos los componentes necesarios a medida que aumenta la producción de vehículos y se intensifica la competencia mundial por estos materiales. Un gerente de Tesla que solía trabajar en las instalaciones de Goro ayudó a diseñar el plan, y en octubre la compañía llegó a un acuerdo para comprar directamente hasta un tercio del níquel de Goro durante los próximos cinco años.

La visión de lo que podría llegar a ser Goro es tentadora. Las emisiones de carbono se desplomarían y la planta de procesamiento de níquel estaría impulsada por energías renovables. Los desechos líquidos tóxicos, conocidos como relaves, se empaquetarán como residuos limpios y secos. Las comunidades locales se asociarán para decidir la mejor manera de aprovechar los recursos naturales en las tierras tribales.

En un informe de sostenibilidad, Tesla cubrió todas las necesidades. Al trabajar directamente con una mina, en vez de comprar níquel con un intermediario, la empresa podría “abordar cuestiones de sostenibilidad como el impacto de la biodiversidad, el consumo de energía, los derechos humanos y la gestión de desechos”.

“Tesla trabaja directamente con los productores de minerales y refinadores que están alineados con nuestra misión y están comprometidos con el suministro de materiales de origen sostenible y responsable”, se lee en el informe.

Tesla todavía depende de metales que provienen de minas ubicadas en países que han sido señalados por abusos medioambientales y de derechos humanos. Y a medida que el mundo hace una transición de los combustibles fósiles a las energías renovables, las limitaciones en el acceso a estos minerales han puesto en aprietos a las empresas. A principios de este año, Musk escribió en Twitter que la “mayor preocupación” de su compañía para ampliar la producción de baterías era garantizar un suministro apropiado de níquel. (El níquel se usa para acumular más energía en las baterías).

Siguiendo el ejemplo de Musk, los empleados de Tesla casi no hablan con los medios de comunicación y han dicho poco sobre el acuerdo con Nueva Caledonia. Para los fabricantes de automóviles que necesitan minerales y materiales de todo el mundo, cualquier escrutinio sobre sus cadenas de suministros —incluso sobre los nuevos esfuerzos para limpiar sus procesos—, podría no ser bien recibido. Por ejemplo, algunas empresas automovilísticas han sido criticadas por usar cobalto extraído en condiciones inseguras, a veces con el trabajo de niños, en la República Democrática del Congo.

Si existe un lugar que puede lograr la hazaña del níquel verde, Nueva Caledonia cumple con todas las condiciones. Al ser un territorio francés de ultramar, Nueva Caledonia, con una población de 270.000 habitantes, depende de las rigurosas normas europeas medioambientales y laborales. Su gobierno —liderado por una coalición que representa a los indígenas canacos, generaciones de colonos europeos y franceses recién llegados, así como asiáticos e isleños del Pacífico que llegaron para trabajar en las minas— también está ansioso por proteger los derechos locales.

Otros productores importantes de níquel, como Indonesia y Filipinas, tienen regulaciones menos draconianas y una supervisión bastante relajada. Y pueden producir níquel mucho más barato que Nueva Caledonia. Para competir con estos rivales, Nueva Caledonia se está posicionando como un proveedor de níquel de primera calidad para baterías recargables y no como el productor de un material más barato que se usa para el acero inoxidable.

“Nueva Caledonia es percibida como un país que contribuye a la lucha contra el calentamiento global por su manera de explotar el mineral”, dijo en una entrevista el presidente del territorio, Louis Mapou. “Tenemos costos de producción muy altos en Nueva Caledonia, es cierto, pero respetamos los derechos humanos, los derechos de la población local y el medioambiente”.

Incluso con esas protecciones, la extracción de recursos naturales sigue siendo un tema delicado en Nueva Caledonia. Los precios del níquel aumentaron alrededor de un 25 por ciento en 2021, lo que refleja la relevancia del mineral en la campaña para dejar de lado a los combustibles fósiles. Pero hasta ahora, eso no ha generado mayores ganancias para los mineros.

El anterior dueño de Goro, el gigante minero brasileño Vale, estaba desesperado por deshacerse de la mina. Las tensiones sobre quién compraría la planta de procesamiento de níquel derivaron en protestas que obligaron a cerrar durante meses, la clase interrupción de la cadena de suministro que podría ser desastrosa para Tesla. El conflicto también provocó la caída del gobierno de Nueva Caledonia a principios de 2021.

“En la historia del níquel en Nueva Caledonia existe una batalla entre la multinacional y las poblaciones locales, y también está la historia colonial”, dijo Mapou, quien asumió el poder después del conflicto de Goro y es el primer presidente canaco del territorio. “Con Tesla, el nuevo propietario, tenemos un compromiso ahora que hace posible abrir la planta de Goro, pero sigue siendo frágil”.

Los enfrentamientos

La carretera costera que conduce a Goro serpentea por una bahía salpicada de corales de colores vívidos, y está llena de autos carbonizados. Las decenas de vehículos quemados son los saldos de la disputa que duró meses, dejó inactiva la mina y en febrero produjo el colapso del gobierno de Nueva Caledonia. También son un recordatorio visceral de la tensión política que podría obstaculizar los esfuerzos de Tesla para tener un suministro constante de níquel.

André Vama fue uno de los cientos de miembros del pueblo canaco que bloquearon la carretera con llantas y autos en llamas para interrumpir las operaciones de la mina.

“Hemos estado en contra de esta mina desde el principio”, dijo Vama, líder de un grupo ambiental local. “Este es nuestro patrimonio nacional, nuestro patrimonio, y los canacos, víctimas de la historia, no controlan lo que debería ser nuestro”.

La oposición a la mina deriva tanto de inquietudes políticas como de temores ambientales. La planta de procesamiento de Goro, que depende del bombeo a alta presión de ácido, comenzó a funcionar en 2010, después de años de disputas con los canacos por los derechos de la tierra. En cinco años, la instalación sufrió cinco derrames de productos químicos.

En 2014, la fuga más grande vertió 100.000 litros de desechos en un arroyo. Miles de peces murieron, según los grupos ambientalistas.

La preocupación de los habitantes de Nueva Caledonia se incrementó cuando se produjo uno de los desastres más mortíferos de la historia reciente en una mina gestionada por Vale. En 2019, una presa de relaves en una mina de hierro en Brasil explotó e inundó una cantina de trabajadores y casas cercanas: 270 personas murieron en ese incidente. La gerencia de Vale en Nueva Caledonia —cuyos integrantes, en su mayoría, ahora trabajan para Prony Resources— dijo que la presa de desechos de Goro se diseñó de manera diferente. Pero la imagen era alarmante.

“Sin duda teníamos que hacer un esfuerzo para demostrar que la seguridad y la sostenibilidad son nuestras principales prioridades”, dijo Denis Loustalet, director de sostenibilidad de Prony Resources. “Incluso un accidente pequeño es demasiado”.

En varias ocasiones, Goro ha sido un tema álgido en las décadas de lucha por la independencia de Nueva Caledonia. En 2014, después del derrame, los canacos incendiaron las instalaciones de la mina, que en la mente de muchos locales estaban vinculadas a la autoridad colonial. La producción de la mina se suspendió durante más de un mes. Vale estimó el daño en 30 millones de dólares.

La protesta más reciente comenzó a finales del año pasado, cuando los habitantes del territorio fueron convocados para votar en un referéndum de independencia, un momento político álgido. Cuando el “no” ganó por un estrecho margen en la votación, los canacos tomaron las calles. Vale ya había anunciado sus intenciones de salir de Nueva Caledonia y estaba en negociaciones para transferir la propiedad a, entre otras empresas, Trafigura, un controversial comerciante internacional de materias primas.

Esta vez, la comunidad canaca, en buena medida excluida de las negociaciones originales de Goro, exigió tener más control. Cuando se divulgaron los rumores de las intenciones de Vale, trabajadores canacos y pobladores cercanos irrumpieron en el complejo de Goro y volvieron a incendiar las instalaciones.

Agentes de la policía resultaron heridos. La destrucción, el bloqueo y el cierre posterior de la mina volvieron a costarle al complejo minero decenas de millones de dólares.

Según las autoridades, uno de los instigadores del acto violento fue el hermano mayor del presidente Mapou, quien es un jefe comunitario.

Después de meses de negociaciones, en marzo se llegó a un acuerdo: el 51 por ciento del nuevo consorcio de propietarios de Goro, Prony Resources, estaría controlado por el gobierno provincial, los trabajadores mineros y miembros locales de la comunidad. Trafigura tendría el 19 por ciento de la propiedad, en lugar del 25 por ciento que estaba establecido al principio.

El acuerdo de Tesla, anunciado medio año después, fue acogido con júbilo por los líderes políticos canacos, quienes dicen que obligará a Goro a cumplir con altos estándares.

La ejecutiva de Tesla que negoció el acuerdo es Sarah Maryssael, encargada del abastecimiento responsable de metales para baterías del fabricante de autos. Maryssael, una ingeniera australiana, ya había trabajado antes en Goro y sabía cómo navegar las complejidades políticas de Nueva Caledonia, según Beurrier, el director ejecutivo de Prony, y políticos locales.

“Sin el conflicto, con los canacos alzando la voz, no estaríamos donde estamos hoy”, dijo Roch Wamytan, presidente del Congreso de Nueva Caledonia. “Ahora podemos dormir tranquilos porque sabemos que el mundo entero está observando y así nos aseguramos de que hay un compromiso serio con el níquel verde”.

“El acuerdo de Tesla logró que eso sucediera”, agregó.

Un lugar en el Pacífico

Una rápida lección de hidrometalurgia: la tierra de Goro es rica en níquel y cobalto, elementos clave en las baterías de iones de litio que son las más usadas en los vehículos eléctricos. Para extraer los minerales útiles se necesita bastante energía. Y eso produce muchas emisiones peligrosas.

Primero, excavadoras, cargadores y camiones gigantescos que funcionan con combustibles fósiles recogen la tierra y la arrastran. Luego, esa tierra se traslada a una instalación de carbón que aplica ráfagas de ácido sulfúrico a alta presión, y con altas temperaturas, para extraer níquel y cobalto.

Para 2030, Prony Resources promete que reducirá sus emisiones de carbono a la mitad y, una década después, que sus operaciones lograrán la neutralidad de carbono. Los desechos de la planta, que actualmente se almacenan como lodos tóxicos en una presa, serán filtrados y transformados en desechos secos menos corrosivos, utilizando un nuevo sistema que implicó una inversión de 420 millones de dólares.

Los ejecutivos de Prony aseguran que el carbón sucio utilizado por la planta de procesamiento será remplazado por una gran colección de paneles solares. Las singulares plantas nativas florecerán a su sombra.

Sin duda, la promesa de Tesla de ayudar a la transformación de Goro funcionará bien con los consumidores conscientes del medioambiente. En julio, Tesla también firmó un acuerdo de suministro de níquel con BHP Billiton en Australia. El trato llegó con promesas de utilizar la tecnología de cadenas de bloques para rastrear la cadena de suministro de minerales.

Sin embargo, Goro y las otras operaciones mineras no podrán proporcionarle a Tesla todo el níquel que necesita para convertirse en una empresa ecológica.

Algunos de los coches de Tesla funcionan con baterías fabricadas con níquel procesado por gigantes como Sumitomo Metal Mining. La firma japonesa ha obtenido gran parte de su níquel de lugares como Filipinas, Indonesia y Madagascar, donde abundan las denuncias de infracciones ambientales y laborales. (Sumitomo no respondió a las solicitudes de comentarios).

Además, como la extracción de níquel consume mucha energía, la fabricación de vehículos eléctricos emite casi el doble de dióxido de carbono que la producción de automóviles que funcionan con combustibles fósiles, según estimaciones de Trafigura.

Existe otro obstáculo en los esfuerzos por agilizar el proceso de fabricación de baterías. La mayor parte del níquel destinado a las baterías de vehículos eléctricos, incluido el de Goro, se destina a un solo lugar: China.

Después de más de una década de apoyo estatal, China domina la fabricación de baterías. Por ahora, ningún fabricante de automóviles occidental, ni Tesla, Ford o Volkswagen, puede cargar todos sus coches eléctricos sin Pekín. Europa controla menos del 5 por ciento del proceso, según Trafigura. Estados Unidos apenas participa en el mercado.

Tesla tiene planes de producir baterías en Texas y Alemania y General Motors en Ohio, lo que ayudaría a evitar una dependencia excesiva de China. Al asegurar el níquel en lugares como Nueva Caledonia o Australia, y luego enviar el mineral directamente a sus propias instalaciones de fabricación de baterías, Tesla podría reducir la huella de carbono de sus envíos.

El factor China también influye en la geopolítica del Pacífico. Nueva Caledonia es la única parte de Melanesia, un arco de islas en el Pacífico Sur, que no está tan ligada al dominio económico y político de Pekín. En cada uno de los tres referéndums de independencia fallidos, el más reciente de este mes, los ciudadanos leales a Francia argumentaron que liberarse significaría que Nueva Caledonia cambiaría a sus amos coloniales por el control de facto de China.

Para mantener su influencia en Goro, el gobierno francés ha firmado préstamos por unos 200 millones de dólares y lo más probable es que asigne aproximadamente la misma cantidad en el presupuesto del próximo año.

“El impulso hacia el níquel verde no es solo para obtener una ventaja competitiva global”, dijo Christopher Gygès, ministro de Economía, Comercio Exterior y Energía de Nueva Caledonia. “También queremos demostrar que somos europeos y cumplimos con las normas laborales y medioambientales adecuadas”.

Gygès, quien hizo campaña contra la independencia de Nueva Caledonia, agregó: “No somos China, no somos Indonesia, no somos Filipinas. Somos Francia en el Pacífico”.

La carga colonial

Marie-Michèle Robert-Agourere, técnica de laboratorio de Goro, es un ejemplo de los beneficios sociales de la mina. Ella creció en un pueblo cercano. El laboratorio cuenta con ocho mujeres y dos hombres, el tipo de proporción que podría complacer a un comprador de Tesla con conciencia social.

“A los chicos no les gusta porque requiere mucha delicadeza y precisión”, dijo Robert-Agourere sobre su trabajo de análisis de sedimentos.

Desde la perspectiva de Prony Resources, la mina está ayudando a generar empleos para personas que, de otra manera, tendrían dificultades para encontrar trabajo. Alrededor del 40 por ciento de los jóvenes están desempleados, según dicen los líderes políticos. Aunque pueden asistir a universidades en Francia, pocos indígenas tienen títulos de educación superior.

La estratificación racial es evidente en Goro. Beurrier, director de Prony Resources, es blanco y creció en Francia. La mayoría de los altos directivos de la mina son blancos. Los conductores y trabajadores suelen ser de la zona.

Durante siglos, el níquel ha estado en el centro del corazón político de Nueva Caledonia, y Tesla tendrá que lidiar con esa historia.

En 1774, James Cook, el explorador británico, navegó por Prony Bay, frente a la mina Goro. A mediados del siglo XIX, Nueva Caledonia fue una colonia penal para los franceses y los topógrafos descubrieron níquel en el suelo.

Pronto, los colonos franceses les robaron a los pueblos indígenas sus tierras tribales y los obligaron a instalarse en reservas. Y los colonos blancos recibieron las concesiones mineras.

Los franceses trajeron trabajadores mineros de Asia y otras islas del Pacífico, cambiando el equilibrio étnico. En menos de 75 años, la población oriunda de esa región se redujo aproximadamente a la mitad debido a las enfermedades, los conflictos y la dura vida bajo un poder colonial abusivo.

Después de que el conflicto armado en Nueva Caledonia cobró decenas de vidas en la década de 1980, París prometió un cambio. A los ciudadanos se les dio una participación significativa en la industria del níquel. Pero no fue hasta este año que la planta de procesamiento de Goro pasó a ser propiedad local mayoritaria.

Debido al legado ambiental y político de Goro, parece probable que las tensiones regresen a la mina. El níquel está demasiado entrelazado en la historia racial y colonial del territorio.

Goro todavía depende de un proceso intrínsecamente peligroso para producir níquel, esa combinación de ácido y extracción a gran temperatura y presión. Tesla señaló en su informe de sostenibilidad que los productores de metales con los que se asocia se están comprometiendo con un punto de referencia de la industria llamado Iniciativa para Garantizar la Minería Responsable, que cubre todo, desde la gestión de residuos hasta los derechos de los pueblos indígenas.

IRMA, como se le conoce, es más estricta que cualquier ley minera nacional. Sin embargo, Beurrier dijo a fines de noviembre que nunca había oído hablar de eso.

Tesla también podría alejarse de Goro, si encuentra una forma de usar otros metales en sus baterías, reduciendo su dependencia del níquel y dejando a la región sin un comprador dominante que exija mejores prácticas.

“No es necesario que sea de níquel o cobalto”, dijo Drew Baglino, vicepresidente sénior de Tesla, en una conferencia telefónica en octubre. “Siempre hay otra opción”.

El mes pasado, las divisiones de Goro se evidenciaron durante una ocasión festiva: la boda de Sabrina Manique y Jacques Atti. Ambos trabajaron en Goro, pero durante el reciente conflicto, Atti colaboró con el bloqueo. Cuando la mina reanudó sus actividades, se negó a regresar a un lugar que le recordaba a la opresión histórica. Manique volvió a trabajar y conduce un camión.

“Ella es libre de hacer lo que quiera y yo haré lo que quiera”, dijo Atti el día de su boda.

Los invitados eran una mezcla de las personas que trabajaban en Goro y quienes hicieron campaña en su contra. Pero incluso aquellos que dependen de la mina para su sustento parecían escépticos ante la posibilidad de que su tierra tribal pudiera ser destruida sin consecuencias.

“El níquel verde no es verde para nosotros”, dijo Gilbert Atti, el hermano del novio. “Dile eso a Tesla, esa gran empresa estadounidense”.

Eric Lipton colaboró en este reportaje.

Eric Lipton colaboró en este reportaje.

© 2021 The New York Times Company

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