Myanmar: los militares vuelven al poder de un país que ya no es el mismo

Shibani Mahtani
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HONG KONG.- El golpe de Estado militar en Myanmar pareció estar planificado: cortaron la señal de celulares e internet, salieron con los tanques a las calles de Naipyidó, capital del país, donde los soldados rodearon a los funcionarios elegidos democráticamente, y ya tenían listo un nuevo gabinete, con decretos que fueron publicados el martes a la mañana en los medios de prensa estatales.

Pero un día después de haber derrocado al gobierno civil de la primera ministraAung San Suu Kyi, una abierta intervención en el poder que no hacían desde hace tres décadas, los altos mandos militares birmanos no parecen tener claro cómo sigue la historia.

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Una de las preocupaciones centrales de los militares es hasta dónde puede o está dispuesto a llegar para neutralizar a su archienemigo político, la Liga Nacional para la Democracia (LND) y su popular conductora, la ahora destituida Suu Kyi. El golpe se concretó horas antes de la sesión de apertura del Parlamento con su nueva constitución, después del aplastante triunfo de la LND en las elecciones de noviembre.

Hasta el martes, Suu Kyi seguía bajo arresto domiciliario en Naypyidó, según una persona de su entorno familiar. Los ministros de su gabinete, también arrestados durante la insurrección militar, fueron liberados gradualmente y reemplazados en sus cargos por exmilitares y partidarios del golpe.

Ahora los militares vuelven a tomar el poder bajo el mando de Min Aung Hlaing, su comandante en jefe de 64 años, pero se encontrarán con un Myanmar radicalmente distinto al que gobernaron brutalmente durante medio siglo de dictadura, hasta 2010.

A partir de ese año, el ejército propició la apertura del país al mundo exterior, habilitó la libertad de expresión, incipientes instituciones de la sociedad civil, y algunos medios de prensa independientes. En 2015 se celebraron elecciones cuasi-democráticas, que llevaron al poder a Suu Kyi, en un incómodo acuerdo de poder compartido con los militares. Yangon, la mayor ciudad del país, es actualmente un centro comercial relativamente moderno.

Deshacer todo eso -y un retroceso a gran escala a los años oscuros- sería inviable sin los costos de una represión a gran escala.

"El manual que usaron los militares a principios de 2000 quedó obsoleto", dice Richard Horsey, analista independiente radicado en Saigón. "No existían las redes sociales, no toma en cuenta Facebook ni entiende que la gran mayoría del país ahora está conectada."

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De hecho, Hosey señala que el martes los militares se vieron obligados a restablecer las comunicaciones, ya que el apagón del lunes había impedido transacciones básicas que en los últimos años se han vuelto comunes para los birmanos, como los pagos móviles, los cajeros automáticos y el posnet.

"Ese mundo que los militares buscan controlar es muy distinto del que creen, y exige otro modo de hacer las cosas", dice Horsey.

La liberación de los exministros

El golpe del lunes llegó como coronación de varias semanas de tensiones políticas. Los militares y su brazo político-partidario venían denunciado fraude generalizado en las elecciones de noviembre, denuncias que la justicia electoral desestimó por infundadas.

Los militares decretaron el estado de excepción durante un año y prometieron celebrar elecciones después de ese plazo. Y no han dicho mucho más, salvo insistir con sus acusaciones de fraude y de difundir un sucinto plan de seis pasos para sofocar los conflictos étnicos, frenar la pandemia de coronavirus y reformular la justicia electoral.

A través de un comunicado del día martes, la mesa directiva de la LND le reclamó tres cosas a los militares: la liberación de todos los detenidos, la promesa de reconocer y honrar el resultado electoral, y la autorización para conformar el nuevo parlamento en línea con el voto de los birmanos.

La liberación de los detenidos empezó por los exministros de la LND. Otros legisladores, sin embargo, quedaron atrapados en sus dormitorios provisorios en la capital, cuartos austeros con cuchetas y sin cocina. Un legislador comentó que el lunes por la mañana llegó un camión con provisiones y los soldados y la policía les permitieron comprar alimentos.

"No nos dejan salir del complejo", dice Ma Thandar, legisladora del LND, cuyo esposo murió bajo custodia de los militares en 2014. "Pero por lo menos ahora podemos conectarnos a Facebook y usar el celular para tranquilizar a la familia y los amigos."

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Más preocupante, dice Thandar, es la situación de Suu Kyi, que sigue detenida sin que los militares hayan hecho referencia a su liberación. El fallecido esposo de Thandar también era guardaespaldas de Suu Kyi, pero la mujer señala que la LND está llena de exprisioneros políticos, y que por lo tanto están preparados para enfrentar la persecución.

"Sé que nuestra gente tiene experiencia en este tipo de situaciones", dice la legisladora. "Así que vamos a actuar con calma."

Aislar a amigos y adversarios por igual

La jugada de los militares birmanos tomó por sorpresa a los socios diplomáticos de Myanmar, no solo Estados Unidos, que contribuyó a impulsar la transición cuasi-democrática del país, sino también China, que había forjado vínculos con Suu Kyi y su partido.

"A China le conviene la estabilidad, que Myanmar sea un país normal con el que puedan trabajar", dice Yun Sun, director del Programa para China del Centro Stimson y especialista en relaciones China-Myanmar. "China sabe que a pesar de ser una fuerza democrática, la LND no es adversa a sus intereses."

El ministro de relaciones exteriores de China, Wang Yi, se reunió con Suu Kyi en varias ocasiones, la más reciente el mes pasado, cuando manifestó su apoyo a la "buena administración" del gobierno de la primera ministra. De hecho, Pekín estaba trabajando con la NLD en varios proyectos en el país, incluido un corredor económico, un proyecto de urbanización en Yangon y un puerto de aguas profundas.

Sun dice que Pekín, por su parte, pudo reparar su reputación en Myanmar gracias a la cercanía de Suu Kyi con China.

"Bull Piano", un blog en WeChat vinculado a la agencia de noticias oficial china Xinhua, pero que no refleja la posición del gobierno, publicó que "ante la noticia del golpe militar, China reaccionó con más preocupación y alarma que Occidente".

"No olvidemos que en los últimos años, ha habido muchos casos de bombas lanzadas hacia el territorio chino desde Myanmar, que dejaron muertos y heridos en la zona fronteriza", dijo el escritor anónimo del posteo, refiriéndose a los conflictos étnicos que cunden en la zona. "Si Myanmar no es estable, la frontera suroeste de China quedará comprometida."

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Por otro lado, las agrupaciones de la sociedad civil contrarias a la toma del poder por parte de los militares han comenzado a organizar actos de desobediencia civil. Si bien Suu Kyi, de 75 años, y su partido de gerentes que saltó a la palestra en 1988 no han propiciado el surgimiento de una nueva generación de líderes, los jóvenes activistas liberales han encontrado su propia voz.

Con el poder de las redes sociales y de aplicaciones de mensajería segura, están encontrando maneras de defenderse y contratacar en sus propios términos. Muchos vistieron de negro sus perfiles de Facebook. Algunos médicos de los hospitales públicos se comprometieron a no trabajar con el nuevo gobierno militar, una medida que puede ser paralizante en tiempos de pandemia. Myanmar acababa de empezar a vacunar a su población, una campaña liderada por Suu Kyi.

Nadie cree que después de un año de gobierno militar, la celebración de otras elecciones, por justas que sean, vaya a cambiar el panorama.

"A la gente no le gustó el golpe", dice la legisladora Ma Thandar. "Y el único resultado será que la LND tendrá más apoyo todavía."

Traducción de Jaime Arrambide