Murió el folklorista Omar Moreno Palacios, referente fundamental de la música criolla

Mauro Apicella
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Omar Moreno Palacios
Ignacio Sanchez

Omar Moreno Palacios, uno de los mayores referentes de la música criolla de la región pampeana, falleció anoche, a los 82 años. Había nacido en Chascomús, en 1938, y de muy joven abrazó la guitarra para iniciar una camino tanto en la composición como en la difusión de la música llamada “surera”, de la provincia de Buenos Aires. Milongas, huellas, triunfos, entre otros géneros fueron la materia prima de su arte, junto con la idiosincrasia campera, nutrida de tradiciones que supo defender. “Sencillito y de alpargatas”, “Nunca te dije nada” o el triunfo “Provincia de Buenos Aires” fueron algunos de sus temas más conocidos.

En la vida de Moreno Palacios el canto estuvo complementado por la crianza de caballos criollos, su gran pasión, que comenzó cuando era muy chico. Solía contar una anécdota que había sido la chispa que lo motivo a escribir una de sus canciones más entrañables: “Piso de tierra, patio de casa”. “Si mi papá viviese cumpliría años los 19 de noviembre. Un 19 de noviembre me dio un ataque de casa vieja y retrocedí en el tiempo hasta mis 8 años. Me encontré con una casa antigua, con un terreno que en una de sus partes se entraba por una calle y se salía por la otra, con un tremendo ombú en el fondo, frutales, palmeras. Muchas flores había en mi casa, mucha huerta había en mi casa. Mi papá, que era muy bichero, tenía gaviotas, lechuzas, teros, un flamenco que se llamaba Camilo, charitos, algún ñandú, gallinas y patos. Y entre todo ese bicherío una petisa zaina en la cual yo aprendí a andar a caballo”, explicó.

Su debut sobre un escenario fue a los 8 años, como alumno de Mario Pardo, en el teatro Manuel J. Cobo, de la ciudad de Lezama, Provincia de Buenos Aires. A los 12 se presentó como guitarrista en Ayacucho y a los 18 se mudó a Montevideo, tierra de sus abuelos, donde comenzó su carrera profesional. Sus comienzos fueron en 1957, con actuaciones en Radio Carve, donde también estaban Charlo y Sabina Olmos.

Hombre de anécdotas

A partir de la década del sesenta comenzó su labor en la Argentina. Y hacia finales del siglo pasado, su trabajo como tradicionalista tuvo también muy buena repercusión en países europeos. Siempre vestido con pilchas gauchas, cada vez que subía a un escenario, fue un gran difusor de tradiciones. Lo hizo con cada recital y en programas radiales que condujo. Aunque Moreno Palacios también fue un folklore en sí mismo, con un modo de decir y de cantar únicos, con una capacidad sin par para crear historias a partir de personajes reales con nombre dignos de una literatura hiperrealista.

Y detrás de cada gesto, cada comentario o hasta de una de las prendas que usaba podía haber una anécdota. De sus alpargatas bordadas, del cuchillo, de cada caballo (a los que les ha dedicado discos enteros), o de una boina con borla trenzada. De ese modo, con sus historias también hablaba de su propia historia. “La borla que tiene arriba [decía de su boina] era el símbolo de los que eran domadores de caballos de oficio. No esos que alguna vez domaron un potro. Identificaba a los que tenían el oficio. También tienen una historia las alpargatas bordadas que uso. Los moros estuvieron 800 años en España. Algunos maragatos de León llegaron al Río de la Plata, a principios de 1700, en dos contingentes. Unos recalaron en San José, Uruguay, de ahí era mi bisabuelo, Ceferino Palacios, tropero, cantor y guitarrero. Otro contingente se asentó en Carmen de Patagones. Por eso a los de San José y a los de Patagones le dicen maragatos. Ellos nos trajeron los bordados. Ya en 1930, los presos de la cárcel de Dolores bordaban alpargatas. Y eran mal vistos los que las usaban. ¿Por qué? Porque habían estado adentro o eran familiares o amigos de algún preso. Y yo desde el vientre de mi madre uso alpargatas bordadas y borla en la boina”, contaba.

Omar Moreno Palacios
Ignacio Sanchez


Omar Moreno Palacios (Ignacio Sanchez/)

Además, su idea de campo, con todo aquello que lo compone, era visto por Moreno Palacios casi de manera cosmológica. “Mi vida ha sido: mujeres (porque tengo muchas hermanas y he salido malcriados o consentido), caballo, canto, guitarra y tradición. Eso no ha cambiado para nada. La vida no se estudia, se aprende. Y yo la aprendo desde el caballo, la tradición y el gaucho. Absolutamente todo lo relaciono con el campo”, aseguraba.

Su principal argumento se basa en que el hombre llegó a ver (y viajar) más lejos de lo que su propia altura le permitía la primera vez que se subió a un caballo: “Porque el caballo es la segunda gran alianza que tuvo el hombre. La primera es el fuego. Cuando el hombre montó a caballo, al elevarse, vio lejos. Fue su mangrullo itinerante, lo desenraizó, le dio alas, acortó las distancias. Pasen los años que pasen, al entrar la primavera o el otoño el caballo recuerda la querencia. A mí se me fueron dos caballos que me dejó un amigo. Entonces pregunté de donde eran y los fui a buscar. Ahí estaban. El caballo vuelve a la querencia, pasen los años que pasen”. Omar también supo ver y llegar más lejos con su canto y su guitarra. Con sus propias composiciones, con las historias de El Pucheto, de los “Cuentos de Wimpi”, y con algunos clásicos del folklore.

Según el mismo contó en charlas con LA NACION, padeció gota (“La sufrí durante 36 años, hasta que me hablaron de un gaucho de Coronel Suárez que me curó”) y a los 70 le descubrieron un cáncer linfático. Conocida la noticia de su muerte, su familia explicó esta mañana que había estado internado varios meses debido a una encefalitis.