El mundo quiere los minerales raros de Groenlandia, pero en la isla desconfían

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Una vista de Inneruulalik, en Groenlandia, un lugar que tiene minerales que se disputan potencias y empresas mineras (Carsten Snejbjerg/The New York Times)
Carsten Snejbjerg

NARSAQ, Groenlandia.- La inmensa, remota y casi deshabitada Groenlandia es una isla conocida por sus paisajes helados, sus magníficos fiordos y sus glaciares que se desgajan en el mar. Pero se está haciendo famosa por algo más: los minerales raros que contiene. Y todo debido al cambio climático y a la alocada carrera del mundo para desarrollar tecnologías verdes y sustentables.

Por un lado, el calentamiento global derrite el hielo que cubre el 80% de la isla, pero también impulsa la demanda de minerales raros de nombres difíciles, como el neodimio y el disprosio, de los que Groenlandia podría tener abundantes reservas. Esos minerales conocidos como “tierras raras” se utilizan en turbinas, motores eléctricos y una gran variedad de dispositivos electrónicos, y son materias primeras esenciales para que el mundo logre vencer su adicción a los combustibles fósiles.

Un pescador en Narsaq, Gorenlandia (Carsten Snejbjerg/The New York Times)
Carsten Snejbjerg


Un pescador en Narsaq, Gorenlandia (Carsten Snejbjerg/The New York Times) (Carsten Snejbjerg/)

El monopolio casi absoluto de esos minerales lo tiene China, pero la noticia de que Groenlandia podría ser un proveedor rival ha desatado una especie de fiebre del oro del siglo XXI.

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Las superpotencias compiten por aumentar su presencia en la isla, los inversores multimillonarios apuestan a lo grande, y hay empresas mineras que se están desplegando por toda la isla en busca de níquel, cobalto, titanio, y sí, claro, también oro.

Pero aquellos que esperan explotar las riquezas de Groenlandia tendrán que lidiar con Mariane Paviasen y los habitantes mayoritariamente indígenas de la aldea de Narsaq.

Mariane Paviasen, miembro del Parlamento de Groenlandia que está en contra de la minería a gran escala (Carsten Snejbjerg/The New York Times)
Carsten Snejbjerg


Mariane Paviasen, miembro del Parlamento de Groenlandia que está en contra de la minería a gran escala (Carsten Snejbjerg/The New York Times) (Carsten Snejbjerg/)

Hasta que fue elegida miembro del Parlamento de Groenlandia, en abril de este año, Paviasen era gerenta de un helipuerto que presta un servicio crucial: es una de las pocas formas de llegar a Narsaq, esta aldea de apenas 1700 habitantes situada en la desembocadura de un fiordo, en el extremo sudoeste de la isla.

Las fuerzas que están cambiando la faz del planeta -el clima extremo causado por el aumento de las temperaturas y la creciente demanda de vehículos eléctricos y otras tecnologías ecológicas que utilizan metales raros- convergen en Narsaq, donde la principal actividad económica es la pesca es y la mayoría de la gente vive en casas de madera de colores brillantes y techos de membrana asfáltica.

Debido al cambio climático, el fiordo de Narsaq ya no se congela lo suficiente como para que los vecinos puedan cruzarlo con sus autos.

Una vista de Narsaq, Groenlandia  (Carsten Snejbjerg/The New York Times)
Carsten Snejbjerg


Una vista de Narsaq, Groenlandia (Carsten Snejbjerg/The New York Times) (Carsten Snejbjerg/)

Pero las cimas rocosas que están sobre Narsaq también podrían contener las más altas concentraciones de minerales raros del mundo. Hace unos años, por ejemplo, las reservas de piedra imán atrajeron a la aldea a una empresa australiana de capitales chinos que esperaba explotar el mineral en una mina a cielo abierto, pero se toparon con Paviasen.

La mina iba a crear puestos de trabajo y generar ingresos fiscales para la aldea, pero también produciría uranio radiactivo. Y eso alarmó a Paviasen, que en 2013 formó un grupo de protesta llamado justamente “Uranio no”.

“Nos iba a afectar a todos, así que tenía que hacer algo”, recuerda Paviasen.

Un campo con ovejas cerca de Narsaq. (Carsten Snejbjerg/The New York Times)
Carsten Snejbjerg


Un campo con ovejas cerca de Narsaq. (Carsten Snejbjerg/The New York Times) (Carsten Snejbjerg/)

Paviasen es una persona templada que habla en voz baja y elige sus palabras con cuidado, al menos cuando habla inglés, que no es su primer idioma. Pero en la zona también tiene fama de ser implacable, y su oposición a la mina la ha convertido en una figura conocida.

En las elecciones parlamentarias de abril, Paviasen y su grupo de protesta lograron superar el lobby que hizo la empresa minera Greenland Minerals e influyeron en la opinión pública para que favoreciera a un partido que prometía frenar la apertura de la mina.

El triunfo de Paviasen y su alianza de criadores de ovejas, pescadores y otros residentes fue una señal para todos los que codician las riquezas minerales de Groenlandia.

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El mensaje de las urnas fue claro: cualquier proyecto que amenazara el medio ambiente o los medios de subsistencia de la isla tendría que enfrentarse con la población local, que demostraba ser bastante capaz de hacer frente a intereses poderosos.

Paviasen también es consciente de que el dinero extranjero sigue al acecho. “Las empresas mineras saben lo que tenemos en Narsaq”, dice frunciendo el ceño. “No hay seguridad a futuro”.

Hacer minería “correctamente”

Los ejecutivos de las mineras dicen ser conscientes de la necesidad de prestar atención a las preocupaciones climáticas. Algunas empresas ven la oportunidad de convertir a Groenlandia en una fuente confiable de materias primas para la generación de energía y el transporte libres de emisiones de carbono.

“Se puede hacer minería correctamente”, dice Bo Moller Stensgaard, exgeólogo del gobierno danés y director ejecutivo de Bluejay Mining.

Pesacadores en el puerto de Narsaq (Carsten Snejbjerg/The New York Times)
Carsten Snejbjerg


Pesacadores en el puerto de Narsaq (Carsten Snejbjerg/The New York Times) (Carsten Snejbjerg/)

Stensgaard menciona los planes de Bluejay para empezar a extraer ilmenita, un mineral que contiene titanio, de un sitio de excavación a cientos de kilómetros al norte de Narsaq. Para separar la ilmenita de la arena negra que la contiene se utilizan imanes, en vez de productos químicos tóxicos, dice Stensgaard, y una vez completada la extracción, la arena se devuelve a su lugar.

“Mucho dinero para la gente de acá”

Desde que las elecciones de abril llevaron al poder a un gobierno anti-uranio, la empresa Greenland Minerals ha mantenido un perfil bajo, pero no ha renunciado a sus planes de minería en las inmediaciones de Narsaq. La compañía está buscando la forma de dar respuesta a las preocupaciones de los vecinos, como enviar a procesar los minerales a otro lugar, en vez de separar el uranio en Narsaq.

Un iceberg en un fiordo cerca de Narsaq (Carsten Snejbjerg/The New York Times)
Carsten Snejbjerg


Un iceberg en un fiordo cerca de Narsaq (Carsten Snejbjerg/The New York Times) (Carsten Snejbjerg/)

La empresa se comprometió a capacitar a la población local para trabajar en la mina y a abastecerse de suministros con los proveedores locales siempre que sea posible. También encargó estudios que mostraban que la radiactividad de la mina sería insignificante y que el impacto sobre el medio ambiente sería mínimo.

El proyecto “será muy beneficioso para Narsaq y el sur de Groenlandia”, dice John Mair, director gerente de Greenland Minerals. “Y les daría un impulso económico significativo a las empresas locales”.

Pescadores locales en Narsaq. (Carsten Snejbjerg/The New York Times)
Carsten Snejbjerg


Pescadores locales en Narsaq. (Carsten Snejbjerg/The New York Times) (Carsten Snejbjerg/)

El mayor accionista de Greenland Minerals, con una participación del 9,4%, es Shenghe Resources, una empresa estrechamente vinculada con el Estado chino. Mair niega que Greenland Minerals sea un caballo de Troya de los intereses chinos y dice que la empresa Shenghe cumple un crucial rol de consultoría. “En Occidente no hay grupos empresarios que puedan igualar la competencia y la experiencia que tiene Shenghe en la extracción de minerales raros”, dice Mair.

Algunos vecinos apoyan el proyecto minero, pero en general no lo manifiestan. “Es empleo, trabajo y un montón de dinero para la gente de acá”, dice Jens Karl Petersen, un cocinero de Narsarsuaq, una antigua base aérea de Estados Unidos, a unos 50 kilómetros de Narsaq.

Una vista de Kvanefjeld, en Groenlandia, Aug. 20, 2021. Greenland has rare elements needed for electric cars and wind turbines. But protesters are blocking one project, signaling that mining companies must tread carefully. (Carsten Snejbjerg/The New York Times)
Carsten Snejbjerg


Una vista de Kvanefjeld, en Groenlandia, Aug. 20, 2021. Greenland has rare elements needed for electric cars and wind turbines. But protesters are blocking one project, signaling that mining companies must tread carefully. (Carsten Snejbjerg/The New York Times) (Carsten Snejbjerg/)

The New York Times

Traducción de Jaime Arrambide

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