Las mujeres de grupos étnicos minoritarios en el Reino Unido sufren por más tiempo las consecuencias de la suspensión de actividades económicas

Ceylan Yeginsu
Grafiti en el este de Londres el 13 de mayo de 2020. (Andrew Testa/The New York Times)
Una calle casi desierta en Mánchester, en el Reino Unido, el 24 de marzo de 2020. (Mary Turner/The New York Times)

LONDRES — Solo diez días después del anuncio del gobierno británico sobre la suspensión de actividades a finales de marzo, una mujer perdió los nueve empleos de limpieza que tenía. Otra fue despedida de una lavandería automática después de pedir un cubrebocas y una niñera que vivía en la casa de sus patrones fue despedida por haber utilizado el transporte público en su día libre.

En entrevistas individuales, las tres mujeres comentaron que esperaban pasarla mal durante el confinamiento. Sin embargo, ahora que la economía comienza a reactivarse, tanto ellas como otras mujeres de los peldaños más bajos de la economía dicen que todavía tienen problemas, pues traen a cuestas el lastre de las deudas acumuladas durante la suspensión y en muchos casos han sufrido recortes a sus salarios o se ven obligadas a trabajar más por el mismo sueldo.

Estas tres mujeres tienen algo en común: todas son mujeres de color, un grupo de la población que desde hace tiempo ha sido víctima de desigualdad económica y racial en el Reino Unido. Para colmo, las consecuencias financieras y psicológicas de la pandemia de coronavirus afectan de manera desproporcionada a este grupo, según un estudio reciente realizado por varias universidades británicas e instituciones de beneficencia dedicadas a mujeres.

“La COVID-19 ha puesto de relieve la cruel realidad de las desigualdades raciales preexistentes y en ningún área es más evidente que en los problemas sociales y económicos desproporcionados causados por la COVID-19 a las mujeres negras y de otros grupos raciales minoritarios”, explicó Zubaida Haque, directora de Runnymede Trust, organización con oficinas en Londres dedicada a la defensa de la igualdad racial.

En opinión de los expertos, la principal razón por la que las personas de color son tan vulnerables es que una mayor proporción está en condiciones de inseguridad laboral o corre el riesgo de perder su empleo, por lo que les resulta más difícil cumplir los requisitos para recibir ayuda del gobierno y protegerse del virus.

Minji Paik, esteticista coreana que trabaja en un salón de belleza en el este de Londres, comentó que ganaba 15 libras por hora antes de la pandemia, equivalentes a unos 19 dólares, más propinas. Ahora solo gana 10 libras por hora y ha tenido que trabajar turnos más largos debido a la escasez de empleados.

“Mi gerente dice que es una situación temporal y que me va a dar más dinero cuando sí ganemos dinero”, dijo Paik. “Pero lo cierto es que debería pagarme más porque trabajo dentro del salón y pongo en riesgo mi salud”.

Un estudio del gobierno sobre las disparidades de los riesgos y las consecuencias del coronavirus reveló que las tasas de mortalidad han sido más altas entre los negros, los asiáticos y otros grupos étnicos minoritarios que entre los blancos. El estudio descubrió que los chinos, los indios, los pakistaníes y otros asiáticos, así como los caribeños y otras poblaciones negras, tienen un riesgo entre un 10 y un 50 por ciento mayor de morir que el de los británicos blancos.

“En general, cuando las personas empiezan a hablar de las causas subyacentes de mortalidad, existe el riesgo de que se dé por sentado que la razón se relaciona con causas genéticas o con una mala dieta”, señaló Bridget Byrne, directora del Center on Dynamics of Ethnicity de la Universidad de Mánchester. “Pero en realidad hay que considerar el proceso más amplio del racismo y la estructura de la raza y las carencias.”

La naturaleza incierta del mercado laboral actual es un factor que también contribuye, destacó Byrne. “Hace que la gente esté más renuente a externar sus inquietudes. Les preocupa que, si dicen que no se sienten seguras y no les parece bien ir a trabajar, sean las primeras en perder su trabajo cuando haya despidos”.

Candice Brown, de 48 años, trabajadora de limpieza de origen jamaiquino, comentó que perdió todos sus clientes cuando se impusieron las medidas de confinamiento en marzo.

“Empezaron a llamarme uno por uno para decirme que no fuera”, recordó, en referencia a los propietarios de las nueve viviendas que solía limpiar cada semana en la ciudad de Mánchester, en el área noroeste del Reino Unido. “Cada llamada era como una bomba que iba destruyendo poco a poco mi medio de sustento, hasta que no me quedó nada de trabajo”.

Durante dos meses intentó recorrer el sistema de apoyo financiero del gobierno para los afectados por la pandemia e incluso le pidió prestado dinero a un amigo para contratar a un contador que le ayudara. No obstante, al final descubrió que no cumplía los requisitos para recibir ninguna ayuda porque no tenía la documentación necesaria para demostrar su historial laboral.

“Solicité el crédito universal”, dijo, en referencia al programa de apoyo al ingreso ofrecido por el gobierno. “Pero todavía estoy esperando. No he recibido ni un centavo”.

A pesar de que se han flexibilizado las medidas de confinamiento, a Brown nadie le ha pedido que regrese a trabajar porque sus patrones temen que contraiga el virus si trabaja en varios hogares distintos.

“No sé cuánto tiempo más podré sostener esta situación”, aseveró. “El primer mes, me preocupaba no tener dinero para pagar la renta y mis recibos de servicios. Ahora, la preocupación de qué haré para darles de comer a mis hijos no me deja dormir”.

A Zuhr Rind, de 48 años, pakistaní empleada en una lavandería automática en el este de Londres, le pidieron que cubriera el último turno cuando se anunciaron las medidas por la pandemia, para lavar los uniformes de los empleados que habían recolectado ropa de los clientes.

“No me gustó, pero ¿qué podía hacer? Es trabajo y temía perder mi empleo si discutía”, dijo.

Cuando pidió que le dieran un tapabocas, su gerente la reprendió, comentó.

“Es patético, Z”, le respondió su gerente en un mensaje de texto que le mostró a The New York Times. “Los médicos y enfermeros no tienen suficientes tapabocas y de todas formas van a trabajar”.

Rind dijo que la despidieron un día después. “Cuando tu piel es morena, hablas con acento y no tienes muchos años de escolaridad, no tienes opciones”, dijo. “Es una situación muy peligrosa durante la pandemia de COVID-19”.

La lavandería en la que trabajaba no respondió a nuestra solicitud de comentarios.

Verona Pollard, una enfermera de maternidad y niñera con muchos años de experiencia, ha aceptado empleos de medio tiempo para cuidar niños desde que la despidieron de su trabajo de tiempo completo como niñera porque su patrona se enteró de que había usado el transporte público en sus días libres.

“Fue implacable y no quiso recibirme de nuevo, ni siquiera después de que se suspendieron las medidas de confinamiento”, dijo en una entrevista telefónica. “Ha sido terrible desde entonces. Acepto trabajitos aquí y allá”.

Encima, la encuesta de Fawcett Society reveló que la ansiedad por motivos laborales era más elevada entre las mujeres negras y de grupos étnicos minoritarios, pues el 65,1 por ciento de las mujeres con empleos fuera de casa indicaron que sufrían ansiedad por tener que ir a trabajar durante la pandemia.

Brown, la empleada de limpieza de Mánchester, dijo que todavía está esperando la ayuda por desempleo y que les había pedido prestado a una amistad y a un antiguo patrón para sobrevivir. Nos dijo que desde hace algunas semanas siente un enorme estrés y que su ansiedad ha llegado a tal punto que tiene un sarpullido por todo el cuerpo y ha notado que se le cae el cabello.

“De verdad que lo que me está pasando ahora es peor que cualquier virus”, dijo.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company

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