Estas mujeres se enfrentan a dictadores. ¿Por qué nosotros no podemos?

Nicholas Kristof
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Unos matones con garrotes y machetes habían establecido un puesto de control improvisado a las afueras de la plaza Tahrir, o de la Liberación, de El Cairo para golpear a los manifestantes prodemocráticos y se me encogió el corazón cuando vi que los matones interceptaron a dos frágiles mujeres y las amenazaron.

No obstante, las mujeres, dos hermanas llamadas Minna y Amal, se mantuvieron firmes ese día durante la Primavera Árabe de hace una década. Me acerqué para entrevistar a las mujeres y a los matones, quienes llevaban navajas de afeitar y palos con clavos incrustados, la violencia extrañamente en pausa para realizar una entrevista conjunta, les pregunté a Minna y Amal por qué se arriesgaban tanto en la búsqueda de derechos políticos.

“Necesitamos la democracia en Egipto”, respondió Amal con franqueza. “Solo queremos lo que ustedes tienen”, agregó.

El valor sereno e indomable de Minna y Amal es uno de mis recuerdos más poderosos de la Primavera Árabe. Hay tantas personas como Minna y Amal que se arriesgan a ser golpeadas, torturadas, violadas y asesinadas en defensa de la democracia y no dejo de preguntarme por qué nosotros, los estadounidenses, que no tenemos nada que perder, a menudo no estamos dispuestos a hacer lo mismo.

Estados Unidos ha sido muy condescendiente con los derechos humanos en Arabia Saudita. Loujain al-Hathloul, nominada al premio Nobel de la Paz, fue encarcelada, torturada y agredida sexualmente por intentar promover los derechos de las mujeres. En lugar de defenderla a ella y a otras activistas encarceladas, el gobierno de Trump protegió a su acusador, Mohamed bin Salmán, el príncipe heredero de Arabia Saudita (a quien a menudo se hace referencia por sus iniciales, MBS), aun cuando este orquestó el asesinato de un columnista de The Washington Post. En sus ratos de ocio, MBS creó la peor crisis humanitaria del mundo, en Yemen.

Ahora se perciben los vientos del cambio. El martes, la Casa Blanca declaró que el presidente Joe Biden “va a recalibrar nuestra relación con Arabia Saudita” y no tratará con el príncipe heredero, sino con su padre enfermo, el rey Salmán.

Los funcionarios sauditas ven hacia dónde sopla el viento. Este mes finalmente liberaron a al-Hathloul, y también parecen dispuestos a resolver la catástrofe en Yemen. A decir verdad, Arabia Saudita, bajo el mandato de MBS, sí mejoró las condiciones de muchas mujeres y eliminó de los libros de texto el lenguaje de odio dirigido a judíos y cristianos (los libros de texto siguen despreciando a los musulmanes chiitas). Cuando visité Riad, me pareció que el príncipe heredero era muy popular entre los jóvenes de ese país, que lo veían como una bocanada de aire fresco.

Sin embargo, aunque se agradece la liberación de al-Hathloul, ella aún no podrá viajar ni hablar de lo que sufrió. Muchos otros sauditas inocentes siguen tras las rejas, entre ellos varios activistas por los derechos de las mujeres y el bloguero Raif Badawi, condenado a recibir mil latigazos y diez años de prisión (se le condonaron 950 latigazos).

En resumen, MBS es mercancía dañada. El rey Salmán y otros miembros de la realeza saudí deberían comprender la realidad de que, si el príncipe heredero se convierte en la práctica en el próximo rey, las relaciones de su país con Estados Unidos tal vez no se recuperen en décadas.

Tal vez estés poniendo los ojos en blanco ante todo esto. Algunos practicantes de la “realpolitik” ven la preocupación por los derechos humanos como una tontería y creen que lo que realmente importa es que una nación sea fuerte, temida y esté equipada con un poderoso ejército. Advierten que el idealismo simplista conduce a desastres como la guerra civil en Libia y que lo que favorece los intereses de estadounidenses y extranjeros por igual es la estabilidad y las relaciones estables con autócratas que en ocasiones son detestables.

Mi respuesta es que debemos poner en una balanza nuestros intereses y nuestros valores. Hemos visto los límites del idealismo puro en Libia, pero también los límites del poder militar puro en Iraq y Afganistán. En ocasiones, el cambio se consigue lanzando bombas, sí, pero en otras se logra apoyando la educación y los derechos humanos, incluidos los derechos de las mujeres. Los talibanes le dispararon a Malala Yousafzai porque entienden que, a largo plazo, la mayor amenaza para el extremismo no es un avión no tripulado que sobrevuela la zona, sino una niña con un libro.

Tawakkol Karman, una mujer yemení que ganó el premio Nobel de la Paz por su liderazgo durante la Primavera Árabe, me dijo que el mundo está atento para ver si Biden presionará a los regímenes con el propósito de que liberen a los detenidos y defiendan los derechos de las mujeres. “El mundo tiene la mirada puesta en la política de Estados Unidos para asegurarse de que Trump es un caso anómalo en la política exterior estadounidense, y no la forma de proceder de ese país”, afirmó.

El mundo tiene sus matices. Barack Obama creía en los derechos humanos, pero permitió que cientos de miles de sirios fueran masacrados porque le preocupaba meterse en un atolladero.

El régimen represivo de Egipto ya está desafiando a Biden al detener a los familiares de Mohamed Soltan, un activista egipcio-estadounidense. Se desconoce qué influencia tiene Biden para ayudar a los manifestantes prodemocráticos de Birmania o destituir a un dictador en Venezuela, y mucho menos para poner fin a un genocidio cultural en la región china de Sinkiang.

Sin embargo, al menos podemos encontrar nuestra voz. El gobierno de Trump denunció los abusos en Venezuela, China e Irán, pero si uno se preocupa por los derechos humanos solo en los países que no le gustan, entonces en realidad no se preocupa por los derechos humanos. Y con Trump, la falta de respeto a los derechos democráticos en el extranjero se ha convertido en una falta de respeto a esos derechos en casa.

Deberíamos inspirarnos en mujeres valientes como Minna y Amal en Egipto, o al-Hathloul en Arabia Saudita. Si ellas, con sus principios como única arma, pueden enfrentarse a matones y dictadores en el extranjero, entonces seguramente nosotros también podemos.

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This article originally appeared in The New York Times.

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