Los muertos que no se olvidan: un año del atentado de Al Shabab en Nairobi

Agencia EFE

Nairobi, 15 ene (EFE).- El 15 de enero de 2019, a las 15.28 horas, el keniano Mahir Riziki, de 25 años, se hacía estallar en pedazos frente a un restaurante del complejo hotelero Dusit D2 en Nairobi. Feisal Ahmed y Abdallá Mohamed Dahir, grandes amigos, se disponían a almorzar en ese mismo instante. El ataque suicida acabó con sus vidas, pero no con su recuerdo.

"No hay un día, no pasa un solo día en el que no piense en Abdallá", dice a Efe su madre Fatuma Mohamed, de 53 años, y quien 365 días después recuerda cómo fueron las angustiosas horas que siguieron al atentado terrorista en suelo keniano que reimpulsó al grupo islamista somalí Al Shabab como una amenaza regional.

"Al Shabab sin duda intentará más ataques de este tipo en el futuro y sus autores esperan depender cada vez más de combatientes de África oriental no somalís, tanto para evitar ser detectados por los servicios de seguridad como para pulir sus credenciales de franquicia regional de Al Qaeda", advirtieron en julio los analistas Matt Bryden y Premdeep Bahra en la revista CTC Sentinel, editada por la academia militar West Point de Estados Unidos.

El suceso del 15 de enero mantuvo en vilo a una urbe de cuatro millones de habitantes después de que otros cuatro terroristas -dos jóvenes kenianos, un somalí no identificado y un refugiado nacido en el campamento de Dadaab en el norte de Kenia- abriesen fuego de forma indiscriminada y se atrincherasen en este hotel durante 16 horas.

Un atentado en el que perdieron la vida al menos 21 personas, entre ellas Feisal y Abdallá; mientras que otras 28 resultaron heridas y alrededor de 700 fueron evacuadas, según cifras oficiales, si bien el balance real de víctimas mortales podría ser más alto.

"Comencé a escuchar por todos los lados noticias de última hora que decían: 'ataque terrorista en (el hotel) Dusit D2'. Entonces llamé una y otra vez a mi hijo (Feisal) -cuya oficina está en ese complejo- pero no respondía. El teléfono solo sonaba y sonaba", relata a Efe su padre Ahamed Rashid Haji, musulmán de 63 años.

Según Rashid, hasta que no vio el cuerpo sin vida de Feisal no comprendió que se había ido. "Pensaba que estaría escondido, que lo estarían atendiendo en algún sitio. Ya sobre las diez de la noche lo encontré junto a su amigo Abdalla en la morgue de Chiromo (en Nairobi). Había otros siete cadáveres", añade con pesar.

"TEMÍA POR SU VIDA EN SOMALIA"

Pese a la presencia de AMISOM, la misión de paz de la Unión Africana en Somalia, los crecientes ataques aéreos estadounidenses y el hartazgo de una población malherida; Al Shabab continúa castigando con fuerza no solo a ese país -con un atentado bomba el pasado 28 de diciembre que dejó más de 80 muertos en Mogadiscio- sino a naciones vecinas como Kenia que intentan mitigar la amenaza yihadista.

"(El hecho de que Kenia mantenga tropas en Somalia) es una posición difícil", explica la analista del International Crisis Group (ICG) para el Cuerno de África, Meron Elias, "pero al tratarse de una cuestión de seguridad nacional la decisión solo le corresponde a la discreción del Gobierno de Kenia".

Una decisión que, sin embargo, no está exenta de consecuencias. La madrugada de este lunes al menos tres maestros fueron asesinados en un ataque de Al Shabab contra una escuela en el condado de Garissa, este de Kenia y fronterizo con Somalia; donde días antes habían muerto al menos cuatro civiles en otro ataque yihadista.

Asimismo, el pasado 5 de enero Al Shabab se cobró la vida de tres estadounidenses tras una ofensiva contra una base militar de Kenia compartida con EE.UU. en Manda Bay, en la costa keniana bañada por el océano Índico.

Atentados indiscriminados que en las últimas dos décadas han arrasado -dentro y fuera de Somalia- con universidades, embajadas y mercados; matado a estudiantes, periodistas y funcionarios -entre ellos, el alcalde de Mogadiscio, Abdirahman Omar Osman- y silenciado a aquella gente de a pie que se atrevía a soñar con un país mejor.

Abdalla y Feisal no solo soñaban con ello, sino que viajaban a menudo al sur de Somalia, a Mogadiscio o a la región de Puntlandia como parte de su trabajo para la empresa Adam Smith International y el Fondo para la Estabilidad de Somalia (SSF); un programa financiado por la Unión Europea y otros donantes para apoyar estructuras de gobierno viables en este país del Cuerno de África.

"Solía decirle: 'Feisal, cuando estés allí, por favor, mantente en contacto en caso de que ocurra cualquier cosa. Escríbeme'. Temía por su vida cuando viajaba a Somalia, pero jamás pensé que sería asesinado aquí en Kenia", reflexiona Rashid, que un año después pide paciencia y se resigna ante la voluntad nunca caprichosa de Alá.

La misma voluntad que, pese a haberle arrebatado a uno de sus seis hijos, quiso concederle meses después una nueva vida. "Cuando Feisal murió, su mujer estaba embarazada. Gracias a Dios el bebé nació bien y hoy lleva mi nombre", explica Rashid, quien se pierde en todo lujo de detalles sobre cómo gatea su nieto de nueve meses.

"NI SIQUIERA OLERÁN EL PARAÍSO"

Cuerpos sin vida desparramados sobre las mesas del restaurante, desinflados igual que muñecos de trapo, platos con comida sin tocar y ordenadores portátiles todavía abiertos son algunas de las primeras imágenes que se divulgaron de este atentando; cuando aún quedaban terroristas en activo y muchos familiares no sabían nada de sus seres queridos.

Fotografías que causaron revuelo internacional después de que algunos de los periódicos más prestigiosos del mundo, como "The New York Times", fueran criticados por una cobertura que muchos lectores tildaron de excesivamente gráfica, cuestionando si hubiese sido la misma en caso de muertos de EE.UU. u otras partes de Occidente.

"Ese mismo día no me molestó porque estaba demasiado afligida para preocuparme por eso, pero más tarde, cada vez que busco en Google y veo esas fotos de mi hermano es algo realmente traumático", explica a Efe con lágrimas en los ojos, enmarcados en un oscuro burka, la hermana pequeña de Abdalla, Amina Mohamed.

Lejos de esta polémica, sus progenitores prefieren no pensar en esas fotografías sino mantener vivo el recuerdo de sus hijos -a quienes describen como dos jóvenes humildes y familiares, llenos de energía- y recalcar que al contrario de lo que Al Shabab practica, el islam es sinónimo de paz y respeto por la humanidad.

"(Los terroristas) ni siquiera olerán el paraíso porque están matando a gente inocente", explica Fatuma Mohamed, especializada en Estudios Islámicos y quien califica esa interpretación extremista del Corán como errónea, "no son musulmanes ni tienen religión y precisamente por ello, carecen de misericordia".

"Esta gente está destrozando el nombre del islam. Ninguna religión permite el sufrimiento y la muerte de gente inocente. Para nosotros matar a una persona inocente es como asesinar a toda la humanidad", razona Rashid en referencia a un versículo del Corán. "Ni siquiera Dios puede perdonar eso", musita.

Por su parte, a Amina la muerte de su hermano le ha enseñado a celebrar los momentos que compartieron juntos y a seguir amando por encima de todo.

"Con el tiempo -concluye-, hemos elegido perdonar y demostrar a los nuestros que los amamos, ya que puede que un día no escribas a tu madre un 'te quiero' y ya no tengas más oportunidades de hacerlo".

Patricia Martínez

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