Los muertos son de otro: una clamorosa falta de empatía

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Carlos Bianco, jefe de gabinete de Axel Kicillof
Santiago Hafford

Carlos Bianco, el jefe de Gabinete de Axel Kicillof, acaba de tipificar el delito penal de criticar al Gobierno. Acusar a opositores y a medios de comunicación de “influir en la cantidad de muertes” por el coronavirus equivale a endilgarles una forma de homicidio en gran escala.

Su tesis establece que aquellos que han cuestionado la gestión oficial de la pandemia tienen en realidad la intención aviesa de desestabilizar a los “gobiernos nacionales y populares” y hacen uso deliberado de la desinformación pública para que el virus se propague sin control y mate a más gente.

Si sus palabras no generan mayor escándalo es porque la sociedad argentina ha naturalizado el despropósito como un formato habitual del intercambio político. El vuelo corto de la chicana sirve para el aplauso cómplice de los propios y le regala un turno de respuesta a los rivales, en un juego verbal inconducente donde nadie convence a nadie. Pero el revoleo de acusaciones inverosímiles en este contexto trágico refleja, antes que nada, la clamorosa falta de empatía de funcionarios encargados de administrar una pandemia sin precedente que se llevó 6169 vidas solo en las últimas dos semanas.

Un hilo invisible conecta las declaraciones de Bianco con aquellas de Carlos Zannini en las que defendió que él, su esposa y el periodista Horacio Verbitsky se hubieran vacunado antes de tiempo porque son “personas que necesitan ser protegidas por la sociedad”.

Los dos casos retratan al poderoso incapaz de salir del aislamiento de su torre elevada, sin registro aparente del sufrimiento que embarga a los ciudadanos a quienes deben dedicar sus esfuerzos. Incapaz de llevar tranquilidad ante el miedo a morir precipitadamente o el dolor de perder a un ser querido, reclama indulgencia: la culpa es de otros.

Buenos Aires: El precandidato a presidente del Frente para la Victoria Daniel Scioli junto a su compañero Carlos Zannini, en el predio de Tecnópolis, durante el cierre de campaña del oficialismo con miras a las elecciones primarias del domingo próximo, 6 de agosto 2015. // Crop Alternativo
Raúl Ferrari / Télam


Carlos Zannini y su esposa, Patricia Alsúa, que se vacunaron en enero en el hospital Posadas (Raúl Ferrari / Télam/)

Bianco -y antes Zannini- fabrican, así, una vacuna que intenta inmunizar contra preguntas incómodas.

¿Por qué la Argentina es el undécimo país del mundo con más contagiados totales y el décimo tercero con más muertos, muy por encima de su peso poblacional?

¿Por qué seguimos teniendo un número bajísimo de testeos, que obliga a gestionar a ciegas y resta eficacia a todas las políticas de mitigación del virus?

¿Cuál fue el racional de la cuarentena sin matices de casi ocho meses en 2020, que limita ahora el margen social y económico para aplicar medidas duras en el momento más mortífero de la pandemia?

¿Qué hizo el gobierno para evitar la segunda ola de contagios que todos los especialistas pronosticaban como devastadora y por qué se postergaron las restricciones hasta después del puente turístico de Semana Santa?

¿Por qué no llegaron aún ni la mitad de las vacunas que el Gobierno compró?

¿Qué pasó para que se frustrara la negociación con Pfizer, el laboratorio que tiene una de las fórmulas más exitosas y ejecutó ensayos clave en la Argentina?

¿Por qué funcionarios no vinculados a la salud, militantes jóvenes y amigos del poder consiguieron colarse en la fila de la vacunación, a costa de otros ciudadanos comunes e incluso médicos que acaso hayan perdido la vida en el camino?

¿No se hizo nada mal para que hoy la Argentina sea el país con más casos por millón de habitantes y vea aún lejos la inmunidad de rebaño, con el 19% de la población con una dosis aplicada y solo el 5% con el ciclo completo?

Kicillof, entre Verónica Magario y Carlos Bianco, en la jura de ministros
Santiago Hafford


Axel Kicillof y Carlos Bianco, el día de la jura, antes de la pandemia (Santiago Hafford/)

Gestionar una disrupción sanitaria como esta resulta un desafío monumental que puso a prueba a los gobiernos más eficientes del mundo. El virus se propaga a una velocidad pavorosa y errores se han cometido en todas partes. Nadie encontró la fórmula perfecta. Pero en vez de aceptar esa limitación y plantear discusiones argumentadas, Bianco le apunta al que pregunta: quien cuestione el formato del aislamiento, quiere mandar a la gente a morir, igual que quien haya osado advertir en enero sobre el riesgo de aplicar una vacuna -la Sputnik V- antes de que se presentaran los resultados de sus ensayos clínicos (y que aún hoy no ha sido autorizada por los organismos sanitarios de Europa y EEUU ni por la OMS).

Simple: el que no está con el gobierno es “hincha del virus”.

Es la lógica de cancha llevada al terreno de una crisis sanitaria. Una práctica confortable, pero cuando se abusa de ella conduce al absurdo de revolear víctimas con liviandad y a celebrar un confinamiento como si fuera un gol, después de cinco semanas de una batalla a todo o nada por cerrar las escuelas.