El movimiento Black Lives Matter está ganando

Farhad Manjoo

Es asombroso cómo las personas siguen saliendo, ¿no? Día tras día, noche tras noche, en decenas de ciudades —enfrentándose a un virus mortífero y a las represalias brutales— continúan llenando las calles en grandes cantidades, exigiendo igualdad y justicia y, finalmente, provocando lo que parece un verdadero cambio.

¿Cómo ocurrió? ¿Cómo fue que Black Lives Matter, un movimiento impulsado por una etiqueta de Twitter y que durante años ha estado tomando fuerza, llevó a Estados Unidos a lo que parece un punto de inflexión?

Tengo una teoría: las manifestaciones aumentaron en escala e intensidad porque la policía parecía adoptar medidas extremas para ilustrar exactamente los argumentos que Black Lives Matter ha estado mencionando en internet desde 2013.

Durante las últimas dos semanas, la reacción de la policía al movimiento ha sido tan descontrolada, y ha estado tan bien documentada, que inevitablemente aumentó el apoyo a las manifestaciones. Es probable que la opinión de los ciudadanos estadounidenses se ponga del lado de Black Lives Matter para siempre.

Al decir “la policía”, no solo me refiero a la policía estatal y municipal en todo el país, sino también a los oficiales federales de varias agencias que reprendieron a los manifestantes frente a la Casa Blanca, así como a sus simpatizantes y patrocinadores políticos, desde los jefes de policía hasta los alcaldes, el fiscal general e incluso el presidente.

Black Lives Matter tiene como propósito enfatizar la profundidad de la brutalidad, la injusticia y la falta de rendición de cuentas que la sociedad estadounidense, y en especial la policía, les reserva a las personas de raza negra. Muchos manifestantes se dispusieron a llamar la atención sobre el poder sin control de la policía, sus armas militares y el uso caprichoso que hacen de ellas. Querían mostrar que el problema de mantener el orden en Estados Unidos tiene que ver con algo más que los policías malos; el problema es una cultura que protege a los malhechores, tolera la mendacidad, recompensa la lealtad ciega y es ferozmente resistente al cambio. De manera más profunda, es una cultura policiaca que no considera que las vidas de las personas de raza negra merezcan protección.

¿Y qué hicieron los policías? Respondieron con un despliegue de poder organizado y descontrolado, frente a las cámaras, de una manera que muchos estadounidenses quizá jamás puedan olvidar.

Para entender por qué este momento quizá provoque un cambio estructural, vale la pena poner en un contexto más general las manifestaciones recientes. Para mí, las últimas dos semanas se han sentido como un eco de aquel momento vertiginoso a fines de 2017, después de que The New York Times y The New Yorker expusieron el historial de ataques sexuales de Harvey Weinstein. En ese entonces, el movimiento #YoTambién, como una consigna en línea en contra del abuso y el acoso sexuales, tenía más de una década de antigüedad. La historia de Weinstein no creó el movimiento, así como los videos de la muerte de George Floyd a manos de la policía de Minneapolis no creó Black Lives Matter.

Sin embargo, las noticias sobre Weinstein hicieron que todo estallara. Desde entonces, el activismo del movimiento #YoTambién ha terminado por volcar a la sociedad de una manera que resultó revolucionaria.

Parece que ahora la situación está estallando de nuevo.

El movimiento detrás de Black Lives Matter ya había salido a las calles, pero nunca a esta escala ni con esta intensidad y no con estas consecuencias. La NFL alguna vez fue un rival poderoso y amargo; ahora ha adoptado el movimiento, aunque no se ha disculpado ni ha contratado a Colin Kaepernick, el jugador que se arrodilló por primera vez para manifestarse en contra de la brutalidad policiaca.

Los políticos de todos los niveles están profesando un nuevo apoyo, y, ante nuestra mirada, la ventana Overton del discurso público aceptable sobre la reforma policiaca ha cambiado para incluir términos como “desmilitarizar”, “retirar el financiamiento” y “abolir”.

No está claro cuán lejos llegará la política, pero los cambios conseguidos hasta el momento son importantes. “Nunca antes en la historia de las encuestas modernas el país había expresado un consenso tan generalizado acerca de la penetración que el racismo tiene en la policía, y en la sociedad en general”, informó el Times la semana pasada.

Lo más importante es que ya no estamos hablando de imponer nuevos límites en torno a la manera en que puede operar la policía. Finalmente estamos haciendo preguntas políticas más fundamentales: ¿qué papel debe tener la policía en nuestras ciudades y qué papeles estaría mejor reservar a los profesores, a los trabajadores sociales o a los expertos en salud mental?

En Los Ángeles, donde los líderes de la izquierda y la derecha desde hace tiempo le han otorgado muchos recursos a la policía, el alcalde ha propuesto un gasto de 250 millones de dólares más en servicios sociales y 150 millones de dólares menos para la policía. La semana pasada, Bill de Blasio, el alcalde de Nueva York, se resistió a recortar los 6000 millones de dólares del presupuesto de la policía; pero el domingo, prometió recortes en el futuro. Y en Minneapolis, una mayoría a prueba de vetos de los miembros del Ayuntamiento prometió desmantelar el departamento de policía de la ciudad.

La imputación objetiva de las manifestaciones más recientes fue el horror provocado por la muerte de George Floyd. Pero hemos visto videos de policías que asesinan a hombres negros antes, y rara vez han llevado a un proceso penal, ya ni hablar de un levantamiento social generalizado.

Lo que está ocurriendo ahora se trata de algo más que un video. De la misma manera en que las mujeres alzaron la voz con demasiadas historias como para ignorarlas o rechazarlas después de que se reveló la historia de Weinstein, lo que hemos visto en las últimas dos semanas son un sinfín de episodios de fuerza excesiva demasiado flagrantes como para concluir que el problema radica en unos pocos casos aislados.

La evidencia de la brutalidad policiaca se ha vuelto demasiado generalizada incluso para que la ignoren los funcionarios electos. Ya no pueden mimar fácilmente a los sindicatos de policía a cambio de apoyo político; ahora ignorar las malas acciones de la policía se convertirá en una carga política, y quizá algo cambiará.

Alex Vitale, sociólogo y autor de “The End of Policing”, que propone un argumento a favor de desmantelar totalmente la policía estadounidense, me dijo que tiene grandes esperanzas de que haya un cambio estructural, porque los organizadores han establecido la base para lograrlo. “Mi lógica para ser optimista es que, antes de lo sucedido en Minneapolis, ya había decenas de campañas para desviar el financiamiento de la policía”, comentó. “Y es por eso que esa exigencia surgió tan rápidamente, pues la gente ya estaba realizando ese trabajo”.

Vitale también sugirió que el movimiento puede arraigarse de manera permanente, que lo que ocurre ahora ha roto “la ‘armadura ideológica’” de la policía en Estados Unidos.

Creo que tiene razón.

This article originally appeared in The New York Times.

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