El suplicio de dos mexicanos con Covid refleja la triste realidad de un hospital sin recursos -y repleto de hispanos- de Los Ángeles

Sheri Fink
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LOS ÁNGELES — Durante las fiestas de Año Nuevo, los hijos adultos de dos familias de inmigrantes llamaron al 911 para reportar que su padre tenía dificultades para respirar. Ambos hombres eran originarios de México y vivían en Estados Unidos a unos cinco kilómetros de distancia entre ellos; ambos tenían diabetes e hipertensión. Ambos realizaban trabajos esenciales con salario bajo: uno era conductor de minibús y el otro, cocinero. Otra característica que ambos compartían es que no se habían percatado de la gravedad de su enfermedad.

Tres semanas después, ambos hombres (Emilio Virgen, de 63 años, y Gabriel Flores, de 50) fallecieron a causa de la COVID-19. Su historia es de una familiaridad inquietante en el hospital comunitario Martin Luther King Jr. (MLK), la institución hospitalaria que en proporción se ha visto más golpeada en el condado más afectado del estado que en este momento encabeza al país en el número de casos y está a punto de superar a Nueva York como el estado con el mayor número de muertes. En la unidad de terapia intensiva el 21 de enero, Virgen se convirtió en el No. 207 en la lista de muertes por COVID-19 del hospital; Flores, hospitalizado en una habitación del mismo pasillo, se convirtió en el No. 208.

The New York Times pasó más de una semana en el hospital, durante un periodo en que casi una cuarta parte de los pacientes internados por COVID-19 moría, con todo y que en este momento se conoce más acerca de la enfermedad. Ese aumento coincidió con un alza en el número de casos en el sur de California, el aumento al doble de la tasa de mortalidad de los hospitales de Los Ángeles en general y la propagación de una nueva variante local que al parecer se transmite con mayor facilidad que la más prevaleciente.

Ocho de cada diez personas muertas en el hospital MLK eran hispanas, grupo con las tasas de muerte por COVID-19 más altas en el condado de Los Ángeles, seguido de los residentes negros. Los datos recopilados en el condado también muestran que los residentes más pobres de Los Ángeles, muchos de los cuales viven cerca del hospital en el sur de ese condado, mueren a causa de esta enfermedad a una tasa del cuádruple que los más adinerados.

La directora ejecutiva de MLK, Elaine Batchlor, opina que la desigualdad en los casos de enfermos y muertos por COVID-19 refleja las desigualdades presentes desde hace tiempo en la comunidad. Los pacientes pueden clasificarse en una categoría que designa “desierto médico”, en la que hay una escasez grave de médicos de cabecera y otros servicios de salud.

En épocas propicias, su pequeña institución no puede ofrecer lo mismo que muchos otros hospitales, desde cuidados para bebés prematuros hasta víctimas de ataques cardiacos graves. Ahora que nos encontramos en plena pandemia, el hospital no puede probar terapias experimentales, no tiene acceso a un gran número de empleados especializados en caso de aumentos repentinos en los casos y no puede ofrecer servicios de último recurso con una máquina externa de apoyo pulmonar.

Durante el punto más álgido de los contagios, MLK atendió a más pacientes con COVID-19 que otros hospitales de Los Ángeles tres o cuatro veces más grandes que él. Batchlor le ha pedido ayuda al gobernador, ha intentado poner en evidencia a otras instituciones para que acepten transferencias de pacientes y ha denunciado las fallas de los servicios de salud estadounidenses.

“Hemos creado un sistema hospitalario separado e inequitativo, y también un sistema de financiamiento separado e inequitativo, para las comunidades de bajos recursos”, afirmó. “Ahora, observamos es el impacto desproporcionado de la COVID-19”.

El legado del ‘Killer King’

Cuando la ambulancia recogió a Virgen, los operadores le dijeron a su familia que lo llevarían al centro médico St. Francis, un enorme hospital privado cercano que cuenta con varios servicios especializados.

Sin embargo, cuando su hija mayor, Eunice Virgen, trabajadora social de 35 años, se comunicó a la institución, le informaron que no estaba ahí. Más tarde le explicaron que, debido al súbito aumento de casos de COVID-19, el centro no tenía más capacidad, por lo que no habían recibido a la ambulancia. En vez de su destino original, el padre de Virgen había terminado en el hospital MLK, cuya capacidad es de menos de la mitad que St. Francis y tenía muchísimos más pacientes con COVID-19 ingresados esa semana, según los registros federales.

Virgen no podía creerlo; asociaba a MLK con el apodo “Killer King” empleado con desdén para referirse a su desprestigiado predecesor, Martin Luther King Jr./Drew Medical Center, hospital público que solía prestar servicios a algunos de los barrios de más bajos recursos de Los Ángeles.

Emilio Virgen y su esposa, Lizette, vivían a unos 10 kilómetros de distancia, en una modesta casa de estuco apenas fuera de la línea divisoria de la ciudad.

La familia llamó al 911 por primera vez en la víspera de Año Nuevo, más de una semana después de la fecha en que sus hijos creen que estuvo expuesto al coronavirus, cuando asistió a una ceremonia dominical y a una convivencia en una pequeña iglesia evangélica ubicada en una plaza comercial. Unos días después, el pastor enfermó, al igual que muchos otros asistentes, dos de los cuales murieron más adelante.

Tres de los hijos de Virgen le habían suplicado en repetidas ocasiones que no asistiera a ningún servicio.

Virgen no le dio importancia a las inquietudes de su familia, e hizo alusión a su fe. “Voy a estar bien”, Eunice Virgen recuerda que le dijo. “La sangre de Jesús me cubrirá”.

Mientras esperaba la ambulancia, Emilio Virgen se había encorvado con dificultad para respirar. Padecía hipertensión y diabetes, factores de riesgo para consecuencias serias del virus. No obstante, cuando los paramédicos lo examinaron, su nivel de oxígeno era normal. Les advirtieron que los hospitales estaban tan llenos que lo más seguro era que tuviera que esperar entre 10 y 12 horas para que lo admitieran. Así que la familia decidió que se quedara en casa.

El 6 de enero, un dispositivo para la punta de los dedos que la hija más joven de Virgen, Tiffany, de 25 años, había ordenado para monitorear el nivel de oxígeno de su padre, mostró que este se encontraba en el rango de los 60, muy por debajo del rango normal, cerca de los 90. Esa es una señal de “hipoxia silenciosa”, situación en que la saturación de oxígeno cae a niveles tan bajos que son peligrosos y ocasionan una falta grave de aire. Alarmada, se comunicó de nuevo al 911.

Después de que enviaron a Emilio Virgen al MLK, su hija mayor le preguntó a un amigo médico si debía intentar que lo transfirieran a un hospital como el Cedars-Sinai, un enorme centro médico famoso por atender a varias celebridades. El trabajo de su padre le daba seguro médico, por lo que no tenía ninguna necesidad de depender de una institución que no verifica que los pacientes lo tengan. Pero su amigo le dijo que el nuevo hospital MLK no era en absoluto como el antiguo.

El hospital MLK solo ofrece algunos servicios: únicamente cirugías de emergencia (en la mayoría de los casos, amputaciones para pacientes de diabetes), no cuenta con servicios de pediatría, no hay terapia intensiva neonatal, no tiene centro de traumatología ni áreas de hospitalización psiquiátrica o para el tratamiento de adicciones. Para muchos problemas médicos, los pacientes han tenido que acudir a otra institución. Por desgracia, con frecuencia esas instituciones los rechazan, pues solo el cuatro por ciento de los pacientes del MLK contaban con seguro privado, que por lo regular ofrece cuotas más elevadas de reembolso que las aseguradoras públicas.

El caso de Flores

Flores, quien tiene tres hijos y llegó a la sala de emergencias de MLK el día de Año Nuevo, era un paciente típico. Era un inmigrante de México que vivía en el país sin permiso legal y trabajaba turnos largos como cocinero en un restaurante. Tenía diabetes, hipertensión y obesidad, las tres principales afecciones de alto riesgo entre los pacientes de COVID-19 hospitalizados en el MLK, y solo contaba con la cobertura estatal de Medicaid para emergencias sanitarias.

El hijo mayor de Flores, Manuel, de 24 años, preguntó si su papá podía recibir terapia con plasma de convalecientes, que recibió autorización federal el verano pasado para uso en caso de emergencia. La familia conocía a personas que habían recibido transfusiones de ese tipo y habían sobrevivido. Por desgracia, MLK no ofrecía el tratamiento que, según los estudios realizados, quizá sea efectivo si se administra en una etapa temprana de la enfermedad.

No se sabe a ciencia cierta cuánto tiempo llevaba infectado Gabriel Flores de coronavirus. Tanto él como su hijo de 8 años sintieron dolor de cuerpo y calentura poco antes de Navidad. Al poco tiempo, su esposa, Gabriela, también mostró síntomas. La familia fue al estadio de los Dodgers para que les hicieran la prueba y solo la de ella salió positiva.

Semanas después, el condado suspendió el uso de las pruebas bucales con hisopo de Curative que había recibido la familia. La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos les advirtió a quienes la administraban sobre el riesgo de resultados negativos falsos son la prueba, lo que podría demorar el tratamiento y propiciar la propagación del virus.

Si bien MLK no les ofrecía el tratamiento con plasma de convalecientes a sus pacientes, sí tenía un tratamiento similar, con objetivos más específicos: los anticuerpos monoclonales. Debe aplicarse cuando la persona sufre síntomas moderados y no requiere oxígeno ni hospitalización, según los lineamientos federales. MLK ha administrado poco más de 140 dosis a pacientes en la sala de emergencias y tiene pruebas de que redujo las probabilidades de que regresaran con síntomas graves, según datos del hospital.

El problema es que MLK no ha promocionado la terapia entre la comunidad. “Si le damos publicidad”, se lamentó K. Kevin Park, vicepresidente de asuntos médicos, “no podremos manejar” el volumen si se presentan muchas personas. El tratamiento consiste en una infusión intravenosa que lleva una hora y una hora más de observación, que requerirían más espacio y personal.

‘Ya se nos acabaron los trucos’

Al día siguiente de su hospitalización, Flores fue trasladado a la unidad de terapia intensiva. Los médicos creían que su única opción para sobrevivir era conectarlo a un respirador. Su historial contenía una orden de “No resucitar/no intubar” porque había escuchado que las personas con COVID-19 a quienes conectaban a respiradores “solo se morían”, dijo más tarde su hijo mayor de edad, Manuel Flores.

La decisión de rehusarse a la intubación era más común entre los pacientes varones hispanos del hospital, según Jason Prasso, médico de cuidados intensivos. “Lo que piensan es: ‘Si ya me llegó la hora, no quiero estar conectado a un respirador tres semanas para luego morir’”.

De cualquier forma, el 86 por ciento de los pacientes de COVID-19 que fueron intubados en el MLK murieron, según las estadísticas del propio hospital.

El equipo médico invitó a la esposa de Flores al hospital, que por lo regular no ha permitido el ingreso de visitantes durante la pandemia. Encontró a su esposo espantado y tembloroso. Uno de los doctores le explicó que no lograba obtener suficiente oxígeno y que, a menos que le pusieran el respirador, moriría en dos días. Flores le dijo que quería ir a casa, pero después cambió de parecer. Se sentía exhausto y le dolía el pecho, le dijo. Se decidió a probar el respirador porque quería vivir más para estar con su familia.

Lamentablemente, sus niveles de oxígeno no subieron. Los médicos le aplicaron esteroides y algunos fármacos para evitar la formación de coágulos. Lo voltearon bocabajo e incluso lo paralizaron durante algunos periodos para que el respirador pudiera trabajar con más eficacia. Por desgracia, nada parecía ayudar. Flores sufrió una “falla pulmonar por COVID-19”, informó Prasso.

Algunos pacientes con COVID-19 cuentan con una última opción: tratamiento con una máquina que les permite a los pulmones descansar y, en el mejor de los casos, recuperarse. Ese tratamiento, llamado oxigenación por membrana extracorpórea y conocido también por su sigla OMEC, por lo regular se ofrece solo en hospitales más grandes.

Flores podría haber sido candidato a ese tratamiento en algún momento, según Christopher Ortiz, especialista en terapia intensiva de UCLA, uno de los hospitales más reconocidos, que colabora con MLK. Sin embargo, Prasso comentó que dejó de considerar el tratamiento. En las primeras etapas de la pandemia, intentó transferir a algunos pacientes de MLK a hospitales donde se ofrece la OMEC, pero a fin de cuentas se dio por vencido.

“Nunca lo hemos logrado”, se lamentó. “Nadie quiere su seguro”.

Una mañana justo antes de las rondas, murió el compañero de habitación de Flores. También él se encontraba en condición crítica. Esa tarde, se declaró código azul para atenderlo. Sus niveles de oxígeno estaban en los 70. Sus riñones apenas funcionaban. Su ritmo cardiaco era de alrededor de 140, y las cavidades superiores fibrilaban. El equipo le aplicó electrochoques para restablecer el ritmo normal.

A Prasso no se le ocurrieron muchas más opciones para esa situación. “Ya se nos acabaron los trucos”, dijo. Llamó a la esposa de Flores para informarle que su situación era grave. Tanto él como los demás médicos de cuidados intensivos deben dar ese tipo de noticias varias veces cada día.

Esa noche, la esposa de Flores y su hijo mayor fueron a visitarlo. Gabriela Flores sostuvo la mano de su esposo y acarició su frente. “Mi amor”, repetía. “Te amo”.

En ese mismo corredor, Virgen, el conductor de minibús, también yacía inconsciente conectado a un respirador. Tras una ligera mejoría, su condición había sufrido un deterioro repentino.

Al igual que Gabriel Flores, había desarrollado una grave lesión en los riñones, una complicación común en los casos graves de COVID-19 que puede requerir diálisis temporal para realizar las funciones de los riñones. MLK solo tenía tres máquinas para dar diálisis continua, una forma del tratamiento empleado para los pacientes más inestables de terapia intensiva. Esa situación forzó al hospital a establecer prioridades para decidir a quién asignarle las máquinas y por cuánto tiempo, además de gestionar otros pacientes con medicamentos.

Los médicos gestionaron la falla renal de Virgen de manera conservadora, sin necesidad de emplear diálisis. No obstante, comenzaron a aparecer otros problemas, por lo que le avisaron a su familia que no le quedaba mucho tiempo. En una llamada de Zoom el 20 de enero, con una tableta al lado de su cama, sus hijos reafirmar entre sí que hicieron todo lo posible por ayudarlo y se lamentaron por lo rápido que se había deteriorado.

“No quiero decir adiós”, Tiffany Virgen les dijo a sus hermanos. “No quiero vivir sin él”.

“Era mi papá, el mexicano fuerte y alto”, dijo su hermana, Eunice Virgen, llorando. “Creyó que era invencible. Pensó que era Superman”.

Temprano a la mañana siguiente, lo perdieron.

Cinco horas y cinco minutos después, Flores también murió.

This article originally appeared in The New York Times.

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