Un modelo apaludido por Europa, pero que hizo dudar al votante

Silvia Pisani

MADRID.- Hace cuatro años, Portugal preocupaba a Europa. Temía que su crisis fiscal pudiera derivar en un caso de quiebre como el griego.

Ahora, lo considera un modelo, uno de los ejemplos envidiables de que las cosas se pueden hacer de otra manera.

En ese derrotero, el primer ministro Antonio Costa se convirtió en una figura celebrada en Europa. Un modelo progresista a seguir.

La etiqueta de "progresista exitoso", que en nuestro país encandiló al candidato presidencial Alberto Fernández, no genera el mismo entusiasmo en Portugal, donde muchos lo responsabilizan por la dura realidad. Socialista que no olvida su origen, Costa se convirtió, sin embargo, en practicante de la austeridad y de las buenas finanzas, como recurso para generar confianza y generar inversiones.

No siempre la receta fue bien digerida: en cuatro años hubo 518 huelgas. Las más fuertes, del gremio docente. El ajuste fue duro. A los portugueses, que cobran los sueldos más bajos de Europa Occidental con un costo de vida en alza, no les agrada que les hablen de "milagro". Ellos hablan de sacrificio.

En sus primeros seis meses de gestión, en 2015, Costa coqueteó con caminos más extremos. Incluida la posibilidad de juntar fuerzas y retórica con el griego Alexis Tsipras y formar un frente de la Europa del Sur.

Le bastaron pocas semanas para darse cuenta de que por ahí no iba a ningún lado y de que lo que necesitaba era ordenar las cuentas y "generar confianza". Hacer de Portugal un sitio atractivo para apostar e invertir.

El que lo ayudó a dar el cambio fue su ministro de Hacienda, Mario Centeno. Juntos militaron rumbo al orden de los números y el déficit casi en cero. Algo que no ocurría desde la época imperial.

Tuvo el viento a favor del turismo internacional, que convirtió al país en un destino de moda. Hace cuatro años su impacto era poco menos que inexistente. Hoy, representa el 18% de su producto bruto interno (PBI).

Todo tiene dos caras. La del turismo internacional es, también, la corriente que convirtió a Lisboa y Oporto, sus principales ciudades, en poco menos que parque temáticos para extranjeros. A los locales se les hace imposible alquilar o vivir allí, ante el boom del alquiler turístico que disparó los precios en una peligrosa burbuja inmobiliaria.

Son las dos caras de un mismo fenómeno en la bonanza portuguesa. Y queda claro que los locales, que no quieren ni oír hablar de "milagro portugués" -porque bien saben cuánto cuesta el esfuerzo-, muestran un rostro más amargo que la fachada ejemplar de las cuentas publicas.

De la mano de Centeno, otro de los aciertos fue convertir el sistema impositivo de modo de hacerlo competitivo dentro de Europa. Hoy, es uno de los destinos favoritos dentro del bloque para fijar residencia fiscal. Y todo eso son fondos para las arcas públicas.

Como tantos relatos fantásticos, el que versa sobre Portugal dista bastante de la realidad, que es mucho más compleja -y menos bonita- que la versión milagrosa que tantos han repetido.

El español Pedro Sánchez le disputa el puesto. Pero Costa es sin duda el referente de izquierda más celebrado en el bloque europeo.

Astuto, practicó el rigor fiscal con el apoyo de la izquierda. La más dura: el Bloque de Izquierda -que es el referente portugués del español Podemos- y el Partido Comunista.

Ninguno osó levantarse de la mesa. Juntos formaban la "jerigonza" (el mamarracho), que fue el nombre que los escépticos le dieron al gobierno.

Hubo desacuerdos y discusiones. Pero romper el acuerdo parlamentario nunca fue una opción. Allí estriba la que tal vez sea la principal ventaja de Portugal frente a España: en su cultura de alianza de partidos para gobernar.

Portugal tuvo un gobierno y cuatro presupuestos presentados en fecha y ejecutados en cuatro años. España, incapaz de llegar a acuerdos estables, tiene lo contrario: cuatro elecciones en cuatro años y un solo presupuesto, el que dejó el entonces presidente Mariano Rajoy, prorrogado una y otra vez.

Con sus socios de la izquierda avanzó en subir el salario mínimo, en frenar las privatizaciones y recuperar los niveles de renta.

Con ellos tuvo enorme diferencias. Sobre todo, en concepto político y en agenda exterior: el euro, el modelo "neoliberal", las imposiciones de la Unión Europea. Para eso, cuando necesitó votos, Costa no tuvo problemas en aliarse con la derecha

Sus socios, sin embargo, no amenazaron con irse del acuerdo. En esa cultura política también estriba la diferencia.