La confusión que afecta la crianza de tus hijos: dar amor no es malcriar

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Creerse que demasiado amor malcría, es uno de los mitos más importantes a desmontar que circulan en torno a la infancia. Está muy instalada de forma implícita y manifiesta en nuestras sociedades que limitar el amor, dilatar las respuestas a los pedidos incuestionables de atención de los niños es lo que conviene para que aprendan a tolerar frustración, para que aprendan a encajar en sociedad, porque de lo contrario les vamos a crear un problema, los vamos a debilitar, vamos a dañar su desarrollo, los vamos a malcriar. Pero es justamente esa creencia la que puede crear problemas en el desarrollo de los niños.

Insisto en recordar que el verdadero quebradero de cabeza no es el exceso de amor, que si existe una pandemia con potencial real de devastarnos como especie y que lleva miles de años en nuestro planeta, una pandemia cuya curva nadie se ha preocupado en aplanar, es el déficit de amor.

Acostumbro a plantear la siguiente pregunta a madres y padres que se quejan del comportamiento de sus hijos: ¿qué te importa más, que tu hijo, hija, te obedezca o establecer un buen vínculo de intimidad emocional, comunicación, una relación basada en la confianza y el amor en lugar del miedo, la culpa, la rabia? Obviamente la mayoría primero responde que les importa la calidad del vínculo y casi inmediatamente viene la aclaratoria de que les parece muy importante enseñarles a comportarse y respetar para que no terminen siendo unos asociales o desadaptados. Pero cuando vemos la realidad, los cursos, preguntas, inquietudes, preocupaciones que aparecen con más frecuencia en todas partes, se relacionan con poner límites y normas a las criaturas. Estos temas terminan siempre ocupando el puesto número uno en el top ten de crianza. Los cursos, formaciones, inquietudes, preguntas relacionados con el vínculo realmente despiertan muy poco interés. Si los padres supieran que muchos de los problemas de conducta o comportamiento manifestado por los niños tienen su origen en un problema de vínculos y no por falta de límites, quizás cambaría dramáticamente esta preferencia.

Ahora bien, si partimos del principio de que mucho amor no malcría, sería lógico aclarar qué es o cómo es una experiencia de amor desde el punto de vista del niño o la niña para entender cómo amarlos “bien” ¿cierto? Es verdad que los padres siempre pensamos o sentimos que amamos a nuestros hijos y no cabe duda de ello, pero la cuestión es saber si ese amor que damos es lo que el niño siente, vive o interpreta como una experiencia de amor.

Los mitos, las creencias falsas sobre lo que los niños son, necesitan sienten, la generalizada falta de capacidad de interpretar correctamente la lógica emocional infantil en nuestras culturas exige aclarar qué es para un niño la experiencia de amor, cómo es la experiencia de sentirse amado desde su punto de vista. Esto puede ayudarnos a ver más claramente porqué mucho amor, jamás podría malcriarlos.

¿Qué es el amor desde el punto de vista de un niño?

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Los niños no tienen cuentos. Ellos están muy conectados con lo que les encaja o no, siguen acoplados con sus pulsiones, su sabiduría innata, sus necesidades. Sobre todo los más pequeños que todavía no han tenido tiempo para pasar demasiado por el filtro de los condicionamientos sociales (esto se hace, esto no se hace, esto se siente, esto no se siente, eres un niño grosero, malo, llorón, de alta demanda, hiperactivo, dependiente, siéntete culpable, inhibe esa conducta, etc., etc..) con lo cual si aún no los hemos silenciado a fuerza de imposiciones desmedidas, van a manifestar clara y oportunamente cuando están en equilibrio o en desequilibrio.

Si están en equilibrio, lo reflejan con su propia sensación de comodidad, manifiestan placer, seguridad, disfrute en la exploración, del juego, del movimiento… y un niño está en equilibrio cuando recibe siempre lo que necesita de manera constante, en continuum a lo largo de las distintas etapas de su desarrollo. Primero cuando son bebés y a lo largo de la primera infancia (0-7), luego en la infancia intermedia (8-12) y luego en la adolescencia (a partir de los 13 o 14). Cada etapa con sus necesidades concretas, cada etapa con sus propias posibilidades de autonomía o grados de dependencia emocional o física de los padres. Pero también cada niño o niña en su universo único e irrepetible de necesidades y en sus tiempos de madurez propios que debemos esforzarnos por bien en interpretar y apoyar. Esto a veces requiere de un proceso de aprendizaje para los padres que muchas veces se logra en espacios de formación o terapia especiales porque andamos un poco perdidos viniendo de la educación que recibimos y en medio de la cultura de crianza en la que estamos, que tanto descalifica y desconoce las necesidades y naturaleza real de los niños.

Cuando un niño tiene una necesidad física o emocional y es bien interpretado por su madre, padre, adultos cuidadores, cuando esa necesidad es cubierta oportunamente (si tiene hambre le das de comer, si no tiene no lo obligas, si tiene miedo, se siente solo, necesita que lo cargues y lo tomas en brazos, no quiere dormir solo y lo acompañas), se siente sentido, se siente seguro, se siente amado… no lo estás malcriando, le estás aportando experiencias suficientes de amor y de seguridad para que se desarrolle con buena autoestima, con una sana comprensión y con una buena imagen de sí mismo (gracias a que mi mamá entiende lo que me pasa puedo entenderme a mí mismo, mí mamá valida lo que siento y me ayuda a volver al equilibrio, soy valioso para ella, el mundo es amable, no es un lugar hostil, soy digno de amor).

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Cuando los niños no obtienen oportuna y continuamente lo que necesitan a través de sus medios para hacerlo como lloros u otras manifestaciones de incomodidad, viven desde su punto de vista una experiencia violenta, de hostilidad (el mundo no es seguro, necesito desplegar mecanismos de defensa frente a esta hostilidad) No hace falta pegar para ser violentos.

Los niños necesitan amor, no necesitan más miedo innecesario, ni pasar angustia, ni dolor evitable. Hay que amar, amar, amar, sin miramientos.

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