Un misterio español: ¿Acaso un 'restaurador enmascarado' es el culpable de las restauraciones chapuceras de una iglesia?

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Reparaciones mal hechas con cemento en una sección restaurada del muro exterior de la Iglesia de Santa María del Castillo, construida alrededor de 1250, en el pueblo de Castronuño, España, el 1.° de diciembre de 2021. (Ben Roberts/The New York Times).
Reparaciones mal hechas con cemento en una sección restaurada del muro exterior de la Iglesia de Santa María del Castillo, construida alrededor de 1250, en el pueblo de Castronuño, España, el 1.° de diciembre de 2021. (Ben Roberts/The New York Times).

CASTRONUÑO, España — La iglesia románica cerca del río en el pueblo de Castronuño se veía como muchas otras que pululan por el lugar: no demasiado decrépita para tener 750 años, pero tampoco muy bien conservada.

Luego, en noviembre, el alcalde Enrique Seoane se percató de algo que a él le sorprendió y en España causó un escándalo.

En una foto tomada por uno de sus vecinos, Seoane alcanzó a ver una junta de cemento muy moderno que alguien había vertido en un arco indudablemente antiguo. Al parecer era un trabajo de reparación casero para evitar que el flanco este de la iglesia se hundiera.

El trabajo fue hecho por un “restaurador enmascarado” cuya identidad se desconoce, según le dijo el alcalde a un periodista local en un artículo que no tardó en propagarse por toda España.

Quizá esto nos despierte visiones de un superhéroe que en secreto acude en ayuda de una iglesia derruida, pero así no es como el público percibió la noticia en España. Más bien hizo resurgir recuerdos desagradables en un país cuyos pueblos y ciudades pequeñas ya han sido heridas por los adefesios que estos restauradores justicieros dejan a su paso.

La figura del bienhechor devenido en malandrín fue personificada en España por Cecilia Giménez, una abuela de más de 80 años de edad que llegó a los titulares en todo el mundo luego de su restauración fallida de un fresco de hace siglos llamado “Ecce Homo” en el que se ve a Jesús con la corona de espinas. El resultado fue tan malo que en un inicio las autoridades pensaron que la pintura había sido vandalizada.

Los conservadores españoles de arte y arquitectura juraron que detendrían a estos indeseados restauradores amateurs.

Trabajos de restauración en los bajorrelieves de madera y yeso del interior de la Iglesia de Santa María del Castillo, construida alrededor de 1250, en el pueblo de Castronuño, España, el 1.° de diciembre de 2021. (Ben Roberts/The New York Times).
Trabajos de restauración en los bajorrelieves de madera y yeso del interior de la Iglesia de Santa María del Castillo, construida alrededor de 1250, en el pueblo de Castronuño, España, el 1.° de diciembre de 2021. (Ben Roberts/The New York Times).

Sin embargo, en Castronuño, en la provincia de Valladolid, al noroeste de Madrid, alguien misterioso había vuelto a las andanzas, esta vez en la iglesia de Santa María del Castillo, construida hacia el año 1250 por los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén.

Se podría decir que el problema de Castronuño lo comparte toda España: esta tierra ancestral tiene demasiadas cosas viejas que necesitan reparación. Hay fuertes fenicios, castillos celtas, minaretes moriscos, murallas romanas, tumbas griegas de granito: vestigios de civilizaciones pasadas que llegaron para conquistar, todas con el deseo de dejarle algo a la posteridad.

Incluso el nombre de la región, Castilla, significa algo como “tierra de castillos”, puesto que se construyeron tantos durante los 800 años de batallas entre los moros y cristianos.

Hace no tanto, Mar Villarroel, escritora de libros infantiles que también se dedica de medio tiempo a ser promotora turística de Castronuño, observó que si la bendición de España era tener una historia tan rica, su maldición era que podría perderse por negligencia.

Por ejemplo, nos contó del antiguo castillo, que dio nombre al pueblo, pero que fue arrasado por Fernando II de Aragón en la época de Colón. O la primera iglesia de Castronuño, construida incluso antes que la actual, pero demolida en 1919 (décadas después de que su tejado se derrumbara).

Más recientemente, los habitantes del pueblo habían rogado al gobierno y a la arquidiócesis católica local que vinieran a arreglar Santa María del Castillo antes de que sufriera un destino similar.

Pero al no haber señales de que la ayuda estuviera en camino, alguien se sintió obligado a tomar cartas en el asunto.

“El cemento es un escándalo; se ve feo, sí”, confesó Villarroel. “¿Pero sabes cuál es el verdadero escándalo? Que los mandamases han dejado que la iglesia llegue a este estado”.

Si bien la denuncia del alcalde sobre un “restaurador enmascarado” en otoño hizo que se exigiera una investigación para encontrar al culpable, la información que salió a la luz más tarde complicó el caso y puso de relieve cuánto tiempo llevan descarriadas estas intervenciones en el país.

Un habitante de la zona, al hojear un libro viejo sobre las iglesias de la región, se percató de una imagen que mostraba la misma junta de cemento sobre el arco al menos desde 1999, cuando se publicó el estudio. Dado que el delito parece tener al menos dos décadas de antigüedad, difícilmente se podría averiguar quién lo había cometido.

Sentado en su despacho, Seoane, el alcalde, dijo que lamentaba que sus palabras hubieran hecho pensar a la gente que habría una persecución del culpable. Pero el hecho de que nadie se diera cuenta de que el cemento había estado allí todos esos años también era revelador, afirmó.

Y no era solo la reparación mal hecha con el cemento lo que ahora hacía que la gente se fijara en la iglesia. ¿Quién había instalado el sistema de alarma que parecía estar perforado en la piedra antigua? ¿O el voluminoso conducto eléctrico que sobresalía de una de las vetustas ventanas? Parecía llevar años allí, sin que nadie lo notara.

¿Y por qué había una malla metálica cubriendo el rosetón, y quién la había puesto allí?

La lista de reparaciones improvisadas que ahora se observaban en la iglesia de repente parecía interminable. Pero al menos la chapuza del cemento —y la colorida, aunque ficticia, descripción del alcalde sobre el aspecto del autor— había llamado la atención de todo el mundo, lo suficiente como para que Seoane pensara que por fin podría conseguir la financiación para arreglar los demás elementos que necesitaban ser reparados.

“Si no logramos hacer las reparaciones ahora”, comentó, “yo creo que nunca lo haremos”.

© 2022 The New York Times Company

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