Con todas las miradas puestas en el COVID-19, las infecciones resistentes a los medicamentos se infiltran

Matt Richtel
·6  min de lectura
Fotografía proporcionada por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos de un cultivo de Candida auris en una placa de Petri. (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos vía The New York Times).
Fotografía proporcionada por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos de un cultivo de Candida auris en una placa de Petri. (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos vía The New York Times).

A medida que el COVID-19 se afianzaba el año pasado, los hospitales y los asilos para ancianos utilizaban y reutilizaban los escasos equipos de protección: cubrebocas, guantes y batas. Esa austeridad desesperada ayudó a evitar la transmisión del virus vía aérea.

No obstante, parece que también contribuyó a la propagación de un conjunto diferente de patógenos, bacterias y hongos resistentes a los medicamentos que han aprovechado el caos de la pandemia para crecer de manera oportunista en los centros sanitarios de todo el mundo.

Estas bacterias y hongos, como el COVID-19, se aprovechan de las personas mayores, enfermas y la gente con un sistema inmunitario afectado. Pueden adherirse con tenacidad a la ropa y al equipo médico, por lo que, antes de la pandemia, los asilos de ancianos y los hospitales se centraban cada vez más en la limpieza de las habitaciones y el cambio de batas para evitar su propagación.

Este énfasis se ha perdido en medio de la atención acaparadora que se ha prestado al coronavirus. De hecho, los expertos advierten que es probable que los cambios en la higiene y otras prácticas provocados por la lucha contra el COVID-19 hayan contribuido a la propagación de estos microbios resistentes a los medicamentos.

“Creer que en el mundo hay un solo patógeno es verdaderamente problemático”, afirmó Susan S. Huang, especialista en enfermedades infecciosas de la Facultad de Medicina de la Universidad de California en Irvine, y señaló que el enfoque casi único en la pandemia parece haber derivado en una mayor propagación de infecciones resistentes a los medicamentos. “Tenemos todos los motivos para creer que el problema ha empeorado”.

Algunos datos refuerzan sus temores, entre los que están los brotes aislados de diversas infecciones resistentes a los medicamentos en Florida, Nueva Jersey y California, así como en India, Italia, Perú y Francia. Ha sido difícil monitorear las cifras globales porque muchos asilos para ancianos y hospitales simplemente dejaron de identificar los patógenos cuando los recursos se desviaron al COVID-19.

Cuando a principios del verano se reanudó el cribado, incluso de manera reducida, los resultados sugirieron que algunos organismos resistentes a los medicamentos se habían arraigado y extendido. Un problema particular ha sido la creciente cantidad de casos de un hongo llamado Candida auris, que las autoridades habían tratado de combatir antes de la pandemia con un mayor cribado, aislamiento de los pacientes contagiados y una mejor higiene.

Estos esfuerzos intensivos habían limitado la propagación del C. auris a un puñado de casos en el condado de Los Ángeles. Ahora hay alrededor de 250, comentó Zachary Rubin, quien dirige las acciones de control de infecciones del condado en los centros de salud.

“Vimos una proliferación de Candida auris”, dijo Rubin, quien atribuyó el cambio a un puñado de factores, en particular a las dificultades para aplicar las pruebas de detección del patógeno cuando se destinaron tantos recursos para las pruebas del COVID-19.

También están apareciendo bacterias nocivas resistentes a los medicamentos, como el Acinetobacter baumannii resistente al Carbapenem, que los Centros de Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, por su sigla en inglés) consideran una “amenaza sanitaria urgente”. En diciembre, los CDC informaron de una serie de casos de Acinetobacter baumannii durante un brote de pacientes con COVID-19 en un hospital urbano de Nueva Jersey con unas 500 camas. No se reveló el nombre del hospital. En hospitales de Italia y Perú se propagó la bacteria Klebsiella pneumoniae.

En reconocimiento del problema, tres sociedades médicas importantes enviaron una carta el 28 de diciembre a los Centros de Servicios de Medicare y Medicaid en la que solicitaban la suspensión temporal de las normas que supeditan las tasas de reembolso a las infecciones adquiridas en los hospitales. Los tres grupos (la Sociedad de Epidemiología Sanitaria de Estados Unidos, la Sociedad de Farmacéuticos de Enfermedades Infecciosas y la Asociación de Control de Infecciones y Epidemiología) temían que los índices de infección pudieran haber aumentado a causa del COVID-19.

“El personal de atención al paciente, los suministros, los centros de atención y las prácticas estándar han cambiado durante esta época insólita”, declararon en la carta.

No todos los tipos de infecciones resistentes a los medicamentos han aumentado. Por ejemplo, algunas investigaciones no muestran ningún cambio particular durante la pandemia en el índice de pacientes hospitalizados que contraen la bacteria Clostridioides difficile, un hallazgo que sugiere que el efecto general a largo plazo de la pandemia sobre estas infecciones aún no está claro.

Huang y otros expertos afirmaron que no están sugiriendo que la prioridad en la lucha contra el COVID-19 haya sido errónea. Por el contrario, afirman que debe prestarse una atención renovada a los patógenos resistentes a los medicamentos. Investigaciones anteriores han demostrado que hasta el 65 por ciento de los residentes de los asilos para ancianos son portadores de algún tipo de infección resistente a los medicamentos.

Otro posible factor que ha contribuido a esta situación ha sido el uso intensivo y frecuente de esteroides para tratar el COVID-19. Estos medicamentos ayudan a aliviar los síntomas más peligrosos del virus, pero pueden afectar el sistema inmunitario al permitir que otros patógenos se infiltren en el organismo con mayor facilidad.

La combinación de estos factores “es perfecta” para que el hongo “se afiance”, señaló Tom Chiller, director del departamento de hongos de los CDC.

A principios de este mes, el Departamento de Salud de Florida publicó un informe sobre cuatro casos de Candida auris en un hospital de Florida (los CDC y el estado han ocultado el nombre del hospital). En un esfuerzo por comprender la propagación, el departamento de salud de Florida visitó la unidad de COVID de ese lugar en agosto. Su investigación reveló que 35 de los 67 pacientes ingresados en la unidad entre el 4 y el 18 de agosto estaban colonizados por C. auris, lo que significa que el hongo estaba en su piel, pero aún no estaban contagiados. Posteriormente, seis de los pacientes se contagiaron.

El estudio reveló que la propagación del hongo de un paciente a otro podría deberse a que el personal sanitario portaba el patógeno en batas o guantes de protección, así como en computadoras portátiles y otros equipos que no se habían limpiado lo suficiente. De acuerdo con los CDC y otros expertos, se trataba de un error en el control de infecciones, una práctica que había sido objeto de un escrutinio intenso en 2019 después de que el C. auris se arraigara en la Costa Este y comenzara a propagarse.

A nivel nacional, la cantidad de contagios había aumentado de 952 desde finales de octubre de 2019 a alrededor de 1625 en noviembre de 2020. Es probable que la cifra actual sea mucho mayor, dijo Chiller, porque la detección del patógeno se detuvo en gran medida al principio de la pandemia. Cuando se reanudó, las cifras aumentaron a 83 contagios en agosto y 195 pacientes colonizados, e incluso entonces, las pruebas no estaban tan extendidas como antes de la pandemia.

El resultado es que los casos confirmados son “probablemente la punta del iceberg”, concluyó Chiller.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company