Entre minas de oro y basura, guía sudafricano ofrece un tour por la barriada de Soweto

Soweto, el inmenso arrabal a las afueras de Johannesburgo, con sus míseras callejuelas y su estampa urbana, no se presta para ensoñaciones bucólicas. Sin embargo, todos los domingos en la mañana, Masike Lebele, lleva a una veintena de excursionistas a pasear al barrio de su infancia.

Para Lebele la idea principal era romper los prejuicios, pero también buscaba ganarse la vida y mostrarle a este barrio desfavorecido que es posible emprender.

"Este era mi terreno de juegos de infancia. Yo era un aventurero", cuenta este hombre de 40 años con una mirada viva y una sonrisa desdentada.

"Aquí fui un cazador recolector", dice cerca de una reserva de agua de una mina de oro abandonada. "Aquí aprendí a nadar", señala el travieso guía.

El punto de partida del tour es un "shebeen", una taberna de barrio instalada en una casa que perteneció a su abuela. Por motivos de seguridad, una decena de amigos acompañan al grupo durante los 7 kilómetros que dura el recorrido.

A la madrugada, los excursionistas cruzan una calle atestada de basura y de neumáticos viejos, donde hay comerciantes ambulantes vendiendo frutas y tentempiés.

"Aquí empieza Soweto", anuncia al grupo Lufuno, alias "Lulu" Matidza, la elegante compañera y socia del guía, ataviada con gafas futuristas, grandes pendientes y maquillada con lápiz labial rosa vivo. De lejos se ve la silueta de los rascacielos de Johannesburgo.

Un descampado salpicado de juncos desciende hasta un riachuelo.

Los "sangomas", la palabra zulú para los chamanes tradicionales, "consideran que este lugar es sagrado", explica Masike, que recomienda hablar en voz baja.

- Abluciones sagradas -

Un hombre desnudo nada tranquilo en las aguas. Otros seis vestidos con togas cantan melodías embriagadoras. Un poco más lejos, tres mujeres envueltas en estolas encienden velas que se funden en una roca.

De repente surge un grito. "¿Eso qué es?", pregunta sin aliento uno de los excursionistas.

"Es el rugido de una persona llamando a sus ancestros", responde lacónicamente Lulu sin interrumpir la marcha, que sigue por una montaña de residuos mineros con destellos dorados, a veces con un tono azul inquietante.

"Son químicos", comenta uno de los guías. La contaminación de este terreno es algo conocido en Johanesburgo, ya que es perceptible cada vez que no llueve, especialmente en invierno.

La erosión dejó paso a galerías inestables de arena compacta, espectaculares pero quebradizas.

"Sigue habiendo oro aquí", afirma Masike, quien está muy apegado a este paisaje desolador.

A la salida de las quebradas hay una meseta de arena.

"Aquí fue donde nos convertimos en maestros de kung-fu. Cada grupo venía en banda y luchábamos", recuerda el hombre.

Después de contemplar una espectacular vista de Soweto y de todo el municipio con sus casas y terreno geométricos, el grupo inicia el descenso.

Christo Welgemoed, 62 de años, se alegra de haber venido a "ampliar sus horizontes".

"Yo vivo a once kilómetros. Si no hubiera oído hablar de esta excursión en un blog, nunca hubiese venido aquí", confiesa a AFP.

Las reservas están agotadas hasta principios de marzo, celebra el primer organizador de excursiones en los vertederos que rodean Johannesburgo, que datan de la fiebre del oro a finales del siglo XIX.

ger/cld/an/mas/zm