Milo Lockett: una crisis lo llevó a la quiebra y así descubrió su vocación

·3  min de lectura
Milo Lockett
Mauro Alfieri

No para. Trabaja como un obrero todo el día sin descanso. Cuadro tras cuadro, Milo Lockett invita a Hablemos de otra cosa, el programa que conduce Pablo Sirvén por LN+, a ingresar a su mundo, el taller que tiene en Tigre y en el que pasa nueve horas al día, en medio de un estallido continuo de colores y olor a pintura.

“No trabajo con bocetos, a veces no tengo una idea pero la obra aparece. Pienso una cosa y hago otra, soy disperso. Si un recurso no me funciona, lo retomo e intento optimizarlo”, dice con orgullo mientras se pasea entre los muchos cuadros que tapizan su taller y su enorme mesa repleta de envases de pintura y pinceles.

Luego de estar al frente de un local en Palermo durante muchos años, Milo se fue a las afueras de la ciudad a seguir con su vida y su trabajo.

“La pandemia -cuenta- me hizo reflexionar sobre mudarme. Vivo en Tigre hace cuatro años. Volver a la naturaleza me dio paz.”

El artista nos introduce en su exuberante mundo plástico y cuenta detalles sobre sus técnicas y obras. “Las obras más chicas -detalla- son de 30 por 30 centímetros, una medida que me fascina. Pongo mucho amor en lo que hago, pienso en la persona que va a recibir ese cuadro. Una obra de arte acompaña a su dueño muchos años de su vida”.

Milo Locket fue un empresario industrial hasta hace exactamente veinte años. La crisis de 2001 se llevó su fábrica de remeras y el mismo día que la cerró decidió reinventarse y dar un volantazo a su vida.

Lo cuenta de esta manera: “Yo quería ser industrial, en ese momento fabricaba ropa. De joven vendí ajo en la calle, eso me ayudó mucho. La calle es muy interesante, te da sabiduría. Llegué a armar una linda fábrica. Fue muy duro cerrarla. Me ofrecieron trabajo de otras empresas pero no los acepté, no quería hacer más eso. Estaba cansado de la economía, de sufrir todos los días el desgaste. El día que cerré la fábrica fui a comprar dos bastidores y me puse a pintar. Pensé que sería una transición. A los pocos meses, dije: ‘Quiero vivir de esto’”.

Milo hace una demostración de su rutina en Hablemos de otra cosa: se detiene ante un bastidor en blanco y empieza a crear. La obra va tomando sus formas y colores en pocos minutos ante nuestros ojos.

“Me gusta empezar la obra -explica- y terminarla al final del día. Antes me enojaba cuando no me salía como la había pensado. Siento que mi obra es bruta y gráfica, contenida en líneas negras. Necesito trabajar mucho, necesito de la cantidad. Uno trabaja hasta que encuentra algo que le gusta.”

Trazos simples, caras grandes, distintos animales (especialmente elefantes) conforman una parte del universo de Milo Lockett, pleno de colores fuertes, alegres y luminosos. Dice que le gusta la idea de que los chicos, ante sus cuadros, puedan decir: “Yo también puedo hacer eso” o “Lo puedo hacer mejor”.

“El dibujo -subraya- es la primera manifestación del lenguaje. Donde más se desarrolló el arte es en los jardines de infantes.”

Es parte de su meta: que el arte sea accesible para todos, no algo inaccesible o reservado únicamente para las elites. “Es muy antiguo pensar que el arte tiene que ser para pocos. A mí me gusta ser popular, que el arte llegue a donde tiene que llegar”, aclara.

A Milo Lockett no le quita el sueño que parte del mundillo del arte más académico pueda mirarlo con alguna reserva. “No tengo preocupación de trascender o de tener reconocimiento. Siempre me manejé al revés de cómo sucede todo en el mundo del arte. Trato de tener un precio accesible para que sea masiva la obra. Soy una persona muy contenta con lo que me tocó en la vida. No quiero sonar soberbio, quiero sonar agradecido”, finaliza.

Hablemos de otra cosa se emite los viernes, a las 23, por LN+.

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios se conecten en relación con sus intereses. Para mejorar la experiencia de nuestra comunidad, suspenderemos temporalmente los comentarios en los artículos.