Miles fueron rescatados cuando Fiona inundó a Puerto Rico. Estas son algunas de sus historias

Pedro Portal/pportal@miamiherald.com

Cuando el huracán Fiona inundó la casa en la que Gilberto Amador y Milagros Solís Díaz han vivido durante más de 50 años en el sur de Puerto Rico, la pareja trató de parar las aguas embravecidas.

“Yo aguantando la puerta y gritando al hijo mio ‘Ven, pa’ que me ayudes,” dijo Solís, de 73 años.

Pero la presión era demasiado fuerte y las aguas irrumpieron en la casa en cuestión de minutos.

“El hijo me dijo, ‘Papi, la nevera se está virando,” dijo Amador, de 78.

Los furiosos vientos y lluvias los azotaron mientras los oficiales municipales los ayudaban a escapar. Llegaron temblando de frío a un refugio en el pueblo de Yabucoa, por donde el huracán María había entrado a la isla cinco años antes.

“El catre era más duro que el mismo cemento,” dijo Amador, “y dormimos un par de horitas.”

La pareja se encuentra entre los miles de puertorriqueños a quienes las autoridades y los vecinos salvaron de las inundaciones que Fiona desató en Puerto Rico a mediados de septiembre. La tormenta de categoría 1 desbordó ríos, caños y costas. Arruinó casas y atrapó residentes en sus interiores.

En la urbanización Jaime C. Rodríguez, donde viven Solís y Amador, se desbordó una quebrada que entró en las casas. Unas 60 personas fueron rescatadas, dijo Ahmed Molina, oficial municipal de emergencias. El daño se concentró en tres calles y al menos 100 personas sufrieron daños en sus casas por las aguas que alcanzaron una altura de unos 4 pies, agregó.

Calle abajo de la pareja, Ramona Maldonado Ortiz, de 70 años, colocó placas de zinc y tablas de madera para evitar que las lluvias torrenciales entraran a su hogar. Pero el agua las rompió con facilidad y le llegó hasta la cintura.

Las autoridades municipales la sacaron de su casa con una excavadora. Tuvieron que cargar a su esposo, José, quien se resbaló y se fracturó una pierna justo antes de que Fiona arrasara a Puerto Rico.

El vecindario se había inundado antes. Pero los residentes dijeron que esto era distinto.

“Esto fue la peor,” dijo Maldonado. “Todo el mundo dice que fue la peor.”

Solamente en Salinas hubo más de 400 rescates. La Guardia Nacional desplegó camiones pesados para cruzar las inundaciones y sacar a las personas atrapadas en sus hogares en varios vecindarios, incluidas las comunidades de Playa y Playita.

Mildred Correa Padilla, líder comunitaria y madre de 52 años, dijo que su calle nunca se inundaba de esa forma durante los huracanes. Pero alrededor de la medianoche, el agua comenzó a entrar y le llegó a las pantorrillas. Cuando salió a la calle, el agua de la tormenta le llegaba hasta la cintura. La Guardia Nacional, tocando bocinas para alertar a los residentes de su presencia, los recogió en un camión.

“Fue algo catastrófico,” dijo, “Yo llevo 24 años viviendo aquí y nunca el agua había subido a mi casa.”

Inicialmente, apenas había entrado agua a la casa de Yolanda Rivera Sánchez la noche en que Fiona tocó tierra en Puerto Rico. Entonces ella y su esposo miraron por la ventana. La calle y su coche estaban completamente bajo el agua. La cerca de cemento que rodeaba su pequeña casa blanca ya no era visible.

“Yo en mi vida había visto tanta agua,” dijo

Llamaron al 911. Eventualmente, las autoridades acudieron en su rescate y se llevaron a su hija de 7 años al hombro.

En Las Ochenta, una histórica comunidad pesquera muy unida de residentes en su mayoría ancianos a unas pocas millas de Playa y Playita, los residentes quedaron aislados durante Fiona cuando un puente se inundó por un lado y el río Nigua se inundó por el otro.

“Hubo tanta situación, que a la misma vez que nosotros estábamos pidiendo ayuda, habían más comunidades también,” dijo Cathy Pagán, de 35 años, una líder comunitaria nacida y criada en el barrio. “Ya no tenían personal.”

Le dijo al Miami Herald que ella y otros residentes pasaron horas rescatando a personas de sus hogares cuando el vecino Rolando Delgado y su prima Rosa vieron que las áreas bajas del vecindario se estaban inundando.

“Empezamos sacando a las personas más vulnerables, como los viejitos, los que estaban en silla de rueda,” dijo Pagán, “Luego la gente empezó a escribirme e identificando donde estaban.”

Los rescatistas condujeron una camioneta hasta donde llegaba el agua. Luego, comenzaban a vadear las aguas sucias de la inundación, llamando a sus vecinos. Muchos estaban dormidos y no sabían lo que estaba pasando.

“Uno saca fuerzas no se donde,” dijo Delgado.

No había electricidad y no podían ver a dónde iban mientras luchaban contra el agua. Neveras, gomas de carro y sillas flotaban junto a ellos. En un caso, una mujer se despertó y su cama daba vueltas en las aguas.

Iris González, de 70 años, fue rescatada junto con su esposo, que apenas puede caminar, y Negri, su perro negro de tres patas.

“Estaba en la sala y entonces empezó a entrar agua por la puerta de atrás,” dijo, añadiendo que no temió pero le preocupó su perro.

En total, Pagán, su padre, Delgado y otro amigo rescataron a unas 50 personas y al menos 10 perros y un gato, y los alojaron en sus casas. Ahora, los líderes de la comunidad están decididos a asegurarse de que nada como esto vuelva a suceder.

“No es que no quería llegar el gobierno, pero es que somos una comunidad que en ese proceso quedamos incomunicados,” dijo Pagán, quien refugió a 30 personas.

Hace años, la líder comunitaria y otras personas remodelaron el antiguo dispensario de la comunidad, que se ha convertido en un centro comunitario con una pequeña biblioteca y una cocina que también alberga fiestas navideñas y campamentos de verano.

Después de Fiona, los residentes del centro prepararon comidas con 28 libras de arroz, así como fricasé de pollo, ternera, aguacate y más para alimentar a más de 100 residentes. Las cajas de agua embotellada estaban apiladas contra una pizarra blanca, donde los vecinos habían hecho un censo calle por calle, casa por casa, y una lista de los hogares que necesitaban ser limpiadas. Los niños estaban dejando comidas en las casas de los ancianos.

Ahora los líderes comunitarios planean rescatar la escuela Maestra Matilda Rivera Amadeo, que cerró, como cientos de otras en la isla. Esperan que una vez que sea restaurada, la escuela sirva como un centro comunitario más grande y que pueda usarse como un refugio durante tiempos de emergencia, como lo fue alguna vez.

Después de Fiona, los líderes comunitarios, entre ellos Ada Miranda, dijeron que los residentes están decididos a abrir la escuela.

“He sentido la comunidad más unida que nunca,” dijo Miranda.