Mi voto por Hillary Clinton: Las trampas de la desconfianza

Por Ivette Leyva Martínez-. Muchas veces a lo largo de esta dilatada campaña electoral, me vi a mí misma repitiendo lo que miles de ciudadanos estadounidenses comentaban en la intimidad de sus hogares: “No me gusta Hillary Clinton”. 

Sin embargo, delante de la boleta electoral un día lluvioso y gris, no vacilé un segundo. Para mí, la opción era clara y mi voto fue por Clinton. También fue, como siempre, para Ileana Ros-Lehtinen, representante republicana de mi distrito. Soy, al menos técnicamente, una votante independiente y he alternado mis votos entre candidatos de ambos partidos.

(AP Photo/Otto Kitsinger)

No voté por Hillary Clinton con entusiasmo, pero como para la mitad de la nación, la victoria de Trump me desconcierta.

Creo entender, no obstante, parte de las reservas femeninas en cuanto a Clinton. A diferencia de otros políticos, como el propio Obama, ella ha sido miembro del establishment político durante bastante tiempo -como primera dama, como congresista, como secretaria de Estado-, tanto que es fácil olvidar su origen humilde, y se ha visto salpicada por numerosos escándalos, algunos de los cuales datan de la gubernatura de su esposo en Arkansas. 

Pero me hallé a mí misma, además, cuestionando la ambición de Clinton (“¿Habrá usado la carrera de su marido para impulsar la suya? ¿Realmente tiene suficiente mérito propio para llegar a la presidencia?”), su estilo (“¿Por qué está siempre tan seria y adusta? ¿Por qué jamás usó vestidos o faldas durante la campaña?”¿Se hizo una cirugía?”)

Sí, incluso las mujeres para quienes Donald Trump no era una opción, nos dedicamos a criticar a Hillary por su imagen. ¿Cuándo, sin embargo, nos detenemos a criticar el vestuario o maquillaje de un político hombre? 

Me pregunto si esos prejuicios estuvieron también en la mente de millones de mujeres que no votaron por la demócrata. 

Nada peor, suele decirse, que la harina del mismo costal; y las mujeres solemos restringir el terreno de la competencia a nosotras mismas.

A mí Hillary me recordaba a la abuela blanca que en vez de acogerte con galleticas horneadas y sonrisas, te cuestiona con severidad y te mira por encima del hombro. 

En su primer discurso tras la derrota del martes, una Hillary Clinton emocionada y cálida, que pocas veces asomó durante la campaña, admitió que su derrota era “dolorosa y lo será durante mucho tiempo”. 

AP

Pero mis prejuicios tienen que ver, en parte, con mi propia educación.

Crecí en una sociedad -la Cuba tan poco revolucionaria de Fidel Castro- donde las mujeres eran y son educadas para complacer, no para mandar. 

En las sociedades machistas -la estadounidense y las latinoamericanas lo siguen siendo- no es bien vista la ambición femenina, y el ejercicio del poder político, con todos sus torcidos vericuetos, suele dejarse a los hombres.

Una mujer “mandona” nunca es bien vista.

Según esta visión, una mujer no puede ser inteligente y ecuánime como para mandar (recordemos los perennes chistes sobre las hormonas), y, por lo tanto, o su feminidad o su inteligencia son cuestionadas.

Hillary Clinton fue calificada de mentirosa y de persona de poco fiar, sin que se haya demostrado ninguna de sus presuntas mentiras o falta de confiabilidad. 

Los intentos de descarrilar su carrera política acusándola de no impedir el ataque a la embajada estadounidense en Libia, o de haber puesto en peligro la seguridad de Estados Unidos por usar un servidor privado durante su período como Secretaria de Estado, no condujeron a nada a ninguna acción legal en su contra, pero exacerbaron la desconfianza sobre la candidata. 

Pretender, en cambio, que su rival, un magnate carente de experiencia política que ha desarrollado una campaña populista y a base de insultos contra mujeres y minorías, estaba tan calificado como Clinton para llegar a la Casa Blanca, dice mucho de la misoginia que todavía permea nuestra manera de ver el mundo de la política.

Muchos alegaron -con razón- que la llegada de Hillary Clinton al poder solo por ser mujer no garantizaría un avance significativo en los derechos femeninos, como no lo representó bajo el Pakistán de Benazir Bhutto o la Nicaragua de Violeta Chamorro, entre otros países. 

Pero en la agenda de prioridades de Hillary Clinton sí estaban temas claves para las mujeres, como la igualdad salarial, el aumento del salario mínimo, las licencias de maternidad pagadas y la lucha contra la violencia doméstica. 

Por eso voté por ella: porque era nuestra mejor oportunidad para lograr avances en los derechos femeninos y en garantizar que Estados Unidos siga siendo una sociedad tolerante hacia inmigrantes como yo. 

Pero la realidad fue otra y Donald Trump será presidente. Mi presidente. Entre esos más de 59 millones de ciudadanos que escogieron a Trump había latinas como yo, afroamericanos, discapacitados, homosexuales, musulmanes…

Medio país -y no sólo los blancos- prefirieron al Partido Republicano no sólo en la Casa Blanca, sino también el Congreso y es una voluntad que debemos acatar los perdedores, por respeto a la tradición democrática. 

Hubiera preferido un resultado electoral diferente pero como dijo la candidata derrotada, creo que debemos recibir con mente abierta a Donald Trump, con la esperanza de que sea mejor presidente que candidato.