Mi lucha por encontrar la paz como hija de un asesino en serie

Suzan Barnes era hija de un ejecutivo de un periódico, una mujer divorciada, adinerada y madre de dos adolescentes. Jim Carson, mi padre, era el hijo hippie de un ejecutivo petrolero, estaba casado y tenía una hija pequeña. La noche en que se conocieron, en una fiesta en 1978, se distanciaron de sus respectivas familias, se mudaron juntos y se volvieron inseparables, hasta que cinco años más tarde los arrestaron por asesinatos múltiples.

Jenn Carson de niña junto a su padre, Jim Carson. (Cortesía de Jenn Carson)

Con Suzan, mi padre se transformó en otra persona. Cambió de nombre, personalidad y vida. De James Clifford Carson pasó a llamarse Michael Bear Carson, y dejó de ser el padre atento y afectuoso que recordaba, el que me trenzaba el cabello y me leía libros. Michael Bear apenas me miraba.

Después de una década, Lynne, mi madre, solicitó el divorcio e intentó distanciarse de mi padre mudándose de Phoenix a Tucson. Luego nos fuimos a vivir a la Reserva del Pueblo pápago, donde daba clases en un programa de alfabetización. En aquel entonces, mi niñera me enseñaba a hacer tortillas en una cocina al aire libre; las monjas del preescolar, el alfabeto; y mi madre, los nombres de los cactus. De lunes a viernes era muy feliz.

Sin embargo, pasaba los fines de semana en casa de mi madrastra y eran como una película de terror. El interior de la casa de Suzan en Scottsdale, donde mi padre se había mudado, parecía un bosque embrujado. En lugar de lámparas y muebles, la casa estaba llena de docenas de macetas con plantas enormes. Por la noche, solía quedarme despierta en un saco de dormir en el suelo mientras miraba las sombras oscuras que se proyectaban en la pared y pensaba en mi última cena días antes. Además de no darme de comer, Suzan abusaba de mí física y verbalmente.

Una foto de Jim Carson cuando se graduó de la universidad, antes de cambiarse el nombre a Michael Bear Carson. (Cortesía de Jenn Carson)

Me sentía atrapada en la casa de mi nueva y malvada madrastra. Contaba los minutos para que terminara el fin de semana y pudiera regresar a casa de mi madre. Una vez incluso marqué al operador y le pedí que me pusiera con mi madre. Intenté abrir la puerta de la entrada, pero no pude llegar al cerrojo. Intenté buscar comida subiendo por los cajones de la cocina como si fueran una escalera para llegar hasta la encimera. A menudo, tenía que despertar a mi padre y a Suzan, quienes se desmayaban después de consumir ácido durante toda la noche y acostarse desnudos en el único mueble de toda la casa: una cama de agua tamaño king que se encontraba en su habitación.

Después de la última visita a mi padre, decidí contarle a mi madre lo que sucedía en casa de Suzan. Le conté sobre los árboles, los desnudos y la nevera vacía. Le dije que Suzan me había arañado muy fuerte la espalda con sus uñas afiladas cuando le pedí a mi padre que me acariciara la espalda antes de acostarme. Le conté que Suzan me había llamado “demonio” y que me había dicho que debería estar muerta. Entonces, mi madre me levantó la camisa y se quedó sin aliento. Vio en mi espalda los cinco arañazos llenos de sangre. Me prometió que nunca volvería a ver a Suzan.

Con el dinero de la venta de la casa de Suzan en Scottsdale, Michael y Suzan viajaron por Israel, India, Francia y el Reino Unido. Mi madre esperó hasta que los dos se fueron de viaje, y luego nosotras también nos fuimos. Nos adentramos en la zona urbana del sur de California, cerca del tío de mi madre, la única persona que realmente la creyó cuando le dijo: “Mi ex y su nueva esposa podrían matarnos”. Era un expolicía que creía en la palabra de las mujeres asustadas.

Mi madre se alejó de los familiares y amigos que no creyeron en sus miedos o que se mantuvieron en contacto con mi padre. Alquilábamos habitaciones y nos mudábamos con frecuencia. Mi madre tenía empleos extraños. Luchábamos por pagar los alimentos y medicamentos, y a veces, como no teníamos dónde vivir, dormíamos en el suelo y los sofás de los amigos. Durante todo ese tiempo, mi madre batalló contra una depresión severa, pero siguió adelante para proteger a su única hija.

Casi un año más tarde, cuando Suzan regresó a Estados Unidos, tuvo una visión inducida por el LSD en la habitación de un motel. Vio a un profeta, quien supuestamente le reveló una lista de brujos de todo el mundo a quienes Dios quería que ella y mi padre asesinaran. La lista incluía al presidente Ronald Reagan y al gobernador Jerry Brown, entre otros. Mi padre escribió la lista mientras Suzan se la dictaba, y trazaron un plan detallado para asesinar a Reagan.

Un excursionista encontró el plan en una zona del bosque donde mi padre y Suzan estaban acampando y lo entregó a la policía. Mi madre y yo nos enteramos de esas amenazas cuando el Servicio Secreto tocó a nuestra puerta, entonces corría el año 1982.

Un cartel de “se busca” de Michael Bear Carson. (Cortesía de Jenn Carson)

Un año después, sorprendieron a mi padre y a Suzan asesinando a un desconocido inocente en el arcén de una autopista en el condado de Napa, California. Después de su arresto, el periódico San Francisco Chronicle publicó una carta que mi padre escribió desde prisión en la que se ofrecía a confesar “las personas de California” que él y Suzan habían asesinado, si les concedían una conferencia de prensa. Los medios los llamaron los “Asesinos de brujas de San Francisco”.

Mi padre y su esposa se convirtieron oficialmente en asesinos en serie. Confesaron tres asesinatos en California y pronto fueron sospechosos de otras nueve muertes en Estados Unidos y Europa.

Durante el juicio, los supuestos amigos de mi padre y Suzan, afirmaron ser hechiceros y testificaron como expertos. Argumentaron que mi padre y Suzan habían actuado en defensa propia contra los “ataques psíquicos” mortales. Mi padre, que era judío, y Suzan, cristiana, también culparon al profeta Mahoma por sus crímenes. El circo en el que se convirtió el juicio llegó a su fin cuando Suzan interrumpió las declaraciones finales y gritó: “¿Cuál es mi crimen? ¿Ser bella? ¿Ser una artista?”. Mi padre gritó: “¡Muerte a la Reina! ¡Larga vida al IRA!”.

Todos los periódicos del país publicaron titulares que decían: “El juicio a los brujos de San Francisco”. Mi padre y Suzan fueron declarados culpables de tres cargos de asesinato y cada uno recibió tres condenas a cadena perpetua.

Recuerdo haber leído que mi padre y su esposa golpearon a una joven con una sartén y quemaron el cuerpo de otro joven. Recuerdo que intenté pronunciar palabras que no conocía como “golpeado” y “decapitado”. Poco después, empezó mi lucha de por vida contra las pesadillas.

Mi madre temía que me enterase del juicio a través de los medios de comunicación, así que decidió contarme lo que había sucedido. Una tarde fue a buscarme a la escuela y de camino a casa me dijo: “Papi hiere a las personas. Ahora tiene que ir a la cárcel para que no lastime a nadie más”. Le pregunté si las personas que había herido estaban muertas y si los muertos tenían mamás. Asintió con la cabeza a cada pregunta y luego caminamos a casa sin decir ni una palabra más. Nos tomamos de las manos y lloramos.

Unos meses más tarde, encontré varios recortes de periódico en el cajón de la cómoda de mi madre y supe cuán horribles habían sido los asesinatos. Recuerdo haber leído que mi padre y su esposa golpearon a una joven con una sartén y quemaron el cuerpo de otro joven. Recuerdo que intenté pronunciar palabras que no conocía como “golpeado” y “decapitado”. Poco después, empezó mi lucha de por vida contra las pesadillas.

Un recorte de periódico donde se puede ver a Suzan Barnes y Michael Bear Carson. (Cortesía de Jenn Carson)

También tuve miedo por mi seguridad. Si mi padre asesinaba a personas, entonces pensé que cualquiera podía ser un asesino. Cuando llegaba a casa de la escuela o antes de acostarme por la noche, hacía barricadas en la puerta de mi habitación con los muebles. También empecé a dormir con tijeras y cuchillos debajo de mi almohada. Estaba tan traumatizada que una vez intenté ahogarme en la bañera y hasta guardé pastillas de nuestro botiquín con la intención de terminar con mi vida. Antes de cumplir los 10 años, me había convertido en una niña suicida con un padre homicida.

Me empecé a preguntar si yo también podía cambiar hasta el punto de asesinar personas. Me preguntaba si tenía genes de monstruo. También tuve que enfrentarme al estigma social. Lo peor de todo fueron mis familiares, quienes me veían como un obstáculo para olvidarse de mi padre. Mi abuela me presentaba a sus amigos diciendo que era su sobrina nieta. Dos parientes me dijeron que mantuviera el tema de los asesinatos en secreto o “nadie se casaría conmigo”. Un pariente incluso me llegó a decir: “Mira lo que trajiste a nuestras vidas, pequeña perra egoísta”. En aquel entonces solo tenía nueve años.

Cuando era adolescente, tras haberme alejado de los familiares tóxicos, sufrí los mismos estigmas sociales con varios novios. Uno le dijo a sus padres que mi padre había muerto en un accidente automovilístico. Me obligó a seguirle el juego. Otro novio muy serio dijo que quería proponerme matrimonio, pero que luego había decidido romper conmigo porque no quería que sus hijos tuvieran como abuelo a un asesino en serie.

Con el tiempo, aprendí a alejarme de cualquier persona que atentara contra mi dignidad. Comprendí por qué la mayoría de los hijos de asesinos en serie cambian de nombre y se esconden, pero decidí que no lo haría más. No me escondería para consolar a los demás.

Una foto de Suzan Barnes y Michael Bear Carson tras haber sido detenidos. (Cortesía de Jenn Carson)

Uno de los hijos de Charles Manson se suicidó, así como muchos otros hijos de infames asesinos. Yo elegí vivir. Exigí recibir un tratamiento para mi salud mental, sin estigmas, de la misma forma en que habría buscado tratamiento para una enfermedad física crónica. No me avergüenza tener asma, ¿por qué debería avergonzarme tener depresión o un trastorno de estrés postraumático complejo? Merecía ayuda.

También decidí ayudar a otras personas. Durante casi dos décadas, trabajé como maestra y consejera en escuelas públicas con niños que tenían necesidades especiales. Usé mi experiencia y pericia para defender a los hijos que tienen un padre encarcelado en Estados Unidos, una situación que afecta a 1 de cada 40 niños.

Desde que en 2007 hice pública mi condición de “hija de un asesino en serie”, también tuve la oportunidad de ayudar a otras familias de delincuentes violentos y víctimas. En 2015, me sumé a las familias de las víctimas de mi padre cuando él y Suzan recibieron inesperadamente una consideración de libertad condicional. Juntos presentamos una petición en contra de su libertad condicional, a la vez que lanzamos una campaña de envío de cartas, bombardeamos los medios y acudimos a la audiencia, por lo que mi padre y Suzan siguen en prisión. Pensamos hacer lo mismo en la próxima audiencia de mi padre en 2020. Suzan tendrá derecho a la libertad condicional en 2030, pero ya tendrá 90 años.

Mi vida no ha sido fácil, pero ayudando a otras personas he podido encontrar paz. Cuando miro al pasado, me doy cuenta de que al inicio quería ayudar a otros para completar una cuota invisible de buenas acciones con la esperanza de compensar el miedo y el trauma que causaron mi padre y Suzan. Sin embargo, ahora sé que no puedo expiar los pecados de mi padre ni recuperar a esas víctimas inocentes. Solo puedo vivir mi vida como mejor sé, mientras ofrezco tanto amor al mundo como me sea posible.

Jenn Carson de niña junto a su padre. (Cortesía de Jenn Carson)

Jenn Carson

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