De mesero a vender fierro viejo: trabajadores de restaurantes han padecido por la epidemia

Zedryk Raziel
Casa del Pavo

Don Felipe Méndez aguantó dos meses y medio sin trabajo, tras el cierre del legendario restaurante La Casa del Pavo, en el Centro Histórico, donde ha sido mesero durante dos décadas y media. No consiguió otro empleo, aunque lo intentó -en alguna taquería, en un tianguis-, y su último recurso fue ponerse a juntar “chácharas” para venderlas: fierro viejo, botellas de plástico, latas de aluminio.

“Está muy difícil, oiga; llegué al extremo de estar buscando mis fierros a ver qué chácharas puedo vender, porque esto está cabrón”, comenta el hombre de 58 años.

“Ya sabemos que de por medio está nuestra salud y nuestra vida, pero hay que encomendarnos a Dios y cubrirnos bien, protegernos lo mejor que se pueda, y a lucharle, porque, si no, ¿qué vamos a hacer?”.

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La última vez, en un depósito de chatarra, le pagaron 150 pesos por todo lo que juntó, y con eso compró tortillas y pan para alimentar durante dos días a su familia (vive con sus dos hijas y sus cinco nietos).

Chachareando, como él dice, complementa las despensas de frijoles, arroz, azúcar, cereal, pasta, gelatina y aceite que le ha regalado la alcaldía de Iztapalapa por estar desempleado.

“Me llamó mi patrón hace 15 días, me dijo que probablemente abríamos la semana que viene, dijo que me volvía a hablar, estoy esperando a que me marque, pero mientras ando viendo qué chachareo, oiga”, añade en entrevista telefónica.

La historia de don Felipe resume el impacto de la pandemia de COVID-19 en el sector restaurantero, uno de los más afectados por la crisis.

La Cámara Nacional de la Industria de Restaurantes y Alimentos Condimentados (Canirac) ha estimado el cierre de 300 mil fuentes de empleo en dicho sector y un pérdida económica de 100 mil millones de pesos.

Aún así, el mesero Felipe conserva la esperanza de que recuperará su trabajo.

“Yo espero que me llamen. Créame que, si me llaman ahorita, ahorita mismo me arranco. Ojalá Dios quiera que ya abran, porque ya son tres meses”, expresa.

“Imagínese, estoy desesperado, dando vuelvas y vueltas en la casa, yo estoy acostumbrado a trabajar desde que me enseñaron a trabajar, a los 12 años, de ahí para acá, trabajador como burro. Dice mi familia: ‘oye, casi ni te conocemos, no estás aquí’; les digo: ‘¿trabajo o me quedo a que me contemplen?’. Ahora que ha pasado esto, digo: ‘¿quieren seguirme contemplando aquí?’. Por una parte está bien, pero por la otra, ¿qué vamos a comer? Quiero mucho a mi familia, pero prefiero estar trabajando para traerles algo, que no tengan que andar corriendo para acá y para allá, viendo malas caras que no tiene uno necesidad”.

Don Felipe es un hombre creyente, pero, ya desesperado, se encomienda hasta a Alfonso Cuarón, que filmó en La Casa del Pavo una icónica escena de su película Roma, que ganó un Oscar el año pasado.

“Sería un buen momento para refrendar su ayuda. Sería el momento de ver realmente quién es Alfonso Cuarón, si se solidarizara con el pueblo, no nada más con La Casa del Pavo. Si pudiera, yo le diría que no se olvidara del pueblo, de la gente que, de alguna u otra forma, está con él y lo apoya; quiera que no, hay un éxito de Cuarón en la tele y ahí van todos los mexicanos a apoyarlo, a comprar sus películas, verlas y darles el apoyo, aunque sea moral”, explica.

–¿Usted vio Roma?

–Sí, señor; la verdad, me gustó –dice–. Mire, para nosotros los viejitos fue algo bonito, algo de gustarnos, porque refleja lo que fue la moda y el tiempo de esa época; vimos muchas cosas que hoy en día no existen, desde el simple televisor, ¿hoy dónde encuentras un televisor de esos? A las botellas de la salsa Búfalo que nosotros manejamos en el restaurante les pusieron etiquetas de esa época (para filmar la escena con Yalitza Aparicio), y eso no está en donde quiera, sólo lo pueden tener los anticuarios. Todas las calles, cómo le dieron la imagen de lo que era ese tiempo, ¿no? Me causó nostalgia.

‘No nos dejamos caer’

Hace poco más de un mes, Briseida José Juárez, dueña del Café Alameda, temía que iba a tener que cerrar su negocio si el confinamiento se extendía más allá de mayo. Pasó mayo, está pasando junio, y Briseida, de 29 años, no sólo no cerró, sino que ha registrado una ligera mejora en sus ventas.

“Este mes como que subió un poquito la venta, no me vi en la necesidad de cerrar, creo que se debe a que la gente ya está saliendo, ya se ve un poquito más de movimiento”, comenta.

Durante esta contingencia hubo días en que sus ingresos, que en circunstancias normales eran de hasta 10 mil pesos diarios, se desplomaron a 200 pesos al día. Fueron los momentos más críticos. Ahora celebra que sus ventas han tenido un repunte a los mil pesos diarios. Las dos trabajadoras que conservó como meseras por fin cobran propinas, además de su sueldo.

“Les estoy dando su dinerito a la semana, ellas dependen de eso, las propinas han mejorado, ya se llevan unos 50 pesos, que ya es algo. Ellas me dan las gracias, esperan que esto ya se abra lo más pronto posible para que empiecen a recuperarse, porque también me comentaron que se quedaron endeudadas. Y yo me siento bien, contenta de no haberlas tenido que despedir o descansar”, comparte, y se oye que sonríe del otro lado del teléfono.

A tres meses del inicio de la emergencia sanitaria, Briseida arrastra deudas en el pago de servicios como luz, agua y teléfono, así como del alquiler de su establecimiento, ubicado en la colonia Santa María la Ribera. Los pocos ingresos que obtiene los destina a reponer insumos de su cafetería y a pagar la nómina.

Afirma que, aunque el escenario no es el mejor, ella está optimista, pues no se dejó caer en el peor momento de la pandemia, menos lo hará ahora, con la esperanza de que los contagios de COVID-19 bajen de tal manera que el semáforo epidemiológico pase de rojo a amarillo en la Ciudad de México y puedan reabrir los restaurantes.

“Nosotras abríamos siempre desde temprano, y lo que alcanzáramos a vender era bueno; no nos dejamos caer, no dijimos ‘no se puede’”, relata.

Otros empresarios restauranteros no vislumbran el mismo escenario optimista que Briseida.

Fernando Campo, dueño de Fonda Garufa y Alacena Bistró, señala que no ha despedido a una sola de las 83 personas que conforman la nómina, todas con seguro social. Han transcurrido tres meses de generar deudas; otros dos meses con las mismas ventas bajas, advierte, significarían un golpe mortal.

“Estamos vendiendo 90% debajo de lo normal, estamos aguantando básicamente para sacar dinero para el personal, porque viven al día; eso nos va a generar pérdidas brutales que no sé cómo se repondrán, y si esto sigue dos meses así, estamos hablando ya de que va a cerrar una barbaridad de lugares. Mi negocio lo vería perdido prácticamente”, alerta.

Fernando no sólo acumula deudas en el pago de servicios y del alquiler de sus establecimientos, ubicados en Condesa, Del Valle y Lomas, sino que también ha tenido atrasos en el pago de los salarios.

“Tengo deudas con el personal, hemos estado prácticamente al día, aunque ellos mismos decidieron reducir sus jornadas y conservar su trabajo; todo el dinero que entra es para reponer el insumo y para pagar nómina; hemos pagado luz y seguro social. De arrendamiento ya tengo deudas de marzo, abril, mayo y junio en los tres locales”, explica.

El empresario restaurantero señala que en este momento es crucial el apoyo del gobierno con créditos en el pago de servicios y obligaciones.

“Yo creo que el gobierno puede dar créditos en electricidad, seguro social, y establecer algo para la relación con los caseros en el pago de las rentas”, considera.

Vicente Ramírez Mauro, dueño de la fonda La Santa María, reabrió esta semana su negocio para vender exclusivamente a domicilio, después de más de dos meses de haberlo cerrado. Antes creía que no valía la pena mantener abierto y pagar la nómina de sus cinco trabajadores cuando las ventas por pedidos eran tan bajas. Ahora está en busca, al menos, de esos pocos ingresos.

“Estoy reiniciando el negocio, obviamente no hay ventas, pero ni modo, hay que empezar a picar piedra desde ahorita, porque ya no podemos seguir así; si yo me aguanto un mes más así (sin ingresos), ya no vuelvo, es más, ya ni siquiera aguanto el mes, yo tengo que preocuparme por mi negocio, por mis trabajadores y por mí. Los escasos ahorros que había ya se acabaron, también por eso la intención de reactivarme, no puedo seguir así, porque no hay ahorro que te aguante si no hay ingreso”, cuenta.

Vicente, de 55 años, destinó un poco de inversión en remodelar su establecimiento, localizado en la Santa María la Ribera, y recontrató a dos empleados.

“Los trabajadores tenían mucha ansiedad, me estaban marcando para preguntarme: “¿cuándo empezamos?, ¿cuándo empezamos?”; afortunadamente tengo plantilla completa, están ansiosos por regresar, la necesidad es fuerte, por ese lado a mí también me preocupa, es una responsabilidad que tengo con la gente, yo tengo seis fuentes de trabajo que cuidar, incluyendo la mía”, expone.

Son las 3 de la tarde de un jueves y ha vendido dos comidas en el día. Son 140 pesos. Y es más que nada.

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