El mes de terror de Bucha

·8  min de lectura
Restos de un campamento ruso en una escuela en Bucha, Ucrania, 4 de abril de 2022. (Daniel Berehulak/The New York Times)
Restos de un campamento ruso en una escuela en Bucha, Ucrania, 4 de abril de 2022. (Daniel Berehulak/The New York Times)

BUCHA, Ucrania — Una madre asesinada por un francotirador mientras caminaba con su familia a buscar un termo de té. Una mujer retenida como esclava sexual, desnuda bajo un abrigo de piel y encerrada en una bodega de raíces antes de ser ejecutada. Dos hermanas muertas en su casa; sus cuerpos estuvieron tirados en el suelo durante semanas.

Bucha es un paisaje de horrores.

Desde el primer día de la guerra, el 24 de febrero, los civiles soportaron la peor parte del ataque ruso a Bucha, a pocos kilómetros al oeste de Kiev, la capital de Ucrania. Las fuerzas especiales rusas que se acercaban a pie a través de los bosques dispararon a los autos que circulaban por la carretera y, mientras entraba en el suburbio, una columna de vehículos blindados disparó y mató a una mujer que se encontraba en su jardín.

Sin embargo, esas primeras crueldades palidecieron en comparación con lo que vino después.

Cuando el avance ruso sobre Kiev se estancó ante la feroz resistencia, según los civiles, la ocupación enemiga de Bucha se convirtió en una campaña de terror y venganza. Cuando el ejército ruso, derrotado y desmoralizado, se retiró finalmente, dejó tras de sí un cuadro sombrío: cuerpos de civiles muertos esparcidos por las calles, en los sótanos o en los patios traseros, muchos con heridas de bala en la cabeza, algunos con las manos atadas a la espalda.
Los reporteros y fotógrafos de The New York Times pasaron más de una semana con funcionarios de la ciudad, forenses y decenas de testigos en Bucha, descubriendo nuevos detalles de las atrocidades tipo ejecuciones cometidas contra civiles. El Times documentó los cadáveres de casi tres decenas de personas en el lugar donde fueron asesinadas —en sus casas, en el bosque, incendiadas en un estacionamiento vacío— y conoció la historia de muchas de sus muertes. El Times también fue testigo de más de cien bolsas para cadáveres en una fosa común y en el cementerio de la ciudad.

Las pruebas sugieren que los rusos mataron de forma temeraria y a veces sádica, en parte por venganza.

Asesinaron a civiles desprevenidos que realizaban las actividades cotidianas más simples. El 5 de marzo, a media mañana, cuando abría la puerta de su casa en una pequeña calle lateral, le dispararon a una profesora jubilada conocida como tía Lyuda, diminutivo de Lyudmyla. Su cuerpo yacía retorcido, a mitad de la entrada, más de un mes después.

Cuerpos son exhumados de una fosa común cerca de la Iglesia de San Andrés en Bucha, Ucrania, el 8 de abril de 2022. (Daniel Berehulak/The New York Times)
Cuerpos son exhumados de una fosa común cerca de la Iglesia de San Andrés en Bucha, Ucrania, el 8 de abril de 2022. (Daniel Berehulak/The New York Times)

Su hermana menor, Nina, discapacitada mental que vivía con ella, estaba muerta en el suelo de la cocina. No está claro cómo murió.

“Se apoderaron del territorio y estuvieron disparando para que nadie se acercara”, dijo un vecino, Serhiy. “¿Por qué matar a una abuela?”.

Roman Havryliuk, de 43 años, soldador, y su hermano Serhiy Dukhli, de 46, enviaron al resto de su familia fuera de Bucha cuando se intensificó la violencia, pero ambos insistieron en quedarse. Los encontraron muertos en su patio. “Mi tío se quedó por el perro y mi padre por la casa”, comentó el hijo de Havryliuk, Nazar. Un hombre desconocido también yacía muerto cerca de ahí, y los dos perros de la familia estaban acribillados.

“No pudieron derrotar a nuestro ejército, así que mataron a los ciudadanos”, aseguró Nazar, de 17 años.

Bucha había sido uno de los suburbios más deseados de Kiev debido a su cercanía con la capital. Enclavado entre bosques de abetos y un río, contaba con modernos centros comerciales y complejos residenciales nuevos, así como con anticuadas cabañas de verano situadas entre jardines y árboles. El escritor ruso Mijaíl Bulgákov tenía allí una casa de verano.

Días después de que los soldados rusos entraran en la ciudad, el ejército ucraniano contratacó incendiando tanques y vehículos blindados durante un ataque a una columna rusa. Hasta veinte vehículos ardieron en una enorme bola de fuego que incendió las casas a lo largo de un lado de la calle. Algunos soldados rusos huyeron, llevando a sus heridos a través del bosque.

Los refuerzos rusos llegaron varios días después con ánimo agresivo. Establecieron su base en un complejo de departamentos situado detrás de la Escuela número 3, la escuela secundaria más importante, en la calle Vokzalna, o calle de la Estación, y colocaron un francotirador en un edificio de gran altura aún en construcción. Más al sur, establecieron su cuartel general en una fábrica de vidrio a orillas del río Bucha.

Hasta entonces, los residentes de Bucha se habían refugiado de los ataques rusos con misiles y artillería, muchos de ellos durmiendo en sótanos y bodegas, pero algunos se habían aventurado a salir de vez en cuando para conseguir agua o echar un vistazo a los daños. Los bombardeos habían sido esporádicos, y gran parte del fuego de artillería ruso apuntaba por encima de sus cabezas a Irpin, la ciudad más cercana.

El 5 de marzo, un francotirador ruso empezó a disparar contra todo lo que se movía al sur de la escuela.

A la tía Lyuda le dispararon por la mañana. Esa tarde, un padre y su hijo salieron de su puerta para dar un paseo por su calle, Yablunska, o calle del manzano. “Le dispararon a mi hijo”, dijo su padre, Iván. “Yo estaba junto a él. Habría preferido que me dispararan a mí”.

Pidió que solo se publicara su nombre de pila. Muchos residentes en Bucha estaban asustados después de semanas bajo la ocupación rusa y pidieron que no se publicaran sus apellidos por miedo a represalias posteriores.

La calle Yablunska, donde vivían, pronto se convirtió en el tramo más mortífero para los civiles que pasaban por allí. A principios de marzo, un hombre que iba en bicicleta resultó herido a causa de los disparos de un vehículo blindado, como lo mostró el video grabado por los militares ucranianos. El 11 de marzo había al menos once cadáveres tirados en la calle y en las aceras, según se observa en imágenes satelitales.

Pronto se volvió evidente por qué los cuerpos habían permanecido en el lugar durante tanto tiempo.

Los soldados empezaron a registrar las casas y ordenaron a los residentes que no salieran. “Iban patio por patio”, comentó Valerii Yurchenko, de 42 años, un mecánico que vive cerca del río. Un comandante ruso le advirtió que no saliera a la calle. “Tenemos órdenes de disparar”, advirtió el comandante.

La defensora oficial de los derechos humanos de Ucrania, Lyudmyla Denisova, dijo que había registrado horribles casos de violencia sexual por parte de los soldados rusos en Bucha y otros lugares, incluyendo uno en el que un grupo de mujeres y niñas fueron retenidas en el sótano de una casa durante 25 días. Nueve de ellas ahora están embarazadas, afirmó.

Especuló que la violencia se produjo como venganza por la resistencia ucraniana, pero también que los soldados rusos utilizaron la violencia sexual como arma de guerra contra las mujeres ucranianas.

En la última semana de marzo, las fuerzas ucranianas montaron un contrataque para retomar los suburbios del noroeste de Kiev. Los combates se intensificaron drásticamente en Bucha, y las unidades rusas comenzaron a prepararse para su retirada.

Uno de sus últimos actos fue disparar a sus detenidos o a cualquiera que se pusiera en su camino. En un área despejada de una calle, la policía encontró más tarde a cinco miembros de una familia, entre ellos dos mujeres y un niño; sus cuerpos estaban quemados y tirados en el suelo.

En relatos corroborados por un comandante militar local, los residentes describieron cómo una emboscada ucraniana que hizo explotar el vehículo blindado y el camión de suministros provocó una oleada de violencia rusa contra los civiles.

Días después de que los soldados ucranianos retomaron el control de Bucha, la policía y los trabajadores del cementerio comenzaron a recoger los cadáveres esparcidos por todas partes, metiendo bolsas negras para cadáveres en una furgoneta blanca. En el barro de las puertas traseras, los trabajadores habían escrito “200”, un código militar soviético para referirse a los muertos de guerra.

El 2 de abril habían recogido más de cien cadáveres, y el domingo la cifra había aumentado a más de 360 en el distrito de Bucha. Diez de los muertos eran niños, señalaron las autoridades.

De los 360, más de 250 murieron a causa de balas o metralla y están siendo incluidos en una investigación de crímenes de guerra, declaró Ruslan Kravchenko, fiscal regional de Bucha, en una entrevista. Muchos otros murieron de hambre, de frío y por falta de medicamentos y médicos, entre otras razones.

La brutalidad rusa ha indignado a la mayor parte del mundo y ha consolidado la decisión de Occidente de oponerse a la sangrienta invasión del presidente Vladimir Putin.

“El nivel de brutalidad del ejército de terroristas y verdugos de la Federación Rusa no tiene límites”, escribió la defensora del pueblo, Denisova. Apeló a la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas para que “tenga en cuenta estos crímenes de guerra por parte de los rusos en Ucrania”.

Algunos de los peores crímenes —incluyendo torturas, violaciones y ejecuciones de detenidos— fueron cometidos por los soldados que tenían base en la fábrica de vidrio de Bucha, según afirmaron los residentes locales y los investigadores. El fiscal regional, Kravchenko, indicó que los investigadores encontraron un servidor informático abandonado por los rusos que podría ayudarlos a identificar a los hombres responsables de la violencia.

“Ya hemos establecido listas y datos de los militares”, aseguró Kravchenko. “Los datos ocupan más de cien páginas”.

Los investigadores ucranianos también cuentan con un inmenso recurso de organizaciones, ciudadanos y periodistas que han subido más de 7000 videos y fotografías en un centro gubernamental de internet, warcrimes.gov.ua, señaló la fiscal del Estado, Iryna Venediktova.

“Algo muy importante en este caso es que son pruebas admisibles en los tribunales”, explicó. “Se trata de 7000 pruebas de video y pruebas fotográficas”. Sin embargo, aún hay un largo y laborioso proceso de identificación.

© 2022 The New York Times Company

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios se conecten en relación con sus intereses. Para mejorar la experiencia de nuestra comunidad, suspenderemos temporalmente los comentarios en los artículos.