Menemismo y pobreza: una ecuación compleja

Jorge Ossona
·4  min de lectura

Carlos Saúl Menem llegó al gobierno con su promesa de "salariazo" y "revolución productiva". Una remake en sus términos de la de Alfonsín en 1983, consistente en regresar a una nueva versión del programa fáctico de la coalición de intereses urbanos en torno de la industrialización inaugurada por Perón en 1946. El giro inmediato que les imprimió a sus políticas fue menos el producto de una meditada malversación ideológica que la de una intuición aguda de las causas del desenlace de su antecesor.

De ahí, la sorprendente alianza con todos aquellos que podían pulverizarlo rápidamente también a él: los "capitanes de la industria", el generalato "liberal", la Ucedé y unos Estados Unidos triunfantes por la implosión del bloque comunista, que puso fin a la Guerra Fría. La feliz conjunción de la reforma estatal con la convertibilidad pudo por fin domar a una economía endemoniada.

Su éxito se midió en el retorno de un crecimiento detenido desde hacía 15 años merced a un renovado clima de negocios y la pulverización de la inflación endémica. La estabilización frenó la transferencia de ingresos brutal desde el conjunto de la sociedad hacia los sectores especulativos, disminuyendo los índices de pobreza y desempleo disparados por la hiperinflación.

El Mercosur coronó las reformas expandiendo el raquítico mercado interno por otro de casi 200 millones de habitantes. Pero la disminución de las barreras arancelarias respecto de nuestro vecino devenido en potencia industrial y un tipo de cambio que abarataba tanto los alimentos para el mercado interno como las importaciones le imprimieron a esta etapa de la reconversión más innovación tecnológica a costa de trabajo.

La desocupación privada confluyó con la procedente de la reducción de los hipertrofiados planteles de las empresas privatizadas, con un salto desde 4% hasta casi dos dígitos. El gobierno se contagió de la ilusión de los supuestos de la nueva globalización: el mercado habría de reparar por sí mismo nuestro astillado tejido social. Pero la inesperada "crisis del tequila" de 1995 desveló la ilusión al exhibir descarnadamente los costos de la modernización.

Menem fue el primer dirigente democrático en advertir la productividad política de la nueva pobreza surgida desde mediados de los 70. Supuso con razón que no era posible derrotar a la coalición bonaerense-cordobesa de la "Renovación" en 1988 sin un peso pesado del Gran Buenos Aires. De ahí, su alianza con Eduardo Duhalde, árbitro de la poderosa tercera sección electoral.

La victoria del binomio en la interna justicialista de ese año fue la segunda gran sorpresa de la era democrática -la primera fue la de Alfonsín en 1983-, aunque ambos aliados no tardaron en rozarse. Duhalde aspiraba a convertir la vicepresidencia en un peldaño para conquistar el gobierno provincial y conformar un bloque compacto con los intendentes de un conurbano socioculturalmente mutante. No bien el lomense logró su cometido en 1991 se fue abriendo en el interior del movimiento una grieta sutil en torno de los criterios administrativos de la pobreza.

Menem le había conferido el reemplazamiento de villas y asentamientos en tierras fiscales nacionales a un sector de la "tendencia revolucionaria" de los 70 a cargo del Programa Arraigo. Los "montos" del presidente "liberal" aspiraban acometer la crisis habitacional organizando barrios en los que la propiedad privada se diluyera en protocomunas colectivas.

Duhalde, en cambio, veterano experto de la problemática territorial, reivindicaba el antiguo sistema de loteos. Era una pugna ideológica entre quienes querían resolver la pobreza habitacional por vías colectivistas y los que apostaban a retornar a los criterios burgueses tradicionales. La ruptura se hizo explicita tras la reelección de ambos en medio de la crisis de 1995-96.

El agravamiento de la situación social motivó crecientes deserciones en favor de la disidencia progresista-peronista, que confluyó en el Frepaso. Esta le pegó al gobernador en la línea de flotación territorial tras la aparición de la versión de los "piqueteros y fogoneros" de las cuencas petroleras también en el conurbano.

Desde La Matanza se diseminaron en todo el Gran Buenos Aires con el aliento indisimulado de Arraigo. El gobernador bonaerense devolvió la estocada obturando la re-reelección del presidente.

Mientras tanto, la recuperación económica comenzada a fines de 1997 tuvo efectos sociales marginales respecto de una pobreza que había descendido un escalón más. Desmentida la ilusión "de mercado" fue necesario afinar las modalidades administrativas prescriptas por los organismos multilaterales de crédito como contrapartida de su financiamiento.

Al Plan Trabajar, lanzado desde la Nación, le salió a replicar el Barrios Bonaerenses, provincial, que acometía la asistencia estatal desde un doble flanco: los subsidios exigían la contraprestación de proseguir la urbanización de los asentamientos y la construcción de viviendas.

Simultáneamente, desde el Plan Vida, coordinado por la esposa del gobernador y sus "manzaneras", se le dio batalla a la penuria alimentaria. Pero la nueva recesión comenzada a fines de 1998 malogró los esfuerzos y los dejó inconclusos. Duhalde perdió dos elecciones cruciales a manos de la final alianza del Frepaso con el radicalismo: las legislativas de 1997 y las nacionales de 1999; estas últimas con la indisimulada aquiescencia de Menem.

Comenzó entonces una saga que dos años más tarde habría de hacer añicos a las colectividades políticas históricas protagonistas de la instauración democrática de 1983. La aversión entre los jefes devino en odio. Y el odio engendró el emergente parricida que en 2003 se los terminó devorando a ambos.