A medida que aumenta la temperatura en el Himalaya, los migrantes climáticos de Nepal luchan por sobrevivir

Bhadra Sharma and Kai Schultz
Sonam Sangma Gurung, residente de la nueva comunidad, Dhye Khola, Nepal el miércoles 11 de marzo de 2020. (Rebecca Conway/The New York Times)

DHYE, Nepal — En lo alto de la cordillera del Himalaya, en una meseta escabrosa poblada de chozas de adobe vacías, ha comenzado un éxodo.

En la aldea de Dhye, los cultivos constan de tallos rechonchos y secos. El agua es insuficiente. La única escuela cerró hace unos años. Ante la escasez cada vez mayor de alimentos, la mayoría de las familias empacó sus pertenencias y se marcharon, huyendo de un enemigo sin rostro y creado por el hombre.

Son los migrantes climáticos de Nepal, y habrá más de ellos.

“Amo esta aldea”, dijo Sonam Chhiring Gurung, de 76 años, una de las pocas personas que sigue en el lugar, “pero no podré sobrevivir aquí mucho más tiempo”.

El cambio climático está transformando la región del Himalaya, pues pone en peligro a millones de surasiáticos que dependen de sus recursos hídricos y está obligando a los habitantes de las montañas en el norte de Nepal, donde se encuentran las cumbres más altas del mundo, a desarrollar nuevos asentamientos a altitudes menores.

El derretimiento glacial se ha acelerado a lo largo de los 2414 kilómetros de los picos del Himalaya. La tierra que antes se usaba para cultivar vegetales se ha vuelto infértil. Los pastores de yaks dicen que batallan para encontrar zonas de pastoreo para sus animales. Los científicos han descubierto que el aumento de las temperaturas podría propagar la malaria y el dengue a nuevas áreas del Himalaya, donde los mosquitos han empezado a aparecer en las zonas más elevadas.

En todo el mundo, decenas de millones de personas ya han empezado a ser desplazadas a causa del calentamiento del planeta. Los investigadores calculan que la cantidad de migrantes climáticos —aquellos que huyen de los desastres naturales, sequías u otras calamidades— podría llegar a los 1000 millones para finales de siglo.

Una bandera de plegaria budista en Dhye Khola, Nepal, el miércoles 11 de marzo de 2020. (Rebecca Conway/The New York Times)

La población surasiática es una de las más vulnerables. El año pasado, tras un monzón inusualmente escaso, casi se agota el agua en Chennai, una de las ciudades más grandes de India. En Bangladés, hasta 18 millones de personas se enfrentarán al desplazamiento para 2050 tan solo debido a la elevación del nivel del mar, de acuerdo con la Fundación de Justicia Ambiental (EJF, por su sigla en inglés). El calor extremo está enfermando y empobreciendo a la gente, y podría menoscabar profundamente la calidad de vida de 800 millones de personas en la región si no se cumplen las metas para mitigar el cambio climático.

El calentamiento del Himalaya podría acarrear consecuencias desastrosas para el subcontinente.

El año pasado, en uno de los estudios más completos sobre el calentamiento de las zonas montañosas, científicos advirtieron que incluso si se alcanzaban los objetivos más ambiciosos del mundo en torno al cambio climático, al menos una tercera parte de los glaciares del Himalaya se derretirían para el final de este siglo.

Si el calentamiento global y las emisiones de gases de efecto invernadero continúan a su ritmo actual, la región podría perder dos terceras partes de sus glaciares para el año 2100, según el informe, la Evaluación del Himalaya y el Hindú Kush.

“A largo plazo, los efectos serán profundos para cientos de millones de personas en las llanuras”, comentó David Molden, director general del Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de las Montañas en Katmandú. “Si superponemos los patrones significativamente cambiados de lluvias y caudales, será un desastre para la gente que depende de los grandes ríos de Asia para obtener agua de riego y de consumo”.

En un país donde casi el 70 por ciento de la gente trabaja en el sector agrícola, una aceleración del clima extremo podría “revertir y minar décadas de desarrollo y posiblemente socavar todos los esfuerzos que se han emprendido para erradicar la pobreza”, dijo Ayshanie Medagangoda-Labé, la representante de Nepal en el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

“Nepal es la zona cero para los impactos del cambio climático”, comentó. “Como un país con uno de los ecosistemas más frágiles —el Himalaya— y una economía que depende fuertemente de las condiciones climáticas favorables, es probable que Nepal sea una de las naciones más expuestas”.

Abundan los indicios de un futuro con temperaturas más altas.

Tal es el caso de Dhye, en la remota región de Mustang en Nepal, a unos 3600 metros sobre el nivel del mar.

Hace más de una década, las familias de la aldea se reunieron para debatir una pregunta difícil: ¿Debían quedarse?

Miraron a su alrededor, un paisaje marrón y deshidratado donde apenas se podía sembrar cebada. Consideraron la degradación del suelo, las precipitaciones recientemente irregulares y los temores a la inanición en contraste con siglos de historia vivida, las chozas que habían construido con sus propias manos, las porciones de tierra donde sus padres habían enterrado el cordón umbilical de cada uno de sus recién nacidos.

Para cuando terminó la reunión, 17 de las 26 familias, unas 90 personas, habían prometido marcharse.

“No podía quedarme”, comentó Tsering Lamke Gurung, de 54 años, líder de la aldea y padre de ocho hijos, de los cuales cuatro han fallecido. “Mis hijos y yo no podíamos sobrevivir a la mala cosecha”.

Aquellos que deciden marcharse han salido de Dhye en pequeños grupos a lo largo de los últimos años. Ataron paquetes de alimentos y ropa a sus espaldas y caminaron casi dos kilómetros hacia la ribera de un arroyo aún cargado de agua. Llamaron a su nueva comunidad Dhye Khola, como le llaman a la masa de agua local.

Hubo algunos triunfos. Un residente envió fotografías de las tierras baldías a una agencia francesa de asistencia, la cual accedió a plantar árboles frutales en la aldea y ayudar a construir hogares de concreto más resistentes para las familias.

Sin embargo, el proceso de asentamiento a largo plazo no fue sencillo, lo cual puso de manifiesto los desafíos que enfrentan los migrantes al conseguir recursos para aldeas no reconocidas donde los residentes no tienen ningún derecho legal a la tierra.

Gurung, quien se encargó de construir la aldea Dhye Khola, dijo que se puso en contacto con un ex primer ministro de Nepal para que lo asesorara y ayudara. Se reunió con legisladores prominentes, un líder del Fondo Mundial para la Naturaleza con sede en Nepal y representantes de embajadas de otros países.

“No nos apoyaron”, dijo Gurung. “No quisieron ayudarnos a conseguir un certificado de propiedad territorial”.

Cuando un grupo conservacionista del gobierno retiró su promesa de proveer plántulas de manzanas a la comunidad de Dhye Khola, Gurung dijo que entró furioso a su oficina y amenazó con prenderle fuego. Dijo que, a la postre, el grupo cedió y envió unos 275 plantones.

“A los que dicen que el cambio climático es falso y nos critican por ocupar terrenos de propiedad pública, les pido que vengan a visitar nuestra aldea”, expresó Gurung. “Soy una víctima del cambio climático”.

This article originally appeared in The New York Times.


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