Maternidad y crianza en la desaparición forzada: así creció León sin su padre

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Cuando León estaba por nacer, su padre, Arturo, quien en 2010 tenía 35 años de edad, salió junto con su hermano Axel a McAllen, Texas, para hacer algunas compras. Todo iba bien hasta que decidieron detenerse a cenar en San Fernando, Tamaulipas, antes de continuar su camino de regreso a la Ciudad de México. A las 8:15, Arturo llamó a Liliana, su pareja y madre de León, para platicarle de los planes del día siguiente a su regreso.

Para las 8:24 de la noche, Axel envía un mensaje a uno de sus amigos de la escuela diciendo que los habían encajuelado, que avisará a sus padres y no llamaran. Ese fue el último contacto que se tuvo con ellos.

A una década de la desaparición forzada de Arturo y Axel, ni Liliana ni su familia han tenido respuesta. De acuerdo con las investigaciones, su desaparición coincidió con la masacre de los 72 migrantes en San Fernando, aquel 24 de agosto de 2010. Liliana se encontraba en el quinto mes de gestación.

Hoy, Liliana Gutiérrez tiene 40 años y es madre de León, quien ahora tiene 10 años de edad. Es artista visual e ilustradora. Viven en un pueblito dando clases de arte en una escuela comunitaria de Malinalco, desde hace 2 años.

A pesar de la desaparición forzada de Arturo y su hermano, Liliana decidió criar a su hijo con amor y cariño, además de reconstruir a través de la memoria la imagen de un padre a quien León no conoce.

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Liliana cuenta que en estos 10 años solo se ha mostrado un cúmulo de vacíos en la ley. No han tenido una sola pista ni una llamada o signo que les anunciara que Arturo y Axel estén vivos, o sobre quien pudiera tenerlos, porque tampoco encontraron sus cuerpos.

Tras la desaparición de Arturo, Liliana decidió llevar su maternidad con amor.

“Nunca he salido a estar junto con las madres buscadoras o con las esposas que buscan a desaparecidos. Decidí no unirme a la lucha de ese modo”, cuenta Liliana Gutiérrez en entrevista para Animal Político.

De acuerdo con cifras del Informe sobre fosas clandestinas y registro nacional de personas desaparecidas o no localizadas, de 2006 a 2019 los registros oficiales presentaban un total de 60 mil 059 personas desaparecidas en México durante ese periodo.

En el año 2010, según cifras obtenidas del informe antes citado, tan solo 3 mil 651 personas fueron víctimas de desaparición forzada, entre ellas Arturo, el padre de León.

Un papá construido con recuerdos

A Liliana le preocupaba que llegara el día en que tuviera que revelarle el paradero de su papá a León, o los hechos acontecidos tras su desaparición. Habló con su familia y amigos para tomar alguna decisión.

Entre pláticas y reflexiones, dedujo que “no se extraña lo que no se mira”. Y es que los recuerdos de León no son vivenciales.

Ante esto, Liliana decidió que a su hijo le hablaría de la desaparición forzada de su padre con naturalidad, sin la carga de dolor y tragedia; sino hablarle de las cosas tal y como sucedieron y, al mismo tiempo, aceptar que la ausencia también es un estado.

“Saber que, quienes estamos vivos estamos aquí y para quienes están muertos, hay una tumba donde llorarlos, pero hay un punto medio que es la desaparición, siendo un crimen muy salvaje y despiadado que se le puede cometer a alguien porque no hay fin y continúa”, añade Liliana.

De esta manera, Liliana comenzó a construir en León la imagen de su padre con recuerdos y memorias de su relación y durante los primeros cinco meses de gestación de León. Esa ha sido la intención que como madre ha empleado con su hijo en este contexto de la desaparición forzada.

Una década después, Liliana ha visto un resultado muy positivo en su hijo, ya que León continúa creciendo, siempre con la compañía de su madre y con la memoria de su padre antes de que fuera desaparecido en 2010, junto con su hermano Alex.

Cortesía

“Sé que le duele mucho su ausencia. Sobre todo en la reconstrucción de lo que es la paternidad a través de sus amigos o personas cercanas a él ante lo que es tener un papá”, describe.

Durante la entrevista a Liliana Gutiérrez, León tomó la palabra para contarle a este medio cómo ha sido su crecimiento sin su padre. Cuenta que, cuando tenía entre 4 y 6 años de edad, pensaba que quería ver a su papá. Él todavía tenía la esperanza de verlo llegar. Años después, reflexiona al punto de ya no esperarlo.

“Solo me gustaría pensar en él y que mi mamá me cuente sobre él”, añade León.

El documental No sucumbió la eternidad, de Daniela Rea, es también un registro a la memoria del amor que Liliana le tiene a su hijo y a Arturo, como una manera de guardar toda la vida a León y a su padre; y con los años no olvidarlos.

“Yo no lo sabía. Pensé que el documental solo estaría hecho para visibilizar y que la gente viera que ese tipo de casos sucede. Luego, mi mamá me contó que ese documental estaba hecho para mí y para nunca olvidar a mi papá. Eso me dio mucha felicidad”, cuenta León.

El amor no sucumbe

Tras reconocer la ausencia de su padre durante los primeros años de su crecimiento, León comenzaba a hacer preguntas a partir de lo que sucedía en su entorno como: “Mamá, ¿yo hice algo para que se fuera mi papá, qué hice, no me quiso?”.

Ante estas dudas que León comenzaba a desarrollar, Liliana se dedicó a reforzar en él que, en todo momento, fue concebido con amor y que su papá tiene el mismo amor por él. Así es como han conservado su memoria, su maternidad y su crianza, incluso la paternidad ausente de Arturo.

Para Daniela Rea, directora del documental No sucumbió la eternidad, el haber realizado este documental le deja muchos aprendizajes, entre ellos, la forma en la que una mujer decide llevar su maternidad, pues cuenta que ella se hizo madre cuando grababa el filme.

“Eso es algo que aprendí de Liliana y de Alicia”, cuenta en entrevista para Animal Político. Además, otro de los aprendizajes que tuvo con la realización del documental es la claridad con que decidieron ser madres las dos protagonistas de la historia, en un contexto de desaparición forzada, cuando la claridad es lo que menos hay en la desaparición forzada.

“Eso es un aprendizaje no solo como mamá sino como persona”, cuenta.

Carta a los Reyes Magos

Cuando Alicia de los Ríos Merino aprendió a escribir, se dedicó a enviarle cartas a los Reyes Magos cada 5 de enero, con una sola petición permanente: “Quiero a mi mamá, tráiganla con ustedes”, se lee en la carta Sueño que me regaló un seis de enero: Carta a quienes saben dónde está mamá que el pasado 5 de enero de 2021 publicó.

En la carta, Alicia cuenta que dejó de escribirle cartas a los Reyes Magos en su infancia, pero también dejó de escribirle cartas al presidente de la República en turno o a un general del Ejército Mexicano, después de comprender que ni los agentes o los mandos de la Federal de Seguridad ni de la Brigada Especial, conocida como Brigada Blanca, fueron los únicos en conocer los lugares en que mantuvieron detenidos y desaparecidos de manera forzada a cientos de hombres y mujeres en la década de 1970, entre ellos a su mamá, Alicia de los Ríos Merino, de quien lleva el mismo nombre.

Durante 43 años, Alicia de los Ríos Merino creció con una madre a quien reconstruyó a través de los años con recuerdos de familiares y amigos, pero también, llegó a escuchar las peores referencias que se han hecho sobre los padres o madres de hijos e hijas huérfanos por la desaparición forzada.

“De repente nuestros mundos se vuelven muy endogámicos con referencias muy similares y al momento en que ves cómo otras personas se refieren a tus seres queridos te shoqueas cuando está el estigma de ‘por algo se los llevaron o algo hicieron’. Te cuesta mucho y es difícil enfrentar eso”, cuenta Alicia de los Ríos, abogada, catedrática e investigadora Universidad Autónoma de Chihuahua, en entrevista para Animal Político.

Cortesía

Amar a alguien a quien no conocieron fue un patrón tanto de Alicia, como de los demás hijos e hijas de personas que fueron detenidas y desaparecidas de manera forzada en la década de 1970.

Alicia cuenta que estos años los ha vivido con amor a imágenes de su papá o de su mamá, fotografías que heredó de parte de sus tíos, de sus abuelos o de los propios amigos o compañeros de ellos.

De los Ríos Merino también explica que durante este tiempo sin saber de su madre llegó a sentirse excluida, en el sentido de que no conoció la voz de sus padres, no los olió, no los tocó, simplemente, recuerdos como estos no los tiene. Tampoco cuenta con una foto con ellos ni una foto de ellos juntos.

Para los hijos e hijas de personas que fueron desaparecidos de manera forzada, explica Alicia, su memoria no es más que una memoria colaborativa reconstruida que ellos y ellas toman de otros y otras. Es una memoria amorosa, cariñosa y resignificada. Es, tal vez, un efecto que hace la ausencia.

Alicia ahora escribe a la ciudadanía con la oportunidad de ayudar a cambiar el futuro de un México que se ha convertido en una fosa gigantesca y alienta a las personas a hacer un cambio y pide que si tienen cualquier información que consideren relevante la envíen al correo: alicia.contacto@centroprodh.org.mx.

Fue entre el 4 y 5 de enero de 1978 que la Brigada Especial realizó un operativo donde fueron detenidos y posteriormente desaparecidas cuatro personas: José Hugo González García, Alejandro Mares Montaño, Leticia Galarza Campos y Alicia de los Ríos Merino. También fueron asesinado tres jóvenes: “Esteban”, “Pedro” y Antonio Solís Rodríguez.

Este año, la gira de documentales de Ambulante presenta tres documentales dedicados a la maternidad y la crianza en contextos de desaparición forzada, por un lado No sucumbió la eternidad, de Daniela Rea y Ausencias y Tempestad, de Tatiana Hueso.

Se presentarán de forma gratuita en la plataforma Cinépolis click del 15 al 31 de julio.

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