El problema del culto sagrado a la Constitución de EEUU: ¿por qué las absurdas matanzas no se pueden detener?

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Cada caído a causa de la tenencia indiscriminada de armas en Estados Unidos es una nueva tragedia. Esta vez se fueron diez vidas en Boulder, las de personas que vivían un día con normalidad sin merecer una muerte absurda, y la de un policía que actuó "heroicamente", según los reportes del incidente. Una semana atrás fallecieron siete mujeres de origen asiático en Atlanta por odio étnico. Misma historia.

A mourner leaves a bouquet of flowers along a fence put up around the parking lot where a mass shooting took place in a King Soopers grocery store Tuesday, March 23, 2021, in Boulder, Colo. (AP Photo/David Zalubowski)
Una matanza en Boulder, Colorado, tras otra en Atlanta vuelve a poner sobre la mesa el debate sobre las armas en EEUU. (AP Photo/David Zalubowski)

Pero a estas tragedias, al luto, a la rabia, a las declaraciones, a la frustración, sucederá una tragedia aún mayor. El olvido.

No es una predicción, sino lo que ha acontecido una y otra vez, en decenas de ocasiones, por décadas, desde que las armas están tan indiscriminadamente en las manos de civiles que no necesitan de mayor requerimiento para obtenerlas, hasta la fecha.

Ha pasado en gobiernos liberales y conservadores, con mayorías en el Congreso de demócratas y republicanos, y el status es el mismo. O tan parecido que no se ven las diferencias en los resultados: un o unos individuos con desbalance emocional o cerebral, o con anomalías de conducta o antecedentes criminales, tiene acceso a un arma, o a muchas armas, y un día deciden acabar con la vida del prójimo, en escuelas, en centros comerciales, en gimnasios, en hoteles, en conciertos.

Es una tragedia que se repite cíclicamente como el mito de Sísifo. Y nada cambia.

Desde luego que nadie desea que las muertes ocurran. Pero esa voluntad no parece más fuerte que, primero, la noción casi religiosa que tiene el estadounidense respecto a la tenencia de armas como derecho (es casi como si poseer armamento fuese un derecho natural a estar vivo); segundo, la interpretación arcaica que de la posesión de armas se hace de una enmienda de la Constitución, un documento que es sagrado en Estados Unidos y que ha salvado a este país en varios momentos de perder la democracia pero que, también, lo mantiene en lugares obsoletos, como éste; y tercero, el poder económico de la NRA, la Asociación Nacional del Rifle, que tiene tentáculos visibles e invisibles, multimillonarios, nacionales y estatales, en todo tipo de círculos políticos y empresariales.

Indiosincrasia

A pesar de que cada vez que ocurre una matanza la opinión pública vive una suerte de shock emocional, la inclinación de los estadounidenses a profundizar el control en la tenencia de armas no aumenta sustancialmente.

Por el contrario, los estudios sugieren que, desde hace tres décadas para acá, el apoyo al derecho a tener armas se ha mantenido cercano al 50 por ciento de la población, un apoyo que no discrimina entre tendencias políticas o ideológicas.

Repetidos estudios del Pew Research Center indican que cerca del 60% de los estadounidenses cree que las armas ayudan a los ciudadanos a protegerse de crímenes, y cerca de la mitad de los ciudadanos, con sus vaivenes, piensa que es un derecho inalienable.

Esta parece ser una creencia heredada de los períodos fundacionales del país, cuando proteger propiedades y negocios lucía como una necesidad frente a potenciales abusos coloniales o a falta de autoridad que resguardara el orden y la actividad comercial. Tener armas fue, también, decisivo en el nacimiento de la nación estadounidense.

"Uno de los datos que muestra hasta qué punto ésta es una cuestión cultural es que el 74% de los que están armados afirman que la tenencia es esencial para ser libres. Muchos estadounidenses asocian a las armas con la libertad porque, desde un punto de vista práctico, permitieron que el país ganara la independencia de Inglaterra en el siglo XVIII. Por eso es que fue incorporada la Segunda Enmienda", afirma Kevin H. Wozniak, profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Massachusetts, en Boston.

Ergo: de las más de 200 constituciones que hay en el planeta, sólo en tres de ellas se reconoce explícitamente el derecho a tener armas. Una es la de Estados Unidos.

BOULDER, CO -MARCH 23: From left to right: Nirbisha Shrestha, Sophia Kennedy, Josie Elowsky, and Kaylynn DeVivo, all 19, are emotional as they hug near the fence surrounding the King Soopers on Table Mesa Drive on March 23, 2021 in Boulder, Colorado. The four went to high school in Boulder and spent almost every lunch hour at the King Soopers. Hundreds of people turned out late in the day to pay their respects to those that lost their lives by a gunman who opened fire inside the grocery store. People stayed well into the dark to drop off flowers, light candles, hug one another and to show their respects for the ten victims of the mass shooting. (Photo by Helen H. Richardson/MediaNews Group/The Denver Post via Getty Images)
Una nueva matanza ocurrió en Boulder y trágicamente esperamos lo mismo: el luto, la rabia, el llamado a hacer algo por parte de algunos políticos y... el olvido. (Photo by Helen H. Richardson/MediaNews Group/The Denver Post via Getty Images)

Bill of Rights

Una nueva matanza ocurrió en Boulder y trágicamente esperamos lo mismo: el luto, la rabia, el llamado a hacer algo por parte de algunos políticos y... el olvido.

¿Por qué no se regula la tenencia indiscriminada de armas en Estados Unidos? Las causas son variadas. Ya mencionamos el principal origen de la causa idiosincrática. Otra razón es legal.

La Constitución de Estados Unidos tiene adherido un documento conocido extendidamente como Bill of Rights, que al español se traduciría algo así como Carta de Derechos. Para la época -estamos hablando del nacimiento de los estados naciones modernos-, los derechos apenas eran una abstracción, como ocurría en la Francia revolucionaria, y que estuvieran explícitamente mencionados en un documento de rango constitucional fue no sólo novedoso, sino que le dio a la Estados Unidos de la época (y aún) un carácter cívico, moderno -literalmente moderno- y avanzado, inédito para la civilización.

Y justo ahí está el derecho a tener armas. Se le considera como un derecho fundamental, que ni el gobierno estatal ni federal puede alienar. Para tener una idea de su importancia, el derecho a tener armas está equiparado en la Constitución con el derecho a la libertad de culto y a la libertad de expresión.

Ya ahí estamos frente a un escenario complejo, pero ese escenario es más complicado aún cuando entendemos que la estadounidense es una sociedad que rinde culto a su Constitución. Este es un país cambiante, ágil, que se arma y se desarma en corrientes opuestas y es un poco la naturaleza innovadora y veloz que lo ha caracterizado siempre, pero a su Constitución ni con el pétalo de una rosa.

La Constitución, y ese culto sagrado que le rinden ciudadanos, políticos, empresarios e instituciones de todo tipo, es la institución final, la intocable, la que ha salvado a Estados Unidos de perder su democracia en variadas ocasiones. No hace falta sino mirar unas semanas atrás para entender que ni siquiera el fanatismo producido por un líder carismático hizo que sus propios partidarios traicionaron las formas cabalmente estipuladas en ella.

Y es esa misma solemnidad la que impide que a la cultura política, incluso mediática, se le ocurra trastocarla.

Pero si ese paso ocurriera, si la cultura política anglosajona se sacudiera y decidiera cambiar su anquilosado trato a la carta magna, habría un nuevo obstáculo: cambiar la Constitución estadounidense es tan difícil, comporta tantos obstáculos, implica tantas mayorías de 75% en estados, congresos, referendos y otros etcéteras, que tendría que haber una voluntad política nacional para que esa transformación ocurriera. Y los sondeos no parecen indicar que eso sea posible.

Y, de nuevo, en el supuesto de que ese escenario ocurriera, otro escollo estaría aguardando: la NRA.

Poder financiero

La satanizada y poderosísima Asociación Nacional del Rifle es una agrupación que abandera todas las fuerzas pro-armas del país y tiene un poder económico inimaginable. Financian políticos de derecha y de izquierda, apoyan corporaciones, tienen un aparato de lobbystas increíble y logran que los movimientos que quieran limitar la compra de armas nunca produzcan resultados concretos.

Actualmente, la industria de las armas, gracias a la polarización demente que quedó como secuela del gobierno de Donald Trump, goza de uno de sus momentos más prósperos de su historia. Se calcula que uno de cada tres estadounidenses tiene armas, y más de la mitad de ellos sale al menos eventualmente a la calle portándolas.

Tener un arma en Estados Unidos es más fácil que comprar una cerveza o cigarrillos. Y mucho más fácil aún que tener seguro de salud.

Fundada en 1871, la NRA se considera a sí misma como la organización de derechos civiles más antigua del país. Y desde 1934 articulan oficial y sistemático lobby para promover el uso de armas y la correspondiente protección legal de ese derecho consagrado en la Constitución, invierten millones de dólares en campañas, líderes políticos y empresas que a la vez auspician el consumo y uso de armas y frenan e impiden las regulaciones de las mismas.

La NRA contribuye con centenares de congresistas que reciben hasta un millón de dólares de aportaciones. Para ellos, ir contra el libre consumo y uso de armas sería, por una parte, arriesgarse a que se sepa de tales contribuciones (no son secretas, pero tampoco publicitadas), y, por otra, a dejar de recibirlas.

¿Qué se puede hacer?

Cambiar la Constitución parece una quimera, y aunque no es imposible, es un viaje muy largo como para tenerlo de prioridad ante una realidad que cada cierta cantidad de semanas asesina y asesina inocentes.

Incrementar el control de las compras, con chequeos de antecedentes y exámenes psicológicos es un paso obvio que siempre ha estado propuesto en la discusión pero nunca termina de prosperar por falta de votos.

Hace falta una voluntad política que pareciera estar en ascenso, pero primero habría que deslastrarse -educación mediante- de la idea de que tener armas es igual a libertad y, más aún, un símbolo nacionalista.

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