Entre masacres, la brutal y prolongada lucha de campesinos brasileños

Sebastian Smith
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Foto difundida por el medio O Popular de Colniza MT, tomada el 21 de abril de 2017 en Gleba Taquarucu do Norte, cerca de Colniza en el estado de MatoGross, donde varias personas fueron muertas en una disputa por tierras

Foto difundida por el medio O Popular de Colniza MT, tomada el 21 de abril de 2017 en Gleba Taquarucu do Norte, cerca de Colniza en el estado de MatoGross, donde varias personas fueron muertas en una disputa por tierras (O POPULAR DE COLNIZA MT/AFP | Harlis BARBOSA)

Los cuerpos mutilados de nueve campesinos brasileños fueron enterrados esta semana en la misma tierra rojiza sobre la que sudaron por años, pero eso no sepulta la brutal y prolongada lucha que se libra en el corazón agrícola del país.

La masacre de este grupo de humildes trabajadores generaría un escándalo en muchos lugares. Pero en Brasil, donde hay alrededor de 60.000 asesinatos cada año, hizo poco ruido.

En parte, porque ocurrió en una zona remota del oeste de Brasil, en un poblado del estado de Mato Grosso llamado Gleba Taquarucú do Norte, donde no hay calles asfaltadas ni señal telefónica.

Cuando empezaron a aparecer los primeros reportes del asesinato múltiple el jueves pasado, la policía se vio forzada a hacer un complicado viaje desde la ciudad más cercana, Colniza.

Los periodistas, incluso de medios grandes y generalmente omnipresentes, aún lo tuvieron más difícil para llegar al lugar.

Los pocos que lo lograron fueron testigos de una escena escalofriante.

En las fotografías tomadas por un periodista del pequeño portal local O Popular de Colniza, a las que tuvo acceso la AFP, los cuerpos aparecen esparcidos por el terreno, con marcas de impactos de bala o cuchillazos, según la policía.

Los cadáveres de dos hombres corpulentos y sin camiseta están extendidos en el pasto. Otro está boca abajo en un suelo de madera, con un machete clavado aún en la espalda.

Otro, con su camiseta azul manchada de sangre, está maniatado y otro más yace al lado de una moto, como si hubiera muerto tratando de escapar.

El video del funeral muestra los ataúdes llegando en un camión, antes de ser depositados en tumbas con la ayuda de cuerdas frente a una multitud.

- El poderoso lobby del agronegocio -

Cerca de una semana después del crimen, la policía no ha anunciado ninguna pista del móvil del crimen ni ha reportado ninguna detención y el asunto ha prácticamente desaparecido de los medios brasileños.

El motivo principal de que sea así, dicen los críticos, es mucho más oscuro que los meros problemas de distancia o comunicaciones.

Esa zona en el estado de Mato Grosso está en el corazón agrícola de Brasil, donde se asienta una industria gigantesca y lucrativa que durante años ha sido teatro de tomas de tierras, de talas ilegales y donde se han aplicado políticas de destrucción ambiental.

Protegidos por políticos de alto rango y con una bancada ruralista con gran presencia en el Congreso brasileño, los mayores operadores imponen su propia ley en regiones kilométricas, que a veces sólo pueden recorrerse en avión.

Los humildes campesinos que trabajan en pequeñas parcelas se convierten así en un obstáculo para la expansión de los negocios de ricos hacendados y madereros, y eso suele pagarse con la pena capital, como ocurrió con las nueve víctimas de esta masacre, aseguran ONG.

La Comisión Pastoral de la Tierra (CPT), vinculada a la Iglesia católica, contabilizó 61 personas asesinadas en conflictos rurales en 2016 en Brasil, la cifra más alta desde 2003.

- Un crimen "inevitable" -

"Esta masacre se llevó a cabo con una crueldad inimaginable, pero no es un incidente aislado", afirma Pastores del Campo, una organización que agrupa a varias entidades religiosas.

Esta ONG inscribe esta última matanza en la expulsión en 2004 de 185 familias que cultivaban tierras en esa área.

La presión continuó desde entonces, con asesinatos, torturas y detenciones ilegales, pese a que centenares de personas continuaron viviendo y trabajando en esas tierras en disputa.

Antonio Neto, de la ONG Justicia Global, considera este último episodio como "inevitable".

Estos campesinos "entran en conflicto con los intereses de gente que quiere esos pequeños pedazos de tierra para aumentar su poder. Generalmente quieren talar madera noble para después plantar soja para la exportación", asegura Neto.

"La mayoría de las veces, los crímenes no son investigados. No hay responsables por los crímenes y la impunidad los hace sentirse libres para que sigan haciendo este tipo de cosas", cree el activista.