Marine Le Pen es tan peligrosa como siempre

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COMO CIUDADANA FRANCESA MUSULMANA, TEMO POR MI PAÍS.

TOULOUSE, Francia — En 2017, pensamos que habíamos visto lo peor de la política francesa.

Marine Le Pen, líder de la extrema derecha, logró llegar a la segunda ronda de las elecciones presidenciales del país. Por primera vez desde 2002, una figura de ultraderecha se encontraba en la segunda vuelta de la presidencia y con mucho más apoyo. Cuando Le Pen perdió contra Emmanuel Macron, a pesar de que obtuvo un preocupante 34 por ciento de los votos, dimos un respiro de alivio colectivo. Muchos esperaban que Le Pen, tras perder en la contienda final, se perdiera en la oscuridad.

Eso no sucedió. Le Pen nunca se fue; en cambio, esperó su momento y se preparó para el próximo intento de llegar al poder. Ahora tiene más posibilidades que nunca de ganar: tras llevarse el 23 por ciento de los votos en la primera ronda, está a ocho puntos de Macron en la segunda ronda, que se llevará a cabo el 24 de abril. La candidata se benefició de la presencia de Éric Zemmour, un candidato más inflexible que ella cuya personalidad reaccionaria y sensacionalista la hicieron verse más razonable. Sin embargo, también se embarcó en un esfuerzo exhaustivo con miras a suavizar su imagen, para lo cual renombró su partido, con el propósito de restarle importancia a los elementos más crudos de su plataforma y presentarse como una mujer cálida, incluso sencilla, que adora a sus gatos.

Pero no hay que dejarse engañar. Le Pen, a la cabeza de un partido que durante mucho tiempo albergó a colaboradores nazi, es una autoritaria cuya política en extremo racista e islamofóbica amenaza con convertir a Francia en un estado iliberal absoluto. Puede que finja ser una política cualquiera, pero sigue siendo tan peligrosa como siempre. Por el bien de las minorías y de Francia misma, no debe imponerse en las elecciones.

Si ahora Le Pen parece más convencional, es porque lo convencional se parece más a ella. En los años previos a las últimas elecciones, contendió con una plataforma de extrema derecha y atizó el antagonismo hacia los inmigrantes y los musulmanes franceses con el pretexto de proteger el orden público. Dirigió sus ataques hacia las minorías en especial, “a quienes”, dijo con amargura, “todo se les debe y todo se les da”. En 2017, en respuesta a su éxito, casi todos los partidos del espectro político —de centro, de derecha tradicional e incluso socialistas— citaron los temas de los que hablaba su partido, ahora llamado Agrupación Nacional (antes, Frente Nacional).

En consecuencia, el tenor del debate político ha dado un giro radical hacia la derecha. Ahora hay muy poco espacio en la política francesa para defender a los ciudadanos franceses que no se ven, no se comportan, no rezan ni comen como se supone que lo hacen los franceses “tradicionales”, y mucho menos para defender los derechos de los inmigrantes y los refugiados. En este entorno, Le Pen puede centrar su atención en cuestiones más mundanas, como el aumento de las facturas de la energía y el costo de la vida, con la seguridad de que, en materia de inmigración, ciudadanía e “identidad nacional”, ya ganó la batalla.

Este éxito no ocurrió de la noche a la mañana. Desde hace más de 30 años, el debate político francés ha girado en torno a cuestiones de identidad a costas de temas más urgentes como la atención médica, el cambio climático, el desempleo y la pobreza. La ultraderecha ha definido la agenda. Aprovechando el sentimiento de decadencia de finales de los años sesenta —cuando Francia se deshizo de su imperio colonial, perdió la guerra de Argelia y se sometió al dominio estadounidense de Europa occidental— la extrema derecha se convirtió en una fuerza política poderosa. Utilizó su influencia para defender su concepción de la identidad francesa, al evocar a una civilización cristiana europea milenaria amenazada por la inmigración musulmana norafricana.

Tales fueron los cimientos sobre los cuales Jean-Marie Le Pen, el padre de la ahora candidata a la presidencia, creó el partido Frente Nacional en 1972. Cuando la gente de las antiguas colonias de Francia emigró a la metrópoli, el partido se centró sobre todo en los supuestos peligros de la inmigración. Su padre muchas veces adoptó un tono apocalíptico: “Mañana”, dijo en 1984 en una declaración tristemente célebre, “los inmigrantes se quedarán en tu casa, se comerán tu sopa y dormirán con tu esposa, tu hija o tu hijo”. Varios sectores de la sociedad francesa se identificaron con este resentimiento enconado, ya que consideraban que los efectos homogeneizadores de la globalización y la mayor visibilidad del islam entre los ciudadanos nacidos en Francia estaban despojando a este país de su carácter esencial.

Esta antipatía tenía muchos objetivos, entre ellos los judíos franceses. El padre de la candidata era famoso por sus comentarios antisemitas, por los que fue condenado por los tribunales en varias ocasiones, y el partido creado a su imagen traficaba con ideas, tropos e imágenes antisemitas. Aunque ahora su hija haya afirmado que ha dejado atrás la fijación de su padre con los judíos, ha seguido avivando el fuego, ya que en 2017 se negó a aceptar la culpabilidad de Francia por la participación del régimen de Vichy en el Holocausto e incluso, en un póster de su campaña de este mes de abril, pareció hacer un gesto asociado con los neonazis. Enmarcado por la abierta aceptación de Zemmour del régimen de Vichy, el antisemitismo regresó a la política convencional.

Los musulmanes también han sido víctimas de la intolerancia. Aunque al principio se les consideraba una amenaza procedente de otros lugares —que supuestamente venía a Francia a despojar de sus empleos a los nativos franceses—, desde hace algunas décadas se les considera una amenaza interna. El auge del terrorismo islamista motivó a que se considerara que los musulmanes practicaban una religión inherentemente violenta que requería contención por parte de las autoridades públicas. Ser musulmán significaba ser considerado culpable hasta que se demostrara su inocencia.

La última década ha llevado esta ecuación a un nuevo nivel. Ahora el temor generalizado no es que un puñado de personas de entre casi seis millones de musulmanes pueda suponer un peligro para la seguridad pública, sino que todos los musulmanes franceses, por el mero hecho de existir, amenazan la identidad cultural de la “Francia tradicional”. En el caso de algunos votantes, se trata de un temor existencial. En respuesta, los políticos impulsan medidas para frenar la supuesta incursión del islam en la vida de los franceses, como la prohibición de la vestimenta religiosa en las escuelas públicas, el uso de velos para cubrirse la totalidad de la cara en los espacios públicos y de los burkinis en las playas públicas, así como la promulgación de una ley que le otorga al Estado el poder de vigilar la observancia religiosa y las organizaciones musulmanas.

Para justificar estos actos, los políticos se valieron del concepto liberal de ‘laïcité’, que es un secularismo respaldado por el Estado en la práctica, para restringir la libertad de culto y de conciencia en aras de una agenda antimusulmana. En esencia, este proceso ha hecho posible que Le Pen pase de ser una agitadora radical a una razonable portavoz de la verdad. Pero bajo el brillo de la normalidad, la ideología brutalmente racista de la que su partido ha sido pionero en los últimos 30 años está muy intacta.

Por ejemplo, su manifiesto promete enmendar la Constitución para prohibir el asentamiento de un “número de extranjeros tan grande que cambiaría la composición y la identidad del pueblo francés”, una reformulación de la teoría del “Gran Reemplazo” de los supremacistas blancos. También planea que se haga la distinción jurídica entre “francés nativo” y “otros” para tener acceso a la vivienda, el empleo y las asistencias sociales, y otorgar la ciudadanía solo a quienes se la “hayan ganado y se hayan asimilado”. Y para completar el cuadro, Le Pen declaró que prohibiría el uso del pañuelo en la cabeza en los espacios públicos.

En estas promesas, así como con su entorno —Le Pen se ha vinculado conVladimir Putin, Bashar Al Asad y Viktor Orbán— la candidata ha dejado clara su intención de remodelar Francia dentro y fuera del país. Su gobierno haría eco de los gobiernos de Brasil, India y otros países en los que se ha producido un desplazamiento similar hacia la derecha. Para las minorías, los inmigrantes, los disidentes y la propia democracia, sería un desastre. Aunque su impulso parece haberse estancado en los últimos días, Le Pen no va a desaparecer, pase lo que pase el domingo. Como ciudadana francesa musulmana nacida y criada en Francia, temo por mi país.

Y este es mi país, tanto como de Le Pen o de Macron. En un momento en el que los políticos y los críticos exigen que los musulmanes “respeten los valores republicanos” si quieren formar parte del país, resulta aleccionador que los votantes puedan elegir a un político cuya ideología principal viola los valores de libertad, igualdad y fraternidad que Francia ha defendido durante mucho tiempo. En esa ironía radica la brecha entre lo que Francia podría ser y lo que es.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2022 The New York Times Company

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